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sábado, 13 de agosto de 2016

Quiero verte más

Sé que cuesta mucho trabajo pasar así los veranos.
Pongamos que lo imposible llamará a este amor
cuando surcaba ese abismo musitando con temor
como si tu oído fuera la negrura de los mundanos

Quiero verte más, pero no me dejas.
Quiero verte más, pero tú te alejas.
Quiero verte más, pero sin quejas.

Por eso estoy escribiendo algo que sea probable
a ver si algún día de estos te puedo sorprender    
y es cierto que no siempre te puedo entender.
¿O tal vez estoy siendo todavía muy amable?

Quiero verte más, pero no me dejas.
Quiero verte más, pero tú te alejas.
Quiero verte más, pero sin quejas.

¿Recuerdas hace cinco años cuando nos sentamos a hablar
 y dijiste que no te casarías por miedo a estar tan desolada?
Lo vi divertido y quise ver si este tren iba a aquella morada
donde los locos pudieran volver a aprender lo que es soñar

Quiero verte más, pero no me dejas.
Quiero verte más, pero tú te alejas.
Quiero verte más, pero sin quejas.

A los demás no les puedo perdonar hoy los errores ejecutados
pues piensan que en el firmamento trajeron ellos la única estela.
¡Qué ilusos! No vieron que la única forma que dejó una huella  
en mi brava imaginación era la de tus pies desnudos y adorados.

Quiero verte más, pero no me dejas.
Quiero verte más, pero tú te alejas.
Quiero verte más, pero sin quejas.

Tal vez sí y me vea pronto y con cierto placer haciendo los fardos
dejando este círculo sin fin de recuerdos con tanto polvo y carcoma.
Tal vez no y me quede con la nariz entre los libros que leí en broma
extrañándote sin querer extrañarte, que es el eterno mal de los bardos.    

miércoles, 24 de junio de 2015

Un discurso perdido

Este viaje que hoy termina, nos ha permitido ser testigos de muchas cosas.

Cuando el Cid Campeador Con sus ojos  muy grandemente llorando, en silencio por ser un curtido guerrero que no debía mostrar su debilidad,  tornaba la cabeza, nosotros estuvimos allí.

Cuando Lázaro daba noticia de su vida y de los amos a los que tuvo que servir, nosotros estuvimos allí.

Cuando Jorge Manrique se animó a tomar la pluma para escribir Recuerde el alma dormida,/ avive el seso e despierte/contemplando/cómo se passa la vida,/cómo se viene la muerte/tan callando, nosotros estuvimos allí.

Cuando Fray Bartolomé de las Casas pensó siquiera en la situación de los Indios y que de este hecho debía quedar constancia, nosotros estuvimos allí.

Cuando en el Corral del Príncipe se estrenaron las obras de Lope de Vega y la gente se reunía para ver lo que el fénix de los ingenios les tenía preparado, nosotros estuvimos allí.

Cuando Cervantes ideó, sin saberlo, la obra que marcaría un antes y un después en las letras castellanas, nosotros estuvimos allí.

Cuando Feijoo reflexionó sobre la España y el siglo que le tocaban vivir, nosotros estuvimos allí.

Cuando Pérez Galdós leyó la novela que su amigo Leopoldo García-Alas le envió para que le diera su opinión, nosotros estuvimos allí.

Cuando todo esto y muchas otras cosas sucedieron, todos nosotros estuvimos allí. Y estuvimos juntos.

Pero el final de este trayecto ha llegado.

Me encantaría mencionar a cada uno de vosotros, pero el tiempo que me han otorgado es un tiempo prestado, como lo son todos. Muchos habéis sido aliados y rivales en diversos momentos de estos cuatro años que ha durado este viaje y, seáis de unos o de los otros, tenéis mi aprecio por haber estado ahí, pues soy lo que hoy soy gracias a vosotros, y en definitiva vosotros sois hoy lo que sois porque cada uno ha desempeñado un papel en vuestras vidas.

Cuando llegué a esta universidad era un aprendiz y ahora… soy dos aprendices.

El primero aprendió que si cuatro niños se comen tres bollos, o uno de ellos se queda sin bollo o los cuatro se han comido en total doce, que la g es una consonante oclusiva velar sonora y que la literatura es todo aquello que los lectores, en su conjunto, determinan como tal. Estas cosas y otras fueron las que ese aprendiz asimiló.

El otro aprendiz supo quién era en verdad, tras años de estar perdido. Aprendió a miraros, como ahora yo lo hago, y ver al próximo Ignacio Bosque, al próximo Dámaso Alonso, al próximo Goytisolo, al próximo Adolfo Marshillach, o tal vez  estemos aquí ante los nuevos nombres que harán que este país pueda tener esperanza, alejándonos de la selva y de la jauría. También ve a aquellos que han soñado con algo que les aleja de este sendero y a los que respeto y quiero por eso mismo, porque saben que existen otros caminos donde pueden ser felices y dar a conocerse como son a través de distintas manifestaciones del arte, de los sentidos, de la cotidianidad que se puede rasgar como un papel.

 Han sido años duros dentro y fuera de estos muros. Años de barricadas de fuego. Años de cuervos negros que nos graznaban furiosos. Años de incomprensión, de miedo, de ausencias y de pérdidas. En este camino hemos perdido mucho y hemos ganado bastante, hemos llorado en los hombros de los que nos han querido escuchar, hemos reído ante lo absurda que han sido nuestras vidas muchas veces, hemos reflexionado sobre nuestro papel como individuos en este mundo que se nos abre ante nuestros ojos y en el que, en mayor o menor medida, vamos a estar a la deriva, pero como dice una canción, hay esperanza en la deriva. 

Hace años, alguien escribió el siguiente poema:

He visto como crece tu mirada
Abriéndose camino al horizonte.
Oía tantas veces tus palabras
Que he levantado claustro para su onda.
Hoy me paro y contemplo tu carrera:
Veloz, henchida de aire,
anhelante, gozosa,
única.


Eso han sido estos cuatro años. Se abren camino al horizonte, un horizonte en el que se nos espera y que esperamos, pues muchas de nuestras palabras se oirán en los claustros que hoy han empezado a edificarse con este último gesto de nuestra carrera, de nuestro caminar. Y aquí congregados, mi pecho se llena de gozo, porque puedo deciros hoy lo que llevo tiempo queriendo decir. Por fin puedo gritaros:


Buenos días, jóvenes filólogos. 

martes, 19 de mayo de 2015

Eso que llamamos literatura de masas

No hay libro tan malo que no sirva para algo.[1]

Esta frase puede definir muchas cosas en la literatura.

Algunos expertos no van a mirar hacia la literatura con la intención de darle un sincero reconocimiento a la novela de bolsillo dedicada al Oeste. Tampoco es esa su intención. No obstante, no se puede obviar totalmente la labor de esta literatura de consumo que algunos llaman popular.

Popular fue el teatro de Lope de Vega y que apasionó a unos y que fue despreciado por otros.
Popular fue el teatro alejado de la concepción de los Ilustrados donde se veían, a su juicio, conductas y modelos de dudosa moral.
Popular fue la novela en el tranvía o ¿Dónde está mi cabeza? que creara Pérez Galdós.

Los ejemplos pueden ser en este respecto muy numerosos, no obstante, no se debe olvidar algo que apuntaba José Antonio Llera al intentar dar respuesta a la nada sencilla cuestión de qué era literatura.

Según Llera, la literatura es algo vivo y cambiante, puesto que lo que se consideraba literatura en un siglo, en otro podía perder esa noción y viceversa, es decir, son los lectores quienes determinan qué es y qué no literatura. Eso explicaría que las novelas del Oeste hoy día solo sean consideradas lecturas para nostálgicos como indica Basilio Pujante Cascales, cuando ya se dijo en este trabajo que contaron con la aceptación casi plena de los lectores de la última mitad del siglo XX.

Si uno se basa en esto, se debe pensar que las novelas populares, llamadas por muchos bolsilibros, fueron el reflejo de un tiempo que se agotó, pero la formula en la que se cimentó puede que aun siga siendo útil para diversos fines tanto literarios como económicos, ¿O que son si no las sagas que vivimos en este siglo XXI? ¿Qué son las novelas de Alatriste que Pérez Reverte nos ofrece? ¿O las novelas del marqués de Sotoancho de Alfonso Ussía? ¿Qué es en sí el best-seller si no un modo de contentar y dar a los lectores un divertimento rápido y atractivo? Es más, hoy día, se nos pueden dar fórmulas para crear una novela de consumo y atractiva para los lectores.[2]

Sin embargo, aunque uno pudiera verle el lado negativo a los best-seller, a la literatura de consumo e incluso a las novelas del oeste, sin este tipo de novelas, sería casi como ir en contra de la evolución natural de la propia historia de las letras universales.

Sin Daniel Defoe no habría un concepto de novela de aventuras tan personal.
Sin Jane Austen no habría una novela sentimental y romántica.
Sin Jules Verne no habría novela de ciencia ficción.
Sin Lewis Carroll no habría una novela metafísica y semificcional.
Sin Sir Arthur Conan Doyle no habría un esplendor de la novela negra.

Si estos autores y otros muchos que han ayudado a que los lectores de todas las épocas pudieran combatir, en su justa medida, el tedio de la vida cotidiana, es porque en algún momento nos han hablado de algo ciertamente universal. Han hablado del desvalido, del sentimiento de soledad, de odio, de amor, de sorpresa, de miedo, de extrañeza; nos han hablado de los sueños que muchas veces tenemos y que en esencia nos definen más que otras muchas cosas, y lo mágico es que esos sueños, en un grado u otro, son semejantes a los de estas personas que tomaron la pluma con el fin de sacar fuera fantasmas y deseos, ayudándonos a entender este mundo y otros que ellos nos han puesto en bandeja, creando así un nexo con la literatura, con la lectura y, en diversos casos, la escritura.[3]

No voy a intentar emular la declaración del continuamente polémico e irreverente Fernando Arrabal y clamar que fue una injusticia no darle el premio Nobel a Corín Tellado, puesto que gracias a ella mucha gente tomó el hábito de la lectura voraz,  pero tampoco se puede negar que tanto este escritor y cineasta como otro miembro del llamado grupo pánico, el sempiterno escritor, filósofo, psicomago y director de cine chileno Alejandro Jodorowsky, entienden la importancia de la versatilidad del autor moderno, igual que hicieran muchos de los autores que abrieran las puertas a otros que marcaron el canon aun saliéndose algunas veces de él, con lo que la línea entre la literatura canónica y la literatura marginal es muy fina y difusa.

Esto nos llevaría a recordar, como multitud de veces hizo José María Díez Borque, que el escritor es una dualidad: lector y autor, o lo que es lo mismo, un ser que habiendo conocido y leído, ha recreado el mundo en el que vive de un modo personal y, posiblemente, único.
De ahí que se pueda afirmar que hoy día la literatura de consumo que he intentado diseccionar en este trabajo fue influida en muchos casos por sus predecesores, ya sea en la esencia o en la forma, y a su vez estos autores de novelas del oeste han logrado insuflar energía a un nutrido número de autores que van a servir de timón a otros que nacerán y que, posiblemente, abrirán el camino de la literatura, sea o no canónica, a sus sucesores, algo sencillamente lógico.  

En conclusión, mucho debemos a aquellos que nos preceden, que han intentado vivir por y para la literatura, que han sido en algún momento espejo de los aspectos del tiempo y del ser humano y que nos han enseñado lo que se debe y no se debe hacer en las letras permitiéndonos soñar y vivir con algo que muchos han despreciado como si fuera un juguete viejo: la imaginación.    






[1] Esta frase está atribuida a Plinio el Joven.
[2] Trescientos gramos de construcción escena-por-escena, un buen puñado de diálogo en su totalidad, tres o cuatro puntos de vista en tercera persona, detalles simbólicos de status de vida… ( formula de Tom Wolfe para crear un best-seller)
[3] Todo esto está reflejado en los diversos artículos que realizó Fernando Sabater y que están recopilados en su libro Misterio, emoción y riesgo, editorial Ariel, Barcelona, 2008. 

lunes, 23 de febrero de 2015

¿Cómo se chasquea una novela?

Mira la ciudad por la ventana de la cafetería y sonríe.

Entre la primera y la última vez que la vi llorar parece que han pasado un par de líneas de un libro, y tal vez así fue. Es más que posible que exista una cuarta pared, pero de lo que estoy seguro es que hay una ventana en la cafetería y ella sonríe. Pasa un hombre con bigote negro y maletín. Se está mojando y la gabardina que lleva me recuerda a las bolsas moteadas de grasa de las churrerías que portan churros y porras los domingos. Se lo digo y ella se ríe ante la ocurrencia. Esperamos a que escampe un poco.

Caminamos hasta la Calle de Costanilla de Los Ángeles, bajando por la calle de las conchas.

-A lo mejor lo que te pasa es que estás sufriendo un bloqueo.-Me dice con cierta tranquilidad.

Sé que no sabe empíricamente lo que es un bloqueo del que escribe. Ella no lo hace como yo. Me pregunto si alguien lo hará como yo o si hasta en eso soy un rara avis, un perro verde.

-No lo sé, Clara, no lo sé…
-No te preocupes. Todo pasa.

Me toma de la mano con sus dedos finos y suaves.

No tardamos en llegar a casa a pesar de habernos parado en mil lugares.

Ella se pone cómoda, yo me siento frente al PC y me propongo escribir. La hoja en blanco se llena de frases y descripciones diversas en cuestión de tres cuartos de horas. Ninguna me convence.

Oigo que Clara ha puesto música y reconozco ese tema.

Vivo en un escenario del tamaño de dos lunas,
voy cuesta abajo por tu cuerpo y ya no tengo cura.
Soy músico de guardia desde la cuna a la tumba,
plantado como una farola al norte, al norte de mis dudas

Prefiero la seguridad que da lo incierto
saber que el tiempo no será jamás mi amigo,
y no me fío de los que a pecho descubierto me vacilan
con una lista de consejos aprendidos.[1]

Me giro y la veo bailando frente a mi puerta. Sé porque lo hace. Intenta animarme. Me vio triste.

-Venga, que estoy toda buena y no lo sabes aprovechar.

Es inevitable que me ría. Me acerco y la beso.

-Habrá días mejores que hoy.

Cuando despierto a la mañana siguiente, la oigo respirar cerca de mí. Aun duerme tan plácidamente que casi me da pena moverme, pero lo hago. Salió el sol entre las negras nubes de un sábado plomizo. Me preparo un café y un par de tostadas. Tengo un Wasap de Roberto. Me pregunta cómo me va y si le acompaño a comprar tabaco al estanco que hay cerca de casa.
Hace cinco meses que terminó con Carolina. La pérdida del bebé que esperaban les marcó mucho. Antes hacían vidas separadas aun viviendo en la misma casa y antes de estar ella embarazada. Antes me rompía la cabeza intentando entenderlo. Hoy no. Hoy intento vivir mi vida como me place y tener la relación que me plazca con mi pareja. Carolina regresó a Valencia con sus padres y él, incapaz de seguir viviendo en el piso donde estaban, regresó a casa de sus padres.

Le respondo que lo más posiblemente es que sí le acompañe pero que hablaremos.

Ni me molesto en encender el PC. No tengo ganas ni fuerzas para escribir. Me pongo a repasar las mujeres que han pasado por mi vida y la relación que tuve con algunos de mis amigos. Imagino que Daniel seguirá enganchado a la mariguana. Casi me involucra en sus asuntos la última vez que lo vi, hace cosa de ocho años. No pasé más miedo en mi vida pese a que a Clara se lo cuento con un tono de humor y ella se ríe a carcajadas y algunas veces me pide que se lo cuente. Se lo habrá contado unas cuarenta veces y siempre cambio algo de mi relato, cosas que ella me corrige en forma de pregunta.

¿Pero no fuisteis al cine? ¿Pero no estaba también Pedro, el amigo de Daniel? ¿Pero al tipo que te reconoció no le llamaban el pelos? ¿Pero la policía no buscaba a un hombre que había matado a su mujer y a su amante? ¿Pero tú no tenías que tomar un tren a las doce de la mañana?

Clara se levanta y en mitad de un bostezo disimulado me da los buenos días y me pregunta que voy a hacer.

-Iré a ver a Roberto.
-Pues si sales compra pan y leche. Nos queda para ahora pero poco más.
-A la tarde hemos quedado con mis hermanos.
-Lo sé, lo sé. Te mueres por ver a tus sobrinos. Yo he quedado con mi alto y apuesto amante para comer y para lo que se nos presente.
-Muy graciosa, Clarita.

Me da un beso en la mejilla.

Cuando llego al estanco, Roberto ya está allí. Habla con alguien por el móvil y por el tono me imagino con quien.

-Perdona. Es que…
-Ni te preocupes. ¿Entramos a por tu tabaco?

Asiente y tras haber sido atendidos, me explica que no tiene muy claro quién es, que tiene una crisis de identidad pronunciada. Que todo se le ha desmoronado en poco tiempo. Yo solo le miro y me doy cuenta que él y yo, pese a habernos conocido desde la niñez, nunca hemos hablado de literatura. Sé bien que él lee poco o nada.

-La echo mucho de menos, tío.
-Lo sé.
-Me hubiera casado con ella…

Eso lo dijo con otras mujeres de su vida. Con Ángeles, con Lucia, con Natalia… 

-Lo sé.

No tardamos en despedirnos a la altura de Galileo y de regreso a casa, me propongo a describir lo que va pasando en mi paseo. Un señor mayor con bastón y gafas ahumadas, unas chicas jóvenes riéndose de alguna ocurrencia, un hombre que huele a alcohol y grita al hablar, un coche de policía que tiene la sirena puesta por la calle San Leonardo…

Entro en el portal de mi casa y noto que empieza a llover.

-Usted siempre llegando a tiempo.-Bromea Crispín, el portero.
-Se ve que sí.

Como con Clara y a media tarde, ya estamos en un autobús camino a casa de mi hermana.

-Lástima que llovió. Me hubiera gustado ir en moto.
 -Siempre te niegas a conducirla y optas por ir de paquete.
-Copiloto. Paquete suena tan feo…

Escoger bien las palabras. Un misterio si esa lección te la daba el Doctor Guillermo Sarmiento, uno de mis profesores en la facultad. Siempre decía que los autores del Cid y el Lazarillo sabían usar con detalle el lenguaje y después nos decía que nosotros no sabíamos redactar como Dios mandaba.

-Ahora voy a tener que ser leísta y loísta porque este tío imbécil no sabe escribir.-Clamaba algún compañero.  

Llegamos a casa de mi hermano. Sabemos que lo más seguro es que terminemos quedándonos a cenar. Mis cuatro sobrinos me abordan de un modo desordenado y les veo correr y soltar risas y gritos, cada poco tiempo, inventando juegos que yo no entiendo. Arturo, uno de mis sobrinos, tira de la manga de Clara y le muestra un dibujo para ella. Le explica que es y Clara lo abraza y le dice lo mucho que le gusta.

Hace menos de dos meses les enseñé a él y a su hermano Alfonso como se chasquean los dedos.

-Usando tu mano dominante, presiona la yema del dedo pulgar firmemente contra la yema del dedo medio. Debe haber suficiente presión como para hacer que las puntas de tus dedos se pongan un poco rojas.
-¿Y luego?
-Desliza tu pulgar hacia tu dedo índice y al mismo tiempo desliza tu dedo medio hacia la palma de la mano, manteniendo la misma cantidad de presión hasta que tu dedo medio se deslice rápidamente pasando por todo el pulgar y choque con la palma de la mano produciendo el sonido del chasquido. El dedo medio deberá golpear la base carnosa del pulgar. Entonces suena.

¿Y cómo se escribe una novela?

La verdad es que eso, como chasquear los dedos, lo aprendí casi por instinto. Lo aprendí con la práctica, con la lectura, con la investigación. Aun hoy me deben corregir cosas de estilo y de construcción.

-Pones un guion al empezar un dialogo, no al final a no ser que hagas una aclaración, cosa que es muy común en los textos de literatura infantil o juvenil.
-Y más si vienes del cómic.
-A yo de eso poco sé. Soy experta en literatura femenina, ya sabes…
-Pero algún cómic leíste, ¿no?
-Sí, sí, el Maus.
-Yo ese me lo leí en una tarde.
-¡Vaya empacho!
-Odiaba mi módulo de informática y deseaba retos intelectuales. No sé, programar en C++ es tan tedioso… y más cuando te lo da una profesora odiosa.
-¿Esa que quedó tocada al romperse la cadera en un accidente doméstico?
-Sí, esa misma. ¿Te he hablado alguna vez de mis teorías sobre el karma?

Allí, cursando ese módulo, gané un concurso de relatos y empecé una primitiva versión de mi segunda novela, que no la primera, la primera como primera que es, duerme la siesta en un cajón.  Traicioné mis deseos conviviendo con aquellos compañeros que, de un modo irónico, se asemejaban a los yahoo de Swift. Traicioné mis ideales intelectuales por no aceptar la verdad. Tal vez fuera porque al morir Manuel todo cambió. Era un aprendiz sin maestro y olvidé que yo estaba en la vida para ser algún día maestro de alguien.

En el autobús de regreso, Clara se duerme. Yo ni me molesto en ver a los viajeros y describirlos como diversión. No. Me dedico a mirar el paisaje nocturno de ese Madrid olvidado para muchos. Es una mujer. La cuidad es una mujer. Era mi novia antes de mis novias. Ella era diferente a cada hora de los días, cada día de la semana, cada mes del año… Ha refrescado.

Noto un vuelco en el corazón cuando el domingo me entero de algo que Clara nunca me dijo. Escribió una novela. Una novela… Ahora sí me he caído de mi caballo, señores.

-Me tomaste por tonta todo este tiempo y ya ves.
-Pero…
-No haces algo tan difícil, corazón.
-Pero… Me has mentido.
-¿Ah, sí? ¿Me has preguntado si escribí novelas? Hola, soy escritor y me molas. ¿Quieres salir conmigo? Ah, por cierto… ¿Has escrito novelas que yo no sepa?
-Pero…

Me siento extrañamente dolido. ¿Qué soy yo ahora? Lo peor es que deseo leer su novela. Una parte de mí desea leerla pero… ¡Clara ha escrito una novela! 

Digo que debo salir y tomar el aire.

-¿Ahora?
-Ahora.
-No, no, no. ¡No huyas ahora así como así!
-No huyo… solo…
-Sí lo sé me lo callo.

Acabo vagabundeando por Opera. Veo las tiendas llenas de turistas y es como si todos fueran a cámara lenta. Clara… estoy acostumbrado a que otros me superen. Félix, Vicente, Julio, Almudena… Pero Clara no. Clara es Clara. Clara es el papel de mi pluma, no a la inversa. La miraba y era la inspiración. Sabía que era sentir, sabía que era ser humano, sabía… que no siempre era un bueno para nada.

Sé que pasará cuando llegue a casa.

Entraré y ella saldrá de donde esté al pasillo, me mirará y le devolveré la mirada.

-No me pienso disculpar. No hice nada malo.
-Lo sé, pero me has robado mi identidad.
-Ese es tu problema. Mira, no soporto tus bajadas y subidas. Me agotas. Supera tus inseguridades. Cuando lo hagas, me llamas.
-¿A dónde te vas?
-Te vas tú, yo me quedo aquí.
-Clara…
-¡Qué te vayas! ¡Encima debo sentirme mal por tu culpa! ¡Anda ya! ¡Vete a donde te apetezca pero olvídate de mí!

Sí… Eso es muy probable.

¿Y sí es como lo que Roberto me dijo un día? ¿Y si Clara, como él, quiso intentar a escribir la novela que llevaba dentro? Aunque imagino que la de Clara no hablará de un futuro extraño y con naves interestelares.

Entro en el portal. El portero no se asoma. Seguro que estará en la sierra con su familia.

Meto la llave en mi cerradura, abro despacio y dejó mis llaves en el platillo que porta ese Goofy de cartón piedra de tamaño real y vestido de mayordomo.

Clara me mira desde el umbral de la puerta del salón. Parece haber llorado. Bien, aquí viene la tormenta…

No dice nada, me abraza y noto el perfume de su champú en su cabello. La estrecho contra mí.

Chasqueo la lengua al hablar.

-No importa. Ya sabes como soy. Perdóname. No has hecho nada malo, soy yo que soy imbécil. Soy un desastre que escribe y si no puedo ni hacer eso bien…

Alza la mirada y su gesto es de aquel que ve algo sin entenderlo.

-¿De verdad crees que solo eres líneas y páginas? Yo no estoy contigo por eso. Estoy contigo porque de todo lo que hay suelto por el mundo, eres de lo mejor. No eres perfecto, pero mírame. Soy bajita, tengo escoliosis y alergia a los gatos. Soy como cualquiera y tú igual, pero hoy día no te cambio por nada.

Me propone ir al Rastro. Aún es pronto. Son las 12.46. Estará atestado pero quedándonos por la Puerta de Toledo no pasará nada. A la tarde estamos tranquilos en casa.

Como no, Clara se duerme en el sofá, con la manta enredada entre las piernas. Hace mucho que terminó la película que pusimos y apagué la tele. Anochece y yo me dirijo a mi PC, lo enciendo y comienzo a escribir sin saber bien a donde me llevará lo que haga.

Mira la ciudad por la ventana de la cafetería y sonríe.





[1] Músico De Guardia de Quique González canción incluida dentro de su disco de música titulado Personal

lunes, 17 de marzo de 2014

Mi posible epílogo




El tiempo es el mejor autor: siempre encuentra un final perfecto.

Charles Chaplin, actor y director de cine.

Todas las obras de arte deben empezar por el final.

Edgar Allan Poe, escritor.

La luz entra dorada en mi estudio. Mi mesa donde ahora escribo está frente a un gran ventanal donde el sol invade cada rincón de la estancia, mi santa sanctórum o, simple y llanamente, mi gruta donde tenía recluido mi mundo de ideas y mi tiempo, junto a ese cactus en esa maceta de barro, las estanterías llenas de libros de distinta edad, saber y gobierno de las vidas de quien a ellos se asomase, con aquel poster enmarcado de una de las películas que me dieron la bendición de volver a poder escribir, fotos de todo tipo y momento a recordar…

Mirad donde empecé y mirad donde estoy hoy. Con más de cincuenta años, con escaso pelo en mi cabeza y con barba canosa, gafas de montura dorada y redondas,  cojo de la pierna izquierda[…], retirado del mundo que muchas veces no entendí del todo y aun no entiendo, casado desde hace treinta y dos años, con tres hijos: dos hijas y un hijo.

Aun veo a aquel niño con peto vaquero, con cabello abundante, con mirada tierna y me pregunto cómo ha pasado tanto tiempo entre parpadeos. Me pregunto sobre cuánto de cierto y cuánto de invención tiene mi infancia, época de inconsciencia voluntaria y de anhelos infantiles.

[…]Vine de un próspero barrio de Madrid para llegar a un lugar donde la palabra paz era muda. Donde un niño escuálido, pequeño y descarado preguntaba a la enorme figura de mi padre que si su hijo menor podía salir para jugar con él.

Ese niño, como nos pasa a muchos cuando vamos mutando en la adolescencia que nos enfila hacia la adultez, fue esclavo de las drogas. Me distancié de él cuando pasé la noche más terrorífica de mi vida por  culpa de sus vicios, no de los míos. Mi regreso a la zona que fue parte de mi infancia no era ya nada más que un espejo roto y deslucido.
No sé si leí que murió hace años, pero no tengo yo la certeza.

Mi único problema con él alcohol es que nunca me gustó su sabor, con el tabaco que nunca lo caté y con otras sustancias, que nunca supe donde conseguirlas. Mi mujer y mis hijos saben que detesto los vicios que hacen perder lo que de creativo tiene el ser humano, no obstante, bebo bastantes refrescos de cola. No sé hasta qué punto eso es peor.

Yo no tonteé con drogas, tonteé con el hurto en grandes superficies. No me siento orgulloso de ello, pero lo hice. Muchos alegan que fue influjo de las malas compañías, pero no he oído yo de un influenciado que incitará a otros a ayudarle con los pequeños robos que él quería hacer. Me pillaron, como no, y acabé yendo a psiquiatras y psicólogos que determinarán que me incitó a hacer aquello. Nadie dio con la clave de ese mal y terminé por crecer y seguir mi vida.

Quería ser un gran dibujante, un ilustrador de relatos que gustase a otros, pero cuando uno llega al instituto ve que no tiene tantas dotes para ello. Mi padre siempre dijo que no tenía el don de la geometría y de la perspectiva. Tenía razón. Tenía el don de la imaginación y de la escritura que debían ser ejercitados como si de un musculo se tratase.

Y entonces, apareció el maestro que todo discípulo pide a gritos y que solo se deja ver cuando ese aprendiz está preparado. […] Me dio clases de teatro cuando cursaba por segunda vez uno de los múltiples cursos en los que calentaba silla y hacía lo justo y poco más. Él me enseñó que tal vez estaba hecho para escribir. No lo sé, pero así fue. Con la perspectiva de los años que he vivido, creo haber dado con una posible respuesta a todo aquello. Tal vez ese profesor sabía que tenía inventiva, tal vez solo quise ver que él lo sabía y, siempre y llanamente, me quise demostrar que era medianamente bueno en algo o tal vez plantearse esas preguntas es innecesario.

Puede que necesitase escribir para relatarle al mundo que me pasaba por la cabeza y por el corazón. No dejaba de dibujar aunque no fuera ese el candidato a ser mi oficio y tenía la mala costumbre de dibujar a las mujeres que me habían tocado el alma o que yo quería que lo hicieran y, para más inri, yo era un joven enamoradizo.

Mi hija pequeña, cuando solo tenía seis años, me preguntó cuántas novias tuve.

-Ninguna aparte de tu madre, corazón mío.

No la mentí. No tuve ninguna novia y no sé hasta qué punto mi mujer lo fue. Pero si tuve musas, como soñador que era.

La primera fue Alicia […]. Cabello ondulado y moreno, voz aguda, seriedad fingida y desinterés patente por un joven atolondrado e inocentón. Era de Málaga y a Málaga volvió cuando acabó ese primer curso.

-Iré a buscarla y me deberá amar.

¿Ven por dónde voy? […]

Nunca cumplí esa promesa que me hice y me cansé de mandarle cartas, pues eso de chatear y mandarse mail aun no cuajó en la época que les relato y ¡Demonios! ¿No dije que era un romántico? ¿Qué romántico manda mails a su amada?

Yo no cumplí esa promesa, me enamoré de la Alicia del señor Lewis Carroll, luego conocí a mi mentor y… pasó. No tan rápido pero no me quiero recrear en alguien que no era ni de lejos lo que yo pensé. Extrañamente un compañero de nuestra clase, […], el que luego fue entrenador del Betis, la volvió a ver, entablaron un romance y terminaron por casarse. Me alegro por ellos.   

Tras eso vino […], una chica de armas tomar. La conocí en una función de teatro de fin de curso, ya pasados dos o tres años. ¡Dios como me gustó! Me enamoré como un tonto y un loco juntos de esa preciosa chica de cabello negro, piel pálida, carácter endiablado… ¡Me había enamorado de la chica que puteaba a otras chicas! Eso lo supe años después y cuando ella me lo confesó mucho tiempo después, cuando ya era una prometedora relaciones públicas y yo un pobre diablo que acalló su vocación por ser informático. Fue esa noche que nos reencontramos cuando se lo confesé […] Meses o un año después se marchó a Francia. No la volví a ver más. Casi mejor.

También estuvo […] Sí, la misma presentadora de esos horrendos programas de repostería que echaban a mediados de los años diez del siglo XXI. ¿Qué cómo la conocí? Bueno, actuando juntos […]  Se ve que el teatro siempre tuvo una vital importancia en mi adolescencia y en especial el escenario del instituto […]. Ella me dejó de hablar cuando le dije que me gustaba y sospecho que ella solo tenía el 89 % de la culpa de eso, yo el 1% y el 10% […], pero ya no importa.
Durante años aborrecí las magdalenas por culpa de esos programas, libros y demás patochadas. Por suerte no era el único que tenía esa sensación y como vino se fue. […]

Y ya llegamos a Alicia […], de la que podría hablar largo y tendido, pero me parece que quien me conoce bien y quien no, ha oído o leído de como ella me influyó a la hora de escribir. […] Y le doy las gracias si llega a leer esto, cosa que no es imposible.

[…]

Como dice una canción de Quique González, quise mucho a esas chicas pero espero que no vuelvan nunca más.

Es de recibo y justicia dedicar un apartado especial a mi Amor, al ángel de mi guarda, a la que mantiene el control de mis alas de cera. […]

Me hubiera gustado decir que cuando la vi por primera vez dije eso tan manido de Esa será mi mujer, pero la verdad es que yo tenía ya el corazón hueco, por así decirlo, tras la muerte de mi madre y tras mi última seudorelación romántica.
Estaba desengañado con la humanidad, con mis compañeros de carrera, pues sí, soy doctor en Lengua y literatura española y profesor en la universidad […], pero sería mentir a los que me leen si no dijera que cursé mi carrera cuando estuve a punto de dejar atrás la veintena. […]

También era verdad que entonces no me planteaba que era estar enamorado. Explicar que es el Amor es como intentar explicar que es tener hambre o tener sueño. Es algo intrínseco a nuestra condición. […]

Desde siempre tuve la costumbre de dar largos paseos por Madrid los fines de semana. Los viernes o sábados, por la tarde, por Callao, Opera, Lavapiés, O’Donell… Y los domingos, al Rastro, a la zona cercana a puerta de Toledo. […] Ese viernes de primavera, en aquella gran superficie que en mi época y en la de muchos que me leen, tenía un prestigio para los intelectuales prefabricados […] Ella estaba allí, mirando si le merecía la pena comprar ese DVD.

-La verdad, es una de sus mejores películas.
-Sí, leí en algún sitio que era bueno, pero… no sé.
-Sin dudas, ya que es […]
-Parece que sabes bastante de cine.
-Sí, puede ser. Intenté escribir críticas de cine pero vi que mi gusto es muy extraño.
-¿Cómo te llamas?
-[…] ¿Y tú?
-[…] Un momento… ¿Eres […]? ¡Yo leo tu blog!
-¿Lees mi blog?
-Sí, yo soy Dama blanca, la que siempre escribe cuando actualizas.
-Ah, ¿Así que eres tú?
-¡Sí, soy yo!

Nos reímos como dos tonto. Recuerdo que más de uno se giró a vernos y comentó por lo bajo alguna impertinencia sobre nosotros.

-Ten.- Tomó un bolígrafo y un trozo de papel que debió ser una hoja de una agenda. Me apuntó su dirección de correo mail.- Quiero que me envíes, si no es pedirte mucho,  lo que vayas escribiendo. Quiero leerlo yo antes.
-Bueno, si eres mi seguidora fiel,  no te voy a decir que no.

A estas alturas alguno pensará Sí, ya, un mail para mandarle lo que escribe… esta quiere tema.

No sé si tema o no, pero eso hizo que empezáramos una relación amistosa, que luego mutó en algo sentimental. Nada de glamour, nada de flechazos, nada de historias para recordar… solo vulgaridad.

[…]  

Fueron años de susurrar canciones al oído, de gritar en plena plaza de España un te quiero como si mañana me fueran a cortar la lengua, de bailar en la cocina y partirnos de risa, de besos furtivos, de discutir por bobadas, de reconciliarnos al día siguiente admitiendo la parte de culpa que nos tocaba. Era una bocanada de aire frente a las otras relaciones que tuve, algunas venenosas, otras inexistentes y obsesivas, y  otras aburridas y monótonas.

Tenía claro algo. Con […] quería una relación donde no viviéramos juntos hasta que no nos casásemos, no quería cometer el error de gente como […] que posponer su boda y vivir con su pareja, acabó siendo un hombre gris y monótono y yo no deseaba eso en mi vida. Ya bastante monótono era ser filólogo y que mi lema fuera como el de un monje: Ora et labora.

Y así fue hasta que me armé del valor de cien hombres, compré un anillo de pedida perfecto según mi torpe gusto […] y volví a usar el teatro a mi favor. […] Haber sido la mascota de varios profesores y expertos en diversos aspectos de nuestra lengua es una carta a mi favor.

La llevé al teatro del Canal. Nada como los clásicos para decir lo que es amor, pues quien lo probó lo sabe. […] Tras la función, los actores salieron a saludar y uno de ellos […], que además le conocí cuando  ni él ni yo era nadie, recitó un texto sobre el matrimonio que Lope de Vega escribió y entonces, me puse de rodillas e hice lo que se puede imaginar. Antes si quiera de que dijera  nada, dijo que sí.

[…]

Juntos hemos intentado dar una buena educación a nuestros hijos. Además, en mi caso, me debo a unos principios básicos que hay veces que no sé si hago honor: Ser íntegro y justo. Como como profesor hay veces que eso es una labor casi imposible y como escritor, creo que es fácil, puesto creo que hay que ver que el público un día está contigo, al otro está con otros tan prometedores o mejores que yo. Doy fe de ello. Las próximas generaciones de autores, aunque escasas, pueden hacer mucho por la literatura, no por los lectores pues hay una de las lecciones más importantes que aprendí de una de mis colegas y maestras en la Universidad, la doctora […], que me enseñó que cuando uno escribe no tiene que enseñar nada, solo hacer que se disfrute con la labor.

Posiblemente, en el otoño de mi vida, uno se vuelve más un nostálgico que un innovador, ya que el mundo donde se crióestá casi extinto, de ahí que me anime a redactar estas memorias.

En unos meses me jubilaré y dejaré libre mi despacho para que otro joven colega lo ocupe. Solo me dedicaré a la vida tranquila con la gente que quiero y tal vez escribir uno o dos libros más. Ya saben: ora et labora.