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sábado, 13 de agosto de 2016

Quiero verte más

Sé que cuesta mucho trabajo pasar así los veranos.
Pongamos que lo imposible llamará a este amor
cuando surcaba ese abismo musitando con temor
como si tu oído fuera la negrura de los mundanos

Quiero verte más, pero no me dejas.
Quiero verte más, pero tú te alejas.
Quiero verte más, pero sin quejas.

Por eso estoy escribiendo algo que sea probable
a ver si algún día de estos te puedo sorprender    
y es cierto que no siempre te puedo entender.
¿O tal vez estoy siendo todavía muy amable?

Quiero verte más, pero no me dejas.
Quiero verte más, pero tú te alejas.
Quiero verte más, pero sin quejas.

¿Recuerdas hace cinco años cuando nos sentamos a hablar
 y dijiste que no te casarías por miedo a estar tan desolada?
Lo vi divertido y quise ver si este tren iba a aquella morada
donde los locos pudieran volver a aprender lo que es soñar

Quiero verte más, pero no me dejas.
Quiero verte más, pero tú te alejas.
Quiero verte más, pero sin quejas.

A los demás no les puedo perdonar hoy los errores ejecutados
pues piensan que en el firmamento trajeron ellos la única estela.
¡Qué ilusos! No vieron que la única forma que dejó una huella  
en mi brava imaginación era la de tus pies desnudos y adorados.

Quiero verte más, pero no me dejas.
Quiero verte más, pero tú te alejas.
Quiero verte más, pero sin quejas.

Tal vez sí y me vea pronto y con cierto placer haciendo los fardos
dejando este círculo sin fin de recuerdos con tanto polvo y carcoma.
Tal vez no y me quede con la nariz entre los libros que leí en broma
extrañándote sin querer extrañarte, que es el eterno mal de los bardos.    

martes, 19 de mayo de 2015

Eso que llamamos literatura de masas

No hay libro tan malo que no sirva para algo.[1]

Esta frase puede definir muchas cosas en la literatura.

Algunos expertos no van a mirar hacia la literatura con la intención de darle un sincero reconocimiento a la novela de bolsillo dedicada al Oeste. Tampoco es esa su intención. No obstante, no se puede obviar totalmente la labor de esta literatura de consumo que algunos llaman popular.

Popular fue el teatro de Lope de Vega y que apasionó a unos y que fue despreciado por otros.
Popular fue el teatro alejado de la concepción de los Ilustrados donde se veían, a su juicio, conductas y modelos de dudosa moral.
Popular fue la novela en el tranvía o ¿Dónde está mi cabeza? que creara Pérez Galdós.

Los ejemplos pueden ser en este respecto muy numerosos, no obstante, no se debe olvidar algo que apuntaba José Antonio Llera al intentar dar respuesta a la nada sencilla cuestión de qué era literatura.

Según Llera, la literatura es algo vivo y cambiante, puesto que lo que se consideraba literatura en un siglo, en otro podía perder esa noción y viceversa, es decir, son los lectores quienes determinan qué es y qué no literatura. Eso explicaría que las novelas del Oeste hoy día solo sean consideradas lecturas para nostálgicos como indica Basilio Pujante Cascales, cuando ya se dijo en este trabajo que contaron con la aceptación casi plena de los lectores de la última mitad del siglo XX.

Si uno se basa en esto, se debe pensar que las novelas populares, llamadas por muchos bolsilibros, fueron el reflejo de un tiempo que se agotó, pero la formula en la que se cimentó puede que aun siga siendo útil para diversos fines tanto literarios como económicos, ¿O que son si no las sagas que vivimos en este siglo XXI? ¿Qué son las novelas de Alatriste que Pérez Reverte nos ofrece? ¿O las novelas del marqués de Sotoancho de Alfonso Ussía? ¿Qué es en sí el best-seller si no un modo de contentar y dar a los lectores un divertimento rápido y atractivo? Es más, hoy día, se nos pueden dar fórmulas para crear una novela de consumo y atractiva para los lectores.[2]

Sin embargo, aunque uno pudiera verle el lado negativo a los best-seller, a la literatura de consumo e incluso a las novelas del oeste, sin este tipo de novelas, sería casi como ir en contra de la evolución natural de la propia historia de las letras universales.

Sin Daniel Defoe no habría un concepto de novela de aventuras tan personal.
Sin Jane Austen no habría una novela sentimental y romántica.
Sin Jules Verne no habría novela de ciencia ficción.
Sin Lewis Carroll no habría una novela metafísica y semificcional.
Sin Sir Arthur Conan Doyle no habría un esplendor de la novela negra.

Si estos autores y otros muchos que han ayudado a que los lectores de todas las épocas pudieran combatir, en su justa medida, el tedio de la vida cotidiana, es porque en algún momento nos han hablado de algo ciertamente universal. Han hablado del desvalido, del sentimiento de soledad, de odio, de amor, de sorpresa, de miedo, de extrañeza; nos han hablado de los sueños que muchas veces tenemos y que en esencia nos definen más que otras muchas cosas, y lo mágico es que esos sueños, en un grado u otro, son semejantes a los de estas personas que tomaron la pluma con el fin de sacar fuera fantasmas y deseos, ayudándonos a entender este mundo y otros que ellos nos han puesto en bandeja, creando así un nexo con la literatura, con la lectura y, en diversos casos, la escritura.[3]

No voy a intentar emular la declaración del continuamente polémico e irreverente Fernando Arrabal y clamar que fue una injusticia no darle el premio Nobel a Corín Tellado, puesto que gracias a ella mucha gente tomó el hábito de la lectura voraz,  pero tampoco se puede negar que tanto este escritor y cineasta como otro miembro del llamado grupo pánico, el sempiterno escritor, filósofo, psicomago y director de cine chileno Alejandro Jodorowsky, entienden la importancia de la versatilidad del autor moderno, igual que hicieran muchos de los autores que abrieran las puertas a otros que marcaron el canon aun saliéndose algunas veces de él, con lo que la línea entre la literatura canónica y la literatura marginal es muy fina y difusa.

Esto nos llevaría a recordar, como multitud de veces hizo José María Díez Borque, que el escritor es una dualidad: lector y autor, o lo que es lo mismo, un ser que habiendo conocido y leído, ha recreado el mundo en el que vive de un modo personal y, posiblemente, único.
De ahí que se pueda afirmar que hoy día la literatura de consumo que he intentado diseccionar en este trabajo fue influida en muchos casos por sus predecesores, ya sea en la esencia o en la forma, y a su vez estos autores de novelas del oeste han logrado insuflar energía a un nutrido número de autores que van a servir de timón a otros que nacerán y que, posiblemente, abrirán el camino de la literatura, sea o no canónica, a sus sucesores, algo sencillamente lógico.  

En conclusión, mucho debemos a aquellos que nos preceden, que han intentado vivir por y para la literatura, que han sido en algún momento espejo de los aspectos del tiempo y del ser humano y que nos han enseñado lo que se debe y no se debe hacer en las letras permitiéndonos soñar y vivir con algo que muchos han despreciado como si fuera un juguete viejo: la imaginación.    






[1] Esta frase está atribuida a Plinio el Joven.
[2] Trescientos gramos de construcción escena-por-escena, un buen puñado de diálogo en su totalidad, tres o cuatro puntos de vista en tercera persona, detalles simbólicos de status de vida… ( formula de Tom Wolfe para crear un best-seller)
[3] Todo esto está reflejado en los diversos artículos que realizó Fernando Sabater y que están recopilados en su libro Misterio, emoción y riesgo, editorial Ariel, Barcelona, 2008. 

martes, 19 de agosto de 2014

Y que ahora no pueda escribir…

El cuarto en tenue penumbra. Echo la cabeza atrás y me reclino en mi silla. Miro el techo y desde esa posición contemplo el cuarto. Es un curioso lugar para escribir, con muebles que simulan un camarote. Muebles de color cálido, de marrón pardo, con libros dejados en los estantes… No tengo yo uno de esos estudios que tanto me gustaría y que siempre se dicen que posee un buen escritor.
No es como aquel  despacho que visité trabajando como informático/ chico de los recados. Ese despacho en el piso en plena calle Princesa, con portero de esos que a la noche sacan los cubos de basura con paso pausado y ascensor viejo y elegante.

-Es el despacho de un cardiólogo.-Me explicó Pepón, aquel conductor de autobuses convertido en repartidor para la empresa.- Y es un cardiólogo de los buenos, con consulta en Arturo Soria.

No. Yo no tengo uno de esos despachos, pero al menos no es como el de otra gente que tiene esos muebles blancos que hacen que te sientas en una consultora. Si a ellos les sirve…

Debería escribir algo, pero de un tiempo a esta parte, no escribo nada y lo achaco al calor, pero no sé hasta qué punto es verdad.

Tengo desgana y parece que no llego a empatizar con nadie. Sin ir más lejos, ayer visité a mi amigo Héctor. Me contó que hoy venían unos amigos de Barcelona a estar con él y con su novia. Lo decía con cierta pesadez, como con la sensación de que aquello era un incordio ¿De verdad era feliz así? ¿Acatando las cosas que no le placen? Dice que se casará pronto y el pronto dio paso al año, y luego ese año a otro… Y también lo dice con pesadez.

Apuro el vaso de refresco y me pongo frente al cuaderno pues hoy no me apetece ni usar el PC.
Me paro ante la hoja en blanco y resoplo. ¿Y se me rompió la imaginación? Imposible.

Siempre que no sé qué escribir y me da por pensar que hay veces que parece que ni siento ni padezco, recuerdo a mi compañero David, quien busca el no sentir para escribir con objetividad. Lee, lee y lee pesados tomos y parece que esté buscando el modo de no sentir nada al escribir. Solamente exactitudes, solamente verdades… ¡Escribir no es decir la verdad! ¡Escribir es relatar, es crear! Si uno crea sin sentir nada lo que hace es tratados huecos sobre como se ve la calle en agosto a las siete de la tarde en un pueblecito donde a nadie se le ha perdido nada.

Creo que las musas están de cañas hoy. Seguro que es eso.

Cuando pasa eso, también divago. Miro a un punto y, de pronto, estoy en algún lugar del pasado próximo o lejano. Hay veces que recuerdo el viaje en tren de hace dos días a Getafe. Una hora y media de viaje para ver ancianos pasear y encontrarse con sus nietos, o los policías que vigilan el paseo peatonal con `paraguas a modo de techo.

Y vuelvo a mi cuarto y ya no oigo, en mi recuerdo, las risas animadas de los niños ni los gritos de la gente.

La última vez que me animé a escribir en un cuaderno  fue por consejo médico.

-Deberías escribir tu día a día. Me vendría bien ver lo que piensas y sientes.

A las dos páginas, el psicólogo deshecho esa medida y dijo que todos mis males eran culpa mía.

¿De verdad no comprendió nada? ¿Tan mal escribía entonces?

Siempre hay alguien que no te comprende y que ve el mal en todo gesto. Siempre hay quien se viste de blanca armadura y no se llega a percatar que el blanco termina por ensuciarse, por eso es blanco.

Luces y sombras. Luces y sombras en cada personaje. Esa es una de mis claves al escribir. Puedo crear personajes y darles forma, pero si ni ellos saben que me quieren contar ni yo a ellos…

Hace poco escribía hojas y más hojas. Me levantaba con ganas de escribir temprano, aunque solo fuera para escribir bobadas… y que ahora no pueda escribir…

Seguro que muchos de mis iguales escriben todos los días y muchas de sus páginas y cuartillas están salpicadas de reflexiones tan interesantes, tan eruditas, tan bellas… y que ahora no pueda escribir…

No os muestro mis páginas, pues os llegaríais a enamorar.

Me digo que esa frase es obra de la edad, como la de Yo sé que viviré de la literatura. Yo a esas edades era igual que ellos. Creía, al principio, que lo que yo hacía podía hacerlo cualquiera, pero luego pensé que cuando escribía creaba arte. Ni lo uno ni lo otro son cierto. Escribo porque algo me lo exige. Yo por los demás no lo hago, pero si gusta, bien está.

…os llegaríais a enamorar.

¡Ojala! El amor instantáneo es lo que es. Hoy sí, mañana puede, la semana siguiente no sé y el mes que viene, nada de nada. Muchos parecen no entender que Siempre se va y que Te quiero y eres mi alma gemela lleva años de forjado. Mañana aquella persona que estaba sentada en el césped, o montando una tienda de campaña o tomando un tren para visitarte y darse un baño en tu piscina puede volver a ser un extraño… y no pasa nada porque así sea. Los amores instantáneos, instantáneamente se disuelven.

Y que ahora no pueda escribir…

No sería mala idea quitarme el tedio dándome un paseo. Sí, pasear, caminar sin prisa y con cierto rumbo esbozado a lápiz en mi mente. Tal vez a la noche pueda escribir… ¿a quién quiero engañar? No tengo ganas de escribir ni de contar nada. Ya conozco todos mis trucos y por mucho que ponga un cuaderno, no logro escribir porque nada interesante pasa en agosto, a las siete de la tarde, en un pueblecito donde a nadie se le ha perdido nada.
Lo mejor es hacer como mis musas y marcharme de cañas (o de refrescos, que el alcohol y yo no somos viejos amigos y no me interesa a estas alturas que lo seamos)


Y que ahora no pueda escribir…

lunes, 17 de marzo de 2014

Mi posible epílogo




El tiempo es el mejor autor: siempre encuentra un final perfecto.

Charles Chaplin, actor y director de cine.

Todas las obras de arte deben empezar por el final.

Edgar Allan Poe, escritor.

La luz entra dorada en mi estudio. Mi mesa donde ahora escribo está frente a un gran ventanal donde el sol invade cada rincón de la estancia, mi santa sanctórum o, simple y llanamente, mi gruta donde tenía recluido mi mundo de ideas y mi tiempo, junto a ese cactus en esa maceta de barro, las estanterías llenas de libros de distinta edad, saber y gobierno de las vidas de quien a ellos se asomase, con aquel poster enmarcado de una de las películas que me dieron la bendición de volver a poder escribir, fotos de todo tipo y momento a recordar…

Mirad donde empecé y mirad donde estoy hoy. Con más de cincuenta años, con escaso pelo en mi cabeza y con barba canosa, gafas de montura dorada y redondas,  cojo de la pierna izquierda[…], retirado del mundo que muchas veces no entendí del todo y aun no entiendo, casado desde hace treinta y dos años, con tres hijos: dos hijas y un hijo.

Aun veo a aquel niño con peto vaquero, con cabello abundante, con mirada tierna y me pregunto cómo ha pasado tanto tiempo entre parpadeos. Me pregunto sobre cuánto de cierto y cuánto de invención tiene mi infancia, época de inconsciencia voluntaria y de anhelos infantiles.

[…]Vine de un próspero barrio de Madrid para llegar a un lugar donde la palabra paz era muda. Donde un niño escuálido, pequeño y descarado preguntaba a la enorme figura de mi padre que si su hijo menor podía salir para jugar con él.

Ese niño, como nos pasa a muchos cuando vamos mutando en la adolescencia que nos enfila hacia la adultez, fue esclavo de las drogas. Me distancié de él cuando pasé la noche más terrorífica de mi vida por  culpa de sus vicios, no de los míos. Mi regreso a la zona que fue parte de mi infancia no era ya nada más que un espejo roto y deslucido.
No sé si leí que murió hace años, pero no tengo yo la certeza.

Mi único problema con él alcohol es que nunca me gustó su sabor, con el tabaco que nunca lo caté y con otras sustancias, que nunca supe donde conseguirlas. Mi mujer y mis hijos saben que detesto los vicios que hacen perder lo que de creativo tiene el ser humano, no obstante, bebo bastantes refrescos de cola. No sé hasta qué punto eso es peor.

Yo no tonteé con drogas, tonteé con el hurto en grandes superficies. No me siento orgulloso de ello, pero lo hice. Muchos alegan que fue influjo de las malas compañías, pero no he oído yo de un influenciado que incitará a otros a ayudarle con los pequeños robos que él quería hacer. Me pillaron, como no, y acabé yendo a psiquiatras y psicólogos que determinarán que me incitó a hacer aquello. Nadie dio con la clave de ese mal y terminé por crecer y seguir mi vida.

Quería ser un gran dibujante, un ilustrador de relatos que gustase a otros, pero cuando uno llega al instituto ve que no tiene tantas dotes para ello. Mi padre siempre dijo que no tenía el don de la geometría y de la perspectiva. Tenía razón. Tenía el don de la imaginación y de la escritura que debían ser ejercitados como si de un musculo se tratase.

Y entonces, apareció el maestro que todo discípulo pide a gritos y que solo se deja ver cuando ese aprendiz está preparado. […] Me dio clases de teatro cuando cursaba por segunda vez uno de los múltiples cursos en los que calentaba silla y hacía lo justo y poco más. Él me enseñó que tal vez estaba hecho para escribir. No lo sé, pero así fue. Con la perspectiva de los años que he vivido, creo haber dado con una posible respuesta a todo aquello. Tal vez ese profesor sabía que tenía inventiva, tal vez solo quise ver que él lo sabía y, siempre y llanamente, me quise demostrar que era medianamente bueno en algo o tal vez plantearse esas preguntas es innecesario.

Puede que necesitase escribir para relatarle al mundo que me pasaba por la cabeza y por el corazón. No dejaba de dibujar aunque no fuera ese el candidato a ser mi oficio y tenía la mala costumbre de dibujar a las mujeres que me habían tocado el alma o que yo quería que lo hicieran y, para más inri, yo era un joven enamoradizo.

Mi hija pequeña, cuando solo tenía seis años, me preguntó cuántas novias tuve.

-Ninguna aparte de tu madre, corazón mío.

No la mentí. No tuve ninguna novia y no sé hasta qué punto mi mujer lo fue. Pero si tuve musas, como soñador que era.

La primera fue Alicia […]. Cabello ondulado y moreno, voz aguda, seriedad fingida y desinterés patente por un joven atolondrado e inocentón. Era de Málaga y a Málaga volvió cuando acabó ese primer curso.

-Iré a buscarla y me deberá amar.

¿Ven por dónde voy? […]

Nunca cumplí esa promesa que me hice y me cansé de mandarle cartas, pues eso de chatear y mandarse mail aun no cuajó en la época que les relato y ¡Demonios! ¿No dije que era un romántico? ¿Qué romántico manda mails a su amada?

Yo no cumplí esa promesa, me enamoré de la Alicia del señor Lewis Carroll, luego conocí a mi mentor y… pasó. No tan rápido pero no me quiero recrear en alguien que no era ni de lejos lo que yo pensé. Extrañamente un compañero de nuestra clase, […], el que luego fue entrenador del Betis, la volvió a ver, entablaron un romance y terminaron por casarse. Me alegro por ellos.   

Tras eso vino […], una chica de armas tomar. La conocí en una función de teatro de fin de curso, ya pasados dos o tres años. ¡Dios como me gustó! Me enamoré como un tonto y un loco juntos de esa preciosa chica de cabello negro, piel pálida, carácter endiablado… ¡Me había enamorado de la chica que puteaba a otras chicas! Eso lo supe años después y cuando ella me lo confesó mucho tiempo después, cuando ya era una prometedora relaciones públicas y yo un pobre diablo que acalló su vocación por ser informático. Fue esa noche que nos reencontramos cuando se lo confesé […] Meses o un año después se marchó a Francia. No la volví a ver más. Casi mejor.

También estuvo […] Sí, la misma presentadora de esos horrendos programas de repostería que echaban a mediados de los años diez del siglo XXI. ¿Qué cómo la conocí? Bueno, actuando juntos […]  Se ve que el teatro siempre tuvo una vital importancia en mi adolescencia y en especial el escenario del instituto […]. Ella me dejó de hablar cuando le dije que me gustaba y sospecho que ella solo tenía el 89 % de la culpa de eso, yo el 1% y el 10% […], pero ya no importa.
Durante años aborrecí las magdalenas por culpa de esos programas, libros y demás patochadas. Por suerte no era el único que tenía esa sensación y como vino se fue. […]

Y ya llegamos a Alicia […], de la que podría hablar largo y tendido, pero me parece que quien me conoce bien y quien no, ha oído o leído de como ella me influyó a la hora de escribir. […] Y le doy las gracias si llega a leer esto, cosa que no es imposible.

[…]

Como dice una canción de Quique González, quise mucho a esas chicas pero espero que no vuelvan nunca más.

Es de recibo y justicia dedicar un apartado especial a mi Amor, al ángel de mi guarda, a la que mantiene el control de mis alas de cera. […]

Me hubiera gustado decir que cuando la vi por primera vez dije eso tan manido de Esa será mi mujer, pero la verdad es que yo tenía ya el corazón hueco, por así decirlo, tras la muerte de mi madre y tras mi última seudorelación romántica.
Estaba desengañado con la humanidad, con mis compañeros de carrera, pues sí, soy doctor en Lengua y literatura española y profesor en la universidad […], pero sería mentir a los que me leen si no dijera que cursé mi carrera cuando estuve a punto de dejar atrás la veintena. […]

También era verdad que entonces no me planteaba que era estar enamorado. Explicar que es el Amor es como intentar explicar que es tener hambre o tener sueño. Es algo intrínseco a nuestra condición. […]

Desde siempre tuve la costumbre de dar largos paseos por Madrid los fines de semana. Los viernes o sábados, por la tarde, por Callao, Opera, Lavapiés, O’Donell… Y los domingos, al Rastro, a la zona cercana a puerta de Toledo. […] Ese viernes de primavera, en aquella gran superficie que en mi época y en la de muchos que me leen, tenía un prestigio para los intelectuales prefabricados […] Ella estaba allí, mirando si le merecía la pena comprar ese DVD.

-La verdad, es una de sus mejores películas.
-Sí, leí en algún sitio que era bueno, pero… no sé.
-Sin dudas, ya que es […]
-Parece que sabes bastante de cine.
-Sí, puede ser. Intenté escribir críticas de cine pero vi que mi gusto es muy extraño.
-¿Cómo te llamas?
-[…] ¿Y tú?
-[…] Un momento… ¿Eres […]? ¡Yo leo tu blog!
-¿Lees mi blog?
-Sí, yo soy Dama blanca, la que siempre escribe cuando actualizas.
-Ah, ¿Así que eres tú?
-¡Sí, soy yo!

Nos reímos como dos tonto. Recuerdo que más de uno se giró a vernos y comentó por lo bajo alguna impertinencia sobre nosotros.

-Ten.- Tomó un bolígrafo y un trozo de papel que debió ser una hoja de una agenda. Me apuntó su dirección de correo mail.- Quiero que me envíes, si no es pedirte mucho,  lo que vayas escribiendo. Quiero leerlo yo antes.
-Bueno, si eres mi seguidora fiel,  no te voy a decir que no.

A estas alturas alguno pensará Sí, ya, un mail para mandarle lo que escribe… esta quiere tema.

No sé si tema o no, pero eso hizo que empezáramos una relación amistosa, que luego mutó en algo sentimental. Nada de glamour, nada de flechazos, nada de historias para recordar… solo vulgaridad.

[…]  

Fueron años de susurrar canciones al oído, de gritar en plena plaza de España un te quiero como si mañana me fueran a cortar la lengua, de bailar en la cocina y partirnos de risa, de besos furtivos, de discutir por bobadas, de reconciliarnos al día siguiente admitiendo la parte de culpa que nos tocaba. Era una bocanada de aire frente a las otras relaciones que tuve, algunas venenosas, otras inexistentes y obsesivas, y  otras aburridas y monótonas.

Tenía claro algo. Con […] quería una relación donde no viviéramos juntos hasta que no nos casásemos, no quería cometer el error de gente como […] que posponer su boda y vivir con su pareja, acabó siendo un hombre gris y monótono y yo no deseaba eso en mi vida. Ya bastante monótono era ser filólogo y que mi lema fuera como el de un monje: Ora et labora.

Y así fue hasta que me armé del valor de cien hombres, compré un anillo de pedida perfecto según mi torpe gusto […] y volví a usar el teatro a mi favor. […] Haber sido la mascota de varios profesores y expertos en diversos aspectos de nuestra lengua es una carta a mi favor.

La llevé al teatro del Canal. Nada como los clásicos para decir lo que es amor, pues quien lo probó lo sabe. […] Tras la función, los actores salieron a saludar y uno de ellos […], que además le conocí cuando  ni él ni yo era nadie, recitó un texto sobre el matrimonio que Lope de Vega escribió y entonces, me puse de rodillas e hice lo que se puede imaginar. Antes si quiera de que dijera  nada, dijo que sí.

[…]

Juntos hemos intentado dar una buena educación a nuestros hijos. Además, en mi caso, me debo a unos principios básicos que hay veces que no sé si hago honor: Ser íntegro y justo. Como como profesor hay veces que eso es una labor casi imposible y como escritor, creo que es fácil, puesto creo que hay que ver que el público un día está contigo, al otro está con otros tan prometedores o mejores que yo. Doy fe de ello. Las próximas generaciones de autores, aunque escasas, pueden hacer mucho por la literatura, no por los lectores pues hay una de las lecciones más importantes que aprendí de una de mis colegas y maestras en la Universidad, la doctora […], que me enseñó que cuando uno escribe no tiene que enseñar nada, solo hacer que se disfrute con la labor.

Posiblemente, en el otoño de mi vida, uno se vuelve más un nostálgico que un innovador, ya que el mundo donde se crióestá casi extinto, de ahí que me anime a redactar estas memorias.

En unos meses me jubilaré y dejaré libre mi despacho para que otro joven colega lo ocupe. Solo me dedicaré a la vida tranquila con la gente que quiero y tal vez escribir uno o dos libros más. Ya saben: ora et labora.  


sábado, 28 de diciembre de 2013

Una pequeña locura




Dedicado a Carolina Aparicio Couso

Yo siempre quise chicas de bolsillo, no novias, no amigas, que también están bien, si no chicas de bolsillo.

Estaría bien que las chicas, algunas y no todas, tuviera un botón de encogido, similar a un lunar si se quiere, para poder llevarlas en el bolsillo siempre...

-Ana, ¿y esto?
-No, no lo… toques eso
-¡Anda! Pues ale, al bolsillo.
-¡Eh, no!

O incluso que veas a una que te guste y digas: bebe a lo Alicia en el país de las Maravillas.

-Carolina, ten, te va a gustar.
-¿Sí? Veamos… sabe algo raro
-Venga, tú y yo nos vamos a dar un paseo.
-¡Eh, no! ¡Al bolsillo no!


También podría ser que se usase lo que tantas y tantas veces se vio: una pistola de rayos.

-Elena, mira que tengo.
-¡No me apuntes con eso! ¡Esto no tiene gracia! ¡Eh, no! ¡Suéltame!


Y ya en el extremo más extraño y rocambolesco de todo esto, una gripe que haga eso a las chicas.

-Creo que me he pillado un buen… res…friaaaa… ACHUUUUS!!! ¡Oh, no!

Aunque claro, ¿Quién soy yo para pedir eso? ¿No pueden ellas pedir eso mismo con los chicos?

-Cariño, déjame a mí que te alcance eso, que como eres tan bajita….
-¿Ah, sí? Pues lo vamos a ver… si aprieto este lunar…
-¡Muy graciosa!
-Ten cuidado, que te voy a pisar sin querer.
-¡Eh, aparta tus pies de mí!

Y, Oye, sería útil…

-¿Esther, te apetece ir al cine?
-Sí, pero esta vez pago yo.
-Vale, me bebo ese líquido y solo pagas una entrada.

 Dedicado a Carolina Aparicio Couso 

¡Ah, qué mundo sería ese en el que pudiéramos jugar con la realidad y con las dimensiones!  Pues todo es relativo. Desde que empecé a escribir, me di cuenta que nadie es grande o pequeño, nadie es malo o bueno, nada es absoluto, la verdad.

Por poner un ejemplo, si tomo a Carolina, que es la primera de las chicas que en mi texto he encogido y la devuelvo su tamaño original…

-¡Ah, mucho mejor! ¡Ahora sí!

No es una chica muy alta, es normal… tal vez un poco más baja que otras.

-¡Eh, no te pases!

Bueno, perdona. ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Si yo ahora decido llevarme a  Carolina a Liliput.

-Eso no me disgusta tanto

Automáticamente, para la gente de allí sería enorme. ¿Qué pasó? ¿Deja de ser Carolina normal? No. Para nosotros no, así que, todo es relativo.

De eso va mi filosofía en muchos aspectos. Es casi un hecho metafísico.

-Y pretencioso.

¡Ejem!

-¡No le des otra vez al botón!

Aunque, tal vez todo esto que digo son locuras de alguien que mata su tiempo imaginando, creando, soñando, deseando y  volcándolo en hojas blancas y sin vida. Son cosas que tal vez otro tiraría a la basura, no obstante, alguien más compartirá mis locos sueños y mis ideas extrañas, aunque sea porque tenemos la misma numeración en las páginas del imaginario colectivo.

-Ale, al bolsillo.
-¡Eh, no! ¡Otra vez no!