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viernes, 13 de enero de 2017

Querida mía

Cada año desde que empecé este blog, he escrito algo para mi cumpleaños, por eso hoy os traigo algo que encontré en una estación de metro de Madrid[1],  dentro un sobre, esta carta que guardé durante mucho tiempo en una de mis carpetas. Hoy la encontré y me pareció tan bonita, que decidí transcribirla:   






Querida mía:

Sé que no te escribo desde… nunca. Nunca te he escrito. Es así. No te escribí nunca pero veo el montón de papeles de distinto tamaño y color en mi lado derecho de la mesa de estudio y me acuerdo de las veces que me prometí comenzar una novela o un cuento incluso, y sin embargo, te estoy escribiendo esta carta.

¿Te dije que hoy paseé por Madrid? No, sé que no. Pues lo hice, pero ¿Y eso que importa? Tal vez para decirte que hoy vi atardecer en plena Plaza de España y me pareció algo bello. Mírame, siendo cursi cuando no soy nada natural. ¿Te acuerdas cuando me pasaba la vida sonriendo? Pues ya no lo hago y lo sé por como la gente observa mi gesto. Mi rostro debe transmitir esa inconformidad. La inconformidad de alguien que ve poco viable que hoy día alguien me vea de otro modo que como un transeúnte que pasa por una calle.

Y es acojonante increíble, pero aún recuerdo aquel día gris donde el frio se nos metía hasta el tuétano, y te prometí que no te pensaba dejar sola. Fue antes de Sofía. Recuerdo bien que no parabas de hablarme y de decirme las cosas más dispares que se te pasaban por la cabeza. Sigo pensando que tú estabas más enamorada de mí que yo de ti… y pese a eso, has sido tú la que te fuiste, tal vez harta de mí, tal vez harta de Sofía.

Con que claridad te veo discutiendo conmigo en la cama sobre la educación de Sofía.  Tú me reprendías sobre lo duro que era con ella, que solo tenía siete años, que yo no veía normal que escuchase música que hablaba de felaciones, de sodomía, de violencia… Tú reías y decías que ella no entendía nada más que las palabrotas, pero eso no me calmaba…. Y hoy no estás.

Me costó mucho explicar a Sofía – y a mí también.- que una buena mañana habías vaciado tus cajones y te fuiste. ¿Era culpa mía? Sofía estaba convencida de que era culpa de ella y me juró que nunca más me disgustaría para que yo tampoco me fuera. Me quedé con ella siempre. Siempre que me necesitó. No la dejé cuando la pillaron robando en un centro comercial, no la dejé cuando le tuve que explicar que le pasaba cada cierto tiempo y que eso era parte de ser mujer, no la dejé cuando llegaba tarde a casa tarde y sin avisarme. No la dejé, la eduqué.

¿Y sabes qué es lo que peor llevo? Que se parezca tanto físicamente a ti, que algunas veces no pare de hablar y de decirme las cosas más dispares que se le pasaban por la cabeza.

Dentro de muy poco, nuestra Sofía va a terminar su carrera. Este ha sido uno de sus peores años a nivel personal, pues ha roto con ese novio tan chulito que se echó hace cosa de tres años. La dejó por otra chica, según sé. Para postre, vino llorando hace cosa de tres meses, jurándome que te vio en pleno Antón Martín, que se acercó a ti y te dijo quién era… y tú dijiste que no conocías a ninguna Sofía. Tal vez no fueras tú o tal vez seas una cobarde que niega las cosas cuando son muy evidentes. Me dijo que era como si le hubieran arrancado el corazón de golpe, que se volvía a replantear si de verdad no te fuiste por su culpa. Yo no le dije nada, solo la abracé. Fue después cuando hablamos hasta altas horas de la noche, sobre ella, sobre mí, sobre ti, sobre la vida misma…

Y mira que cosas, el tipo duro, el que no estaba tan enamorado, el que mira de mala manera a la gente en la calle, pierde el culo se desvive por Sofía. Es lo que me queda de ti. Desde el primer llanto hasta aquí, hay una vida que he visto poco a poco.

Ella es mi obra. Nuestra obra si lo prefieres.

Allí donde estés, sea Antón Martín, Franco Rodríguez o Reina Victoria, sea donde sea… espero que estés bien y seas feliz, porque yo ya lo soy.

Tuyo siempre:
Tu esposo y padre de Sofía.  

[1] Yo siempre pensé que la encontré en la estación de metro de Puerta de Toledo, pero como la carta habla de Antón Martín o Reina Victoria, he de suponer que debí encontrarla en alguna de las estaciones de línea 1, 2 o la circular.      

sábado, 2 de abril de 2016

Esta es mi verdad de hoy

¿Era epílogo o prólogo?

Estoy trabajando estos días sobre algo que no suelo contar a nadie, no por pudor, sino porque no encuentro el contexto en el que sea propio decirlo.

La reinterpretación de la viudedad.

Es un tema tabú cuanto menos. Nadie desea hablar de la muerte, porque se interpreta como la antítesis de la vida, cuando no se ve como la anulación de esta. Pero es que es necesario enfrentarlo, como lo hace Rosa Montero o como, en el momento que lo escribo, lo hace Joyce Carol Oates… o en ello está en mi lectura. 

Tal vez así sea el modo en que por fin, de una vez por todas, deje atrás esa sensación de alma que arrastra cadenas y se lamenta muchas veces, tanto oralmente como por escrito, por la pérdida de una persona que ha sido el centro de una vida.

Tal vez así pueda resolver, de una vez por todas, las grandes cuestiones de mi vida actual, porque sí, hay un antes y un después cuando la muerte susurra al oído y deja un agujero negro donde antes no lo hubo.

Tal vez…

Estoy bien dentro de mi gravedad

Tras la muerte de alguien que te ha enseñado a vivir, muchas son las cosas que te van pasando mientras sobrevives a los cambios.

Aprendes que el Odio solo afecta a una persona: al que lo siente.

Entiendes que los demás no están para entender esos cambios de humor o esa actitud taciturna tuya donde antes estaba la broma fácil y la actitud ingenua que raya hasta hacer sangre en la necedad inconsciente.

Descubres que el tiempo y el espacio ya no son lo que fueron, porque la historia ya no es la que era hace unos cuantos capítulos.

Abrazas la máscara que ahora se te ha pegado a tu piel y es difícil de quitarte como antes, pero es que es tu mejor papel, el mejor que interpretaste en tu vida, fruto de la bendita improvisación-¡Qué razón tenías Manuel Camarero! ¡Qué razón!-y es entonces cuando sale esa coletilla tan tuya y que algunos ya también repiten, porque es, con diferencia, tu mejor obra:

Estoy bien dentro de mi gravedad.

¡Sublime! Has logrado hacer de tu malestar, de tu reconstruirte cada día, de tu seguir adelante, una frase tan lapidaría y profética como el Cuan largo me lo fiais de Don Juan.

Pero, claro, vivimos tiempos de queja y re queja y esta frase se pierde entre el aluvión de malestares y descontentos de un tiempo extraño que, raudos y con cierto aire de sapiencia fatua, se han llamado un tiempo nuevo.

Sí, nueva es la situación en la que uno debe entonar esta coletilla. Un tiempo que promete acabarse, porque el tiempo de duelo, que lo es también y lo sé bien, dará paso a un horizonte de cosas por descubrir, puesto que no llueve eternamente… pero tampoco veo yo que escampe.

El sol de invierno

Hubo alguien- y si no lo hubo, seré yo.- que dijo que no te puedes fiar del sol de invierno, pues aunque la luz sea poderosa y las calles parezcan estar viviendo una preciosa primavera, el frío estará ahí.

Pues eso pasa con la gente. No puedes pretender que sean como esperas a simple vista, porque son de otro modo y es lo que debe ser.

El otro día, comiendo en la facultad con unas antiguas compañeras de carrera, una de ellas me dijo que no tenía claro si, unos dos o tres días después de morir mi madre, que es cuando regresé a mis clases tras el puente de mayo, me dio el pésame o no. En ese momento- y ahora mismo.-tuve la sensación de que así fue y no le di importancia a sí lo hizo o no. No obstante, tengo en mi mente a dos personas que no lo hicieron y tuvieron la oportunidad. Recuerdo eso y ahora pienso que quizás fueran ellos los primeros de muchos otros que me dieron la espalda, con o sin razón pues no voy a juzgar tal cosa.

En cierto modo, cuando mi madre murió viví por inercia y es ahora cuando comienzo a darme cuenta de muchas cosas. Era como estar anestesiado. Me movía- y todavía lo hago.- con cierta inercia, con cierta idea de que debo vivir y que es lo que toca ahora.

Un ser solitario

Cuando era niño, me pasaba mucho tiempo sólo en los recreos en el colegio, ese colegio donde muchos de mis compañeros me consideraban un retrasado. Eran niños y no entendían que retrasado no es en sí lo que yo era, pero, hará cosa de unos siete u ocho, en Facebook, apareció una foto de que guardaba un viejo amigo de la infancia y se me etiquetó en ella. La gente no paraba de comentar cosas y se hacían preguntas de si uno se acordaba de este o del otro…

Y alguien puso:

¿Y de Bubu? ¿Os acordáis de Bubu? Era retrasado ¿No?

Bien… Bubu era yo. Ese apodo me lo pusieron de niño y lo odié con todo mi ser. Y el que puso ese comentario era Daniel, el chico que más detestaba de todos. Éramos adultos ya y ahí seguía esa idea infantil.

Así que era obvio que muchas veces buscase la soledad y en esa soledad, empecé a leer y a inventar historias.

Así pues, el ser solitario fue la base del escritor que hoy intuyo que soy, porque, esa es otra, ¿Soy un escritor? ¿Escritor debe ser el que escribe o el que vive de escribir? Porque, sí, yo escribo pero no vivo de escribir, vivo para escribir, porque lo necesito, porque es simbiótico el vivir y el escribir.

Y hay gente que no entiende que uno es escritor por necesidad vital, no porque sea parte de su personalidad.

Siempre me encuentro con aquel que te dice: Eres escritor, deberían salirte las frases poéticas en fila.

El último que me hizo eso fue un antiguo amigo del que me he distanciado. Me soltó una patochada de ese calibre con una sonrisa de hiena estúpida y yo entonces saqué un trozo de papel y un portaminas que llevaba en mi bolsa de colgar.

-Eres dibujante. Pues hazme un dibujo. Debes hacerlo. Eres dibujante las veinticuatro horas del día ¿No?
-¿Aquí en la calle?
-Claro.
-No compares.
-Pues no me pidas a mí que sea escritor a tiempo completo igual que yo no te pido que seas dibujante a tiempo completo.

Hay veces que me hubiera gustado no ser un ser solitario, pero ahora es lo que soy, por encima de sí sé escribir o no.

Lo más importante de una vida

Hace unos meses, preguntaba a alguien porque pintaba cuadros tan oscuros, que sí eso tenía que ver, de algún modo, con su estado de ánimo.

El pintor se indignó un poco y me dijo que estaba equivocado.

Muchos pueden trasladar eso a mi escritura. ¿Por qué tanta muerte y ausencia de la madre? Y, la verdad, le dije hace un tiempo a una profesora de mi facultad que estaba harto de eso, que era un autor de principios, que si en principio algo me ronda la cabeza lo pongo siempre en el papel.

Ella me habló de un director de cine que siempre ponía una silla vacía en una escena de su película, que simbolizaba la conversación que siempre quedó pendiente entre su padre, ya difunto, y él.

Yo no quiero eso para mí y sin quererlo, me asustó una idea.

Mi padre tenía una tía que era muy desagradable conmigo, que era muy clasista y que me llamaba Gustavo pese a que la corrigiera. Siempre pensaba en la Guerra Civil. Cada vez que podía, sacaba el tema y su rostro tomaba un aspecto algo demente.

Mi madre y yo concluimos algo: La Guerra Civil fue lo más importante de su vida, y eso que llegó a vivir hasta los noventa y dos años.

¿Y si la muerte de mi madre era lo más importante de mi vida?

Lo es comparable, claro, pero ambas pueden marcar a una persona muy profundamente.

La diferencia más clara es que tras la Guerra Civil nadie dijo a la gente lo que mi madre me dijo muchos meses antes de morir.

Cuando yo me vaya, no quiero que te hundas.

No seré el mejor, pero sí el más constante

Dicen de los Capricornio que cuando se encuentran con un muro o lo logran tirar o se rompen la cabeza contra ese muro.

Mi filosofía es otra: rodear o saltar ese muro.

Así pues, saqué una conclusión:

No seré el mejor, pero sí el más constante.

Seguro que si preguntas a alguna gente, te dirá que miento. Que miento y que deberían quemarme en la hoguera. Que miento, que deberían quemarme en la hoguera y luego mearse en mis cenizas para que aprenda.

A lo mejor que me nieguen esta frase es por culpa de la máscara que llevo, puesto que soy un tremendo cobarde y veo que los demás leen y devoran pilares de libros y con aire de complacencia jactanciosa sacan conclusiones atrevidas y sentenciosas sobre autores, obras, movimientos y, si me apuran, pasos a seguir para realizar una correcta cocción al dente de morales y éticas.

Yo, por ende, soy un engreído de pantomima, puesto que aprendí una lección que aún hoy habita en mi mente-que muchos catalogarán de absoluto y tremendo caos no sin darle a ese juicio un valor de jurídico-humanístico-:

En la vida actúa de farol, como en el póker. Sonrisa de ganador pese a que pierdas.

Puede que no sea así la lección, pero sí hay un elemento que me ha salvado más de una vez. No caeré sin luchar. Mucho o poco, pero no caeré sin luchar.

Me vas a perdonar, pero me reclaman en otro sitio.

Esto es parte de mi leyenda y de la de Manuel Camarero, así que puedo ser como el dios Loki o como Salomón. Sea como fuere, esto es lo que digo yo que pasó:

Hacía un mes que Manuel Camarero había muerto y le di hace un año una copia de mi primera obra de teatro, pues mi carrera literaria comenzó con una burda e infantil obra teatral.

Olga, una de las profesoras del instituto María Guerrero- donde estudiaba y donde daba clases Manuel.-, me indicó que Manuel dejó algo en su mesa para mí.

Era la copia de mi obra de teatro en una carpetilla transparente y dentro una nota para mí, que por desgracia tiré a la basura pero que rezaba así:

Gonzalo:

Me vas a perdonar, pero me reclaman en otro sitio y no me va a ser posible dirigir tu obra de teatro.

Cuídate:

Manuel Camarero

Sonrisa de ganador pese a que pierdas. Hizo honor hasta el final a su lección.
Creo que fue entonces cuando entendí que la muerte es irse y no regresar. Irse y dimitir de ser mentor, maestro, amigo, padre, esposo, dueño del tiempo prestado…

Manuel dejó el primer vacío, más modesto que el que dejaría mi madre, y haría que yo intentase buscar un mentor cuando mi mentor al final debía ser yo, con mis fallos y aciertos, con mis triunfos y fracasos, pues hay que tratar a estos dos últimos como impostores, como dos buenos jugadores de póker de la vida.

Y entonces, te paras un momento a pensar y lo ves…


Esta es mi verdad de hoy, mañana será otra. 

miércoles, 23 de diciembre de 2015

¡LÁNZATE!


Querida Gloria, Clara, Maite, Inés, Lorena, Joana, Marina, Helena, Lola y Laura tú:

No me conoces, pero quiero pensar que yo algo te conozco, pero a decir verdad, conforme pasa el tiempo, menos conozco a nadie.

Puede que te preguntes porque te escribo justo a ti… Y es que he visto tu foto varias veces en el día de hoy y he pensado que tal vez tú me fueras a entender un poco, aunque, cada vez que he escrito una carta a alguien no he recibido la respuesta deseada… y hay veces que ninguna respuesta posible.

Hoy he sido víctima de esa sensación que sé que es pasajera. Es como una especie de fiebre que nace como una alegría desmedida, un ímpetu de felicidad, un sentimiento de poder desbordado, de creatividad brutal, de planes, de ideas, de potenciales modos de demostrarme y demostrar a los demás que valgo algo.

Luego se me pasa… en unas horas a decir verdad y empiezan a venir los fantasmas de navidades pasadas a susurrarme cosas.

No vales ni para dar por culo.
No llegarás a esas cosas pues son absurdas.
¡Eres un caradura! ¡Te aprovechas del trabajo de los demás compañeros!

Y desde dentro grito NO. No. Esto no me pasaría si alguien me dijera una sola palabra: Lánzate.

Aquí puede que te encuentres perdida y ese, en el fondo, es uno de los diversos motivos por los que creo que la gente no me llega a entender cuando reciben cartas mías y ya va siendo hora de hacer caso a ese grito. Me debo lanzar. Primero a decirte a ti quien soy.

Una vez fui el futuro de un país que aplaudía el descaro y la genialidad. Nací en 1983 y me críe con hombres disfrazados de mujeres, de creaciones e ideas estrambóticas, con que la realidad era solo una voluta de humo que mis tíos cuando venían de visita a nuestra casa echaban al fumar y al reírse. Yo una vez fui el futuro… y ahora mírame.

Reconozco que hay momentos, años de mi vida que no recuerdo nada más que como una película de esas que pasan por la televisión y ves sin mucho interés. Recuerdo que, desde niño, no era un alumno muy aplicado. Tenía carencias. No era rápido ni con los pies no con las manos, no era hábil y de pronto mis padres hablaban sobre mí cuando traía un dictado con un montón de correcciones en rojo y palabras descorazonadoras que presagiaban lo que pudo ser.  

-Ay, Jose… el niño tiene sus límites.
-No, lo que pasa es que le mimamos demasiado. Si fueras más dura con él. Si no le mimases tanto.

¿Cómo no hacerlo? Era el futuro. El futuro debe ser siempre cuidado.

Al final, enfadados todos porque no tuviera algún tipo de retraso, me exigieron el doble de lo que podía y sabía. Los malos hábitos no se van.

Tal vez las lagunas en mis recuerdos sean un modo de protegerme, como cuando alguien fallecido desaparece, sin quererlo, de los recuerdos que has compartido con esa persona.

El futuro… entonces de niño, el futuro era tener éxito, ser feliz, tener hijos… y no tengo ya nada de eso y voy a cumplir un año más. El futuro. Me rio yo de eso.

 Pero en este viaje hasta aquí, he hecho muchas cosas. Tú seguramente más, muchas más y más reseñables. Cuando uno es torpe, o con problemas de coordinación, pues se basta con poco.

Siempre me gustó el mito de Ícaro. Lo conoces, ¿Verdad? Pues hay gente, yo entre ellos, que lo veía como una lección de humildad: uno vuela hasta donde puede y debe. Pero no. No. La moraleja no es esa. La moraleja es Chaval, no vueles o te quemarás. Volar. Ícaro voló y se rompió todos los huesos en la caída, pero lo logró. Voló. ¿Es por eso que tengo miedo? Una vez me rompieron todos los huesos. No. Una vez no. Muchas. Los huesos y el corazón.

Dicen que los huesos, una vez rotos, se sanan pero los músculos se llegan a entumecer un poco. Con el corazón, ay, es otra cosa. Hace unos pocos años se me hizo una masa de sangre y dolor. Un dolor como una punzada sorda y que te cambia. Ese día, Dios, ¡Qué orgulloso estaría mi padre! Ese día solo lloré una vez y con permiso.

La mujer que más amé. La mujer del chubasquero rojo, la mujer que hacía que la realidad fuera un invento de los mayores, también se rompió. Una y otra vez. Una y otra vez… hasta que no se pudo romper más. Ese día no lloré. La vi convertida en un trozo amarillento de carne, con la lengua fuera como un perro apaleado… y no lloré.

Leí unas palabras y me atropellé, pero… no lloré. Mis hermanos estaban asombrados, puede que asustados, pero estaba frío. Inerte ante los envites de ese día. Ni el nudo de la corbata me molestaba. Solo ante su ataúd, cuando deposité un beso en su helada frente… pude pedir permiso.

-Voy a llorar. Llevo esperando este momento y espero que me lo permitáis.
-Hazlo. No pidas permiso.

Y lloré. Lloré sin poder desfogarme. No como esa vez que lloré de rodillas en la nieve ¿Sabes qué es eso? No lo creo. Lloré… y no tenía motivo real. Y cuando lo tenía… no pude.

Pero, como te dije, me rompieron los huesos muchas veces y con ellos, algunas veces, el alma. No pude recuperarme mucho de eso. Aun hoy renqueo y me doy cuenta que de mí se hizo una mentira. Solamente sé que veré pasar el cadáver de mis enemigos ante mi puerta y entonces, como cuando deposité ese beso en la frente de la mujer que era mi todo, pediré permiso para alegrarme… pero no me lograré desfogar.

¿Es eso? ¿Es el miedo a caer, a que se me vuelvan a romper los huesos y el alma, lo que me impide lanzarme? ¿Es, por otro lado, que no hay nadie que sepa fehacientemente que me ayudará a levantarme y me diga, con la misma sonrisa que he visto hoy en una de tus fotos, No salió como pensamos. Lo volverás a intentar mañana? ¿Qué es?

Porque, posiblemente, pido entelequias, pero creo que es tan humano como intentar volar. Querer llegar a cotas donde antes no estuvieron… pero me da miedo la caída. Sé que es un riesgo que se debe correr… y es duro. Me llevo cayendo mucho…

¿Conoces esa historia de un escritor que le dijo a su mujer que estaba cansado de hacer lo que otros esperaban de él y que su mujer le dijo ¿Vas a dejar que los demás decidan? ¡Lánzate!?  Por hacer caso a su mujer, el mundo cambió y nacieron el primer comic de héroes que marcaría un antes y un después: Fantastic Four. Sí, los mismos de esas terribles y absurdas películas. Ese hombre era Stan Lee.

Tal vez es sólo eso. Necesito alguien a quien contarle todo lo que pienso y siento…

-¡Quiero hacer una nueva novela en donde...!
-¡Lánzate!
-He pensado en escribir y dibujar un comic de…
-¡Lánzate!

Aunque… no te conté algo más. Te dije que pasa cuando uno se sana los huesos pero cuando a uno le licuan el corazón, ese corazón se recubre de un callo extraño, de una coraza, de una armadura. Tanto dolor puede volver loco a alguien ¿Sabes? Aquí estoy, aparentando ser normal cuando desearía gritar al mundo que yo era el futuro, que yo pude volar,  que no es una pose ser como soy, tan despegado, tan frío, tan indiferente, tan tosco, tan crítico,  pues tengo miedo a que me rompan otra vez el corazón pese a que esa coraza callosa está ahí… y, quizás por eso, renuncié a escribir un tiempo porque me creía incapaz de poder escribir con coherencia y algo de acierto… y casi pierdo esto. La capacidad, la fuerza y el arrojo de escribir. Que, como dije una vez, no seré el mejor, pero si el más trabajador. Pero tengo miedo y no tengo ese empuje. Ese empuje de un ¡Lánzate! dicho con el cariño justo y necesario, con la sonrisa, con el cariño, sin pedirme que sea así o asá. Sé bien quien no me dará eso. De ellos no espero nada, pero he cerrado la puerta a muchos para decirme eso. Para decirme ese ¡Lánzate! que necesito que me digan cuando me vean.

¿Pido un imposible? Porque, entre nosotros, odio sentirme muchas veces como lo hago y cuando hoy vi tu foto, ahí, sonriente pensé, necio de mí, Es preciosa. Ojala pudiera conocerla y demostrarle de lo que soy capaz. Y entonces aparece ese miedo, esos fantasmas que te dije. Todo lo que oí sobre mi persona y mis capacidades. Siempre estoy equivocado, pensando que mañana… mañana algo hará que todo cambie… y los cambios son lentos. Solo los necios creen que los cambios son instantáneos.

Y ahora me paro a pensar que no sé porque te escribí a ti todo esto. Lo necesitaba. Eso lo sé. Lo necesitaba.

Aun así, gracias. Gracias por tu tiempo.

Recibe mi cariño, aunque no te conozca bien:

GAA

Querido tú:

¡Lánzate!


miércoles, 9 de julio de 2014

Las estaciones, el pasado y otras cosas sin lugar a cuento


-¿Qué es lo que recuerdas?
-Un cuarto a oscuras y una respiración ahogada… una respiración que nunca antes oí.

-¿Eso es lo primero que recuerdas?

-No… Hay más.

-Bien, proyéctate allí. Es hora de empezar.

-Listo cuando tú digas.

Primavera de 1991.  
-Eres un idiota y un niñito de mamá.-Insultaba aquel niño escuálido, de cabello castaño claro en forma de tazón a otro niño, este de cabello castaño más oscuro, peinado con raya y con ojos de mirada triste pero luminosa.
-¡No te metas con mi mamá!
-¿Por qué? ¿Eh? ¡Es la verdad! ¡No me caes bien porque eres un llorón y todos los saben!

-Santiago siempre fue un pequeño cabrón. No, nunca le caí especialmente bien. Por culpa de él, mi madre dejó de  acompañarme al autobús de la ruta al colegio. Allí no estaba mucho mejor. Jugaba solo. Siempre lo estaba, o al menos lo estaba cuando mi único amigo dejó de ir al cole y se cambió a otro. Me consideraban retrasado. ¿No es extraño? Solo era un niño ciertamente mimado, tímido y poco habilidoso. Eso significaba ser tonto para los demás, pero era inteligente.

-No todos somos hábiles en todo.

-Pero aun entonces, era feliz. Mira, a pocos metros, ¿La ves?

-No, ¿Tú sí?

-Sí, mira quien me vigila. Le dije que la gente se reía de mí, que no quería que me acompañase y mírala. Escondida vigilándome.

-Te quería mucho. Pero. ¿Por qué aquí?

-Porque quería ver que tenía razón. Allí estaba. Tardaría años en saberlo y sería porque me lo confesó ella.

-Bien. ¿Y ahora?

-Ahora quiero hacer algo importante.

Verano de 1995.
 -¿Un hospital?

-Sí, el de Cristo Rey.

-Es de madrugada. ¿Por qué aquí?

-Ahora lo verás.

Un niño permanecía en su cama. Era el niño que insultaba el otro. Ha crecido un poco. La luz le golpea y le ve. Una silueta a contraluz. Un hombre con barba recortada y escaso cabello oscuro.

-¿Quién eres?
-Casi no lo cuentas.
-¿Es un médico?
-No exactamente. Al parecer no era tu hora. Tienes que vivir y hacer grandes cosas. Ahora, deberías dormir.
-Sí… debería. Estoy cansado.

Cuando volvió a mirar a la puerta del cuarto, ya no estaba.

Invierno de 2004.
-¿Madrid otra vez?

-Callao. Mira a esos dos.

-Increíble… ¿Ese no…?

-Sí. La chica es guapa ¿no?

-Bueno… no está nada mal.

Ella era una chica de cabello negro, manos de violinista, ilusión loca… él el mayor bobo enamorado. Ese cabello castaño oscuro, ese gesto de tristeza falsa… aunque tal vez no lo era tanto ya.

Era feliz.

-Me debo ir. No quiero llegar tarde al trabajo.
-No, eso no lo puedes permitir. Me gustó verte.
-Y a mí. Espero que le guste ese DVD a tu madre.
-Seguro que sí.

Ella se perdía entre la multitud.

-Venga, bobo, te mueres por abrazarla y darle un beso en la mejilla. Hazlo.

Un empujón y se encontró dándole un beso y un abrazo en la mejilla. Se disculpó tras pedirle ella que por favor la soltase.

-Se fue molesta, pero no me importa. Seguro que la próxima vez que nos veamos ni se acuerda.
-En algo si tienes razón. No se acordará porque se irá olvidando de ti.
-¿Eh? ¿Pero…?

Cuando volvió a mirar a su espalda, aquel que le  empujó y le habló ya no estaba.

Otoño de 2011.
-Esto es una casa.

-Sí. Quería despedirme de ella.

Él se sentó en el sofá junto a aquella mujer rubia que veía la televisión con sus gafas de ver de lejos. Tenía una manta a sus pies. Cuando él se sentó cerca de ella, como de costumbre, ni le miró.

-¿Qué ves, mamá?
-Bones.
-Sí has visto ya este capítulo mil veces.
-No lo recuerdo.
-Da lo mismo. Te quiero.
-Ya. Y yo a ti… ¿Estás llorando?
-¿Eh? Sí, puede ser. Es que ya sabes, tengo mis días tontos.
-Pues reponte, hombre.
-Lo haré.
-¿Te importa traerme un par de galletas?
-No, no, claro que no…
-Gracias, hijo.

Le dio un beso en la mejilla a la mujer y se levantó del sofá.

Cuando el muchacho de cabello castaño oscuro, con esa fina perilla, apareció por salón, oyó hablar a su madre y  el que se sentó a darle un beso a la mujer ya no estaba.

-¿Decías algo, mami?
-Sí, que me traigas dos galletas ¿es que no me oíste ya?
-No, pero te las traigo.

-No lo entiendo aun… ¿Se puede saber que has logrado cambiar recordando y reviviendo esos momentos de tu pasado?

-Nada. Solo hice lo correcto.

-¿Lo correcto? Tenías la oportunidad de cambiarlo todo.

-¿Y de qué serviría? La imperfección ya es por si perfecta.

-Nunca te entenderé.

-Ni yo, ni yo…