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miércoles, 21 de junio de 2017

LA MUERTE EN Y PARA EL (SÚPER) HÉROE

A la hora de realizar historias sobre un súper héroe, todo el mundo recurre a esa persona para plantear, de un modo más o menos disimulado, cuál es su teoría filosófica sobre varios temas de distinta índole y uno de los que más se repite es el de si el héroe mata o no. ¿Está justificado? ¿Es lógico?

Si nos remontásemos a los héroes de los cantares de gesta, es posible que veamos factible que mate a sus rivales ya que van a la guerra, luchan contra gente terriblemente cruel y el maniqueísmo es muy difuso aún en según qué cosas y muy claro en otras.

Pero, si nos fijamos en la figura del súper héroe, Habría que plantear muchas cosas y verlas con detalle.

En 1938 empieza lo que muchos podemos llamar “La creación del súper héroe” cuando aparece el Action Comics número 1 con ese hombre levantando un automóvil ante la aterrada mirada de otros individuos. Ha nacido Superman, pero aún está en súper pañales y no se dedica a partirse la cara contra Lex Luthor o cualquier otro de sus villanos (que los tiene y puedo nombraros hasta seis así de pronto, doce si me esfuerzo mucho), este Superman surge para detener maltratadores y criminales de a pie usando los medios que sean necesarios y por esto hablo darles palizas terribles o incluso llegar a soltarles desde varios metros de altura.


Un año después, en 1939, aparecería el que muchos han considerado su héroe favorito. En el Detective comics número 27 aparece un hombre enmascarado que no dudará en (ojo a esto) disparar a los criminales y acribillarlos. Batman viene en busca de venganza. ¡Batman mataba!



Esto va variando al gusto de sus autores. Aparecen las primeras amenazas para ambos héroes, se plantea la idea de que la primera vez que aparece el Joker, Batman lo mate (No bromeo, es así), se nos presenta a un criminal calvo y maquiavélico que toma el nombre de… No, no es Lex Luthor. Hablo de Ultrahumanita… en fin, se suceden los años, los héroes son un hecho en las páginas de los cómics, cada niño tiene su favorito, se sacan todo sobre estos nuevos enmascarados con capa o sin ella, llegan Flash, Wonder Woman, Capitán Ámerica, Namor, la primera Antorcha humana… estalla la segunda guerra mundial… y llega la Seducción del inocente del Doctor Frederic Wertham, donde este psiquiatra expone que tras la guerra, crece la delincuencia juvenil (Cosa que pasa en muchos casos tras un periodo de posguerra) y que estos elementos rebeldes de la sociedad leen cómics, ergo los cómics corrompen a los niños, maten a los cómics ¿¡Es que nadie piensa en los niños!?... cuando a lo mejor era lógico pensar, a mi parecer, que los cómics estaban al alcance de cualquier chico por solo cinco o diez centavos y que algunos se los iban dejando a otros.
El caso es que este ensayo destrozó los cimientos del cómic, pero no el de los súper héroes exactamente, si no las historietas de terror y crímenes más que otra cosa. Si es cierto que se crea un sello de censura que deben pasar todas las publicaciones de cómics (salvo algunos casos que no expondré por no desviarme del tema), y esta censura no permite que los súper héroes maten. Perfecto. Ya está. El héroe no mata por no dar un mal ejemplo a sus lectores. Aquí podría dejar de escribir e irme a hacer otra cosa, pero claro, quien hace la ley, hace la trampa y así, bordeando la línea, en los 70 del siglo XX surge un tipo de héroe que poco o nada tiene que ver con aquel que viste su capa y detiene criminales. Surge lo que algunos llaman el anti héroe, y este es el que llega a gustar más.

Si en los 60, Spiderman, los cuatro fantásticos o Hulk saben adaptarse a su tiempo y mostrar un héroe con ciertas debilidades y taras, que en algunos casos maldicen tener sus poderes y ser lo que son, los años 70, con el Vietnam de fondo y los movimientos sociales, traen un desengaño frente a las autoridades. El presidente Nixon estaba pringado en asuntos muy oscuros y oscuros iban a ser muchos héroes de aquel momento. Así vemos que, off de record (Solo sucedido por una onomatopeya), se intuye que Wolverine mata a un guardia ante el horror de sus compañeros mutantes de equipo, los X-Men, o como un justiciero que mata por igual a un narcotraficante que a un transeúnte que cruza la calle en rojo, acapara las páginas de algunos cómics para castigar a los criminales sin importarle otra cosa que limpiar las calles del crimen. Si eres culpable, estás muerto y eso hace que Punisher (Castigador) tenga un cometido tras el asesinato de su familia… Es decir, Batman podía haber sido Punisher y en los 30 y los 40 lo fue.

¿Acaso el lector necesita que le muestren que el mal se paga con todas las consecuencias? No, no tiene porque. Aún está vigente un Spiderman que ha sufrido pérdidas importantes en su vida y sigue adelante. No olvida a su tío Ben, ni al capitán Stacy, ni a Gwen Stacy… Esta es mi vida, la voy a seguir. Voy a hacer lo que creía mi tío: Un gran poder conlleva una gran responsabilidad.

Responsabilidad. Esa es la clave. Un poder, grande o pequeño, merece una responsabilidad para con el mundo. Spiderman podía haber matado al ladrón que asaltó su casa, al Doctor Octopus, al Duende Verde… y no lo hace porque entonces se convertiría en todos ellos.

Igual pasa con Batman o Superman. Batman podía haber matado a Joker. Se lo merece. ¿Cuánta gente ha muerto por culpa de sus actos? ¿Dos? ¿Seis? ¿Ciento veinticuatro? Pero si le mata, ¿Es mejor que el asesino de sus padres? ¿Y Superman? ¿Es justo matar cuando tus padres adoptivos te han enseñado unos valores que van más allá de si eres capaz de volar o lanzar rayos por los ojos? ¿Matar a Luthor hubiera hecho que Clark Kent fuera mejor hombre que el megalómano calvo que desea vengar que Superboy le hiciera perder su cabellera pelirroja? (No es broma, eso pasó)

Está claro que matar va contra la naturaleza de los actos de ciertos héroes pero… ¡Eh! ¡Oye! ¿Y lo del Batman de Miller en el regreso del caballero oscuro donde deja a Bruce Wayne? Bien, eso es algo a revisar, sin duda.

En esa magistral serie donde Frank Miller crea un increíble ocaso del caballero oscuro de Gotham, Batman acribilla a un adolescente de una banda llamada los mutantes para salvar a una niña. No hablamos de un Batman de veinte o treinta años, hablamos de un Batman que ya roza los sesenta y que está desengañado con el mundo, que sabe que está en el ocaso de su vida, que si desea hacer algo por el mundo que le rodea, por esa ciudad que grita de dolor, debe pasar esa línea aunque eso signifique perder su moral y su ética personal, cosa que el Joker termina arrebatándole del todo con los actos de esa historia. Batman se ha perdido y no le importa. Miró al abismo y se convirtió en parte de él.



Si vemos los sucesos de la película de 1989 de Batman, dirigida por Tim Burton, vemos algo que ya se hará vigente en casi todas las cintas de Súper héroes: Matar está permitido. Sí, venimos de Bruce Willis y sus Died Hard (La Jungla de cristal en España), donde matar a los enemigos es algo cotidiano y vigente. Por eso Batman no se detiene ni le importa si mueren criminales de todo tipo por su mano, ya sea en esta cinta o en la de Batman Vuelve. Así pues, Batman mata, Tormenta en X-Men mata, Lobezno también (por supuesto, si lo hace en el cómic…), pero llegamos a Batman Begins (2005) y vemos algo que cambia y rompe esa tónica de Matar está permitido. Duncan (Ras Al Ghul) va en un tren que va a explotar. Batman ha salvado la ciudad y detenido el plan del hombre que ha quemado su casa e iba a destruir Gotham y crear el caos. La lucha idealogica está en que, aunque ambos creen en que pueden salvar el mundo, Ras piensa claramente que se debe matar para preservar el orden, Bruce Wayne no… y eso no impide que Batman a la hora de la verdad no mate a su rival, si no que no le salve de su propia muerte. Ahí está la clave. No voy a matar pero nada ni nadie me obliga a salvarte cuando tú no lo hubieras hecho. La línea es difusa pero no se ha pasado, a mi parecer. Ras parece aceptar su destino. Morirá pero sabe que no ha arrastrado a su rival a ser un asesino. 

Por lo tanto, ¿Es posible decir sin error alguno que un súper héroe se define en verdad por sus principios y su responsabilidad para con los demás? No siempre. Si nos situamos a principios de los años 2000, surge una nueva corriente que nada tiene que ver con el héroe de antes y que viene de la mano de autores como Grant Morrison y Mark Millar: The Authority y The Ultimates.

El primer grupo de héroes mencionado, es capaz de ver la línea que antes decíamos y mearse en ella. Matar es algo que viene con el traje y si además podemos torturar a nuestros enemigos de alguna manera, mejor. Llega el momento en que el Súper héroe se convierte en un soldado que mata para preservar el orden, en un modelo de autoridad (de ahí el nombre del grupo) que se emborracha de su poder. Ya entonces el sello de censura que trajo Frederic Wertham ha sido aniquilado también. Ahora está permitido todo. Authority se burla de alguna manera del héroe clásico y se proclama defensor de la figura del nuevo súper hombre. Joe Kelly, guionista de Superman, haría una saga en el hombre de la enorme S en el pecho donde mostraría que pasaría si se cruzase con un grupo (llamado esta vez la Elite) que hace y deshace a su antojo y se ocupa de proteger el mundo con las mismas armas que los criminales. El problema no es si pasar la línea es lo que hace más real al héroe, es si puede ser capaz de mantenerse firme y adaptarse a que lucha por un cometido mayor que el del ojo por ojo. Es seguir firme a unos valores pese a que eso no le haga tan popular como quisiéramos. Me gustaría decir que los que leyeron y fliparon con The Authority son aquellos que no tienen idea de lo que es un súper héroe, pero eso no es cierto pues era (y uso el pasado porque me da que esta época del héroe que traspasa esa línea moral ya llegó a su fin) un producto nuevo y atrevido hecho por gente que sabe de lo que escribe. Grant Morrison supo calar bien a Superman en su All-Star Superman (a mi juicio, uno de los mejores cómics del primer súper héroe) y Mark Millar ha logrado un gran número de cómics memorables donde no hay ni una muerte por parte de los héroes y que han hecho que pase un rato muy grato (Sus números en Cuatro fantásticos son sensacionales), no obstante, este autor, Mark Millar, es el encargado de dar forma al que muchos han denominado los Vengadores del siglo XXI: The Ultimates.

Estos Vengadores no dudan en hacer lo que sea necesario por el bien común de EEUU y eso mismo, les explota en la cara en forma de un complot que les causa una profunda crisis y les hace replantearse su papel en el mundo. Vale, sí, matan y mucho, pero también debemos admitir que Millar (Autor escoces como también lo es Grant Morrison), da una visión filosófica sobre si un héroe que escoge el camino de matar puede redimirse de sus actos o no.



Ahora bien, alguien tras leer hasta aquí, se puede señalar que pese a todo hoy día tenemos que en la pantalla de cine un héroe como Superman ha matado en películas como El hombre de acero. Bien, cierto, y aquí llega algo que he llegado a discutir con gente que parecía desencantada con el modelo clásico del súper héroe (por llamarlo de alguna manera), y es el hecho de que en esa película no existe Clark Kent como tal. Clark Kent es la parte humana de Superman y sin esa parte y esos valores que debe aplicar a su día a día, solo es Kal El, hijo de Jor El y Lara. Un exiliado, un hombre que está por encima del bien y el mal y que no se va a someter a los principios morales de los demás. Que sí, que Clark Kent es un disfraz para ocultar sus poderes, pero Superman no es el que importa en esa duplicidad (No así pasa con Batman donde Bruce Wayne es sólo el cascarón vacío de alguien que desea que nadie sufra), es Clark, el hombre que desea ser aceptado, pasar desapercibido, tener una vida tranquila y normal pero que cree que debe ayudar a los demás a que todo esté en un cierto orden. Matar no es algo natural en alguien que desea ser uno más pese a no serlo. No es normal. Nadie en verdad lo es y cuando Zod le “obliga” a matar, escoge la opción fácil (Aunque claro, estos hechos suceden porque tenemos a un Superman que no es humano o no tan humano como debiera ser).

Entonces, ¿Un súper héroe debe matar o no? A mi juicio, no y explicaré mi postura: Un súper héroe ya por si surge y hace la justicia que él cree conveniente. No es un policía, no ha hecho el juramento de proteger y servir, simplemente se ha puesto un disfraz y ha decidido hacer lo que cree correcto. Veamos el caso de Rorschach en Watchmen (ya sea el cómic o la película). Rorschach es totalmente el modelo de lo que yo llamaría anti héroe. Viene de una infancia dura, es un hombre desequilibrado pero hasta que no es testigo de un hecho cruel y desalmado como es el que se da con el secuestro de una pobre niña, no opta por perderse y convertirse en un asesino, en un criminal a ojos de muchos. Hizo su justicia y al final perdió el norte, por decirlo de algún modo. Luego es un criminal. Pero es un criminal desde el principio. Obstruye la labor de la justicia, de la policía, de los jueces, de todos… y cuando mata ya se ve que es un verdadero criminal.

Si pensamos que un enmascarado es ya per se un criminal, lo único coherente que le queda a este héroe es no pasar ciertas líneas. No matar es una. Si mata una sola vez ya no es distinto a los criminales que desea detener. No es mejor que el ladrón, el violador o el criminal con máscara verde y planeador que desea hacerse con el control de los bajos fondos o el terrible payaso que da algodón de azúcar envenenado a unos niños para que todos sean testigos de una broma mortal y perversa. Lo único que separa al héroe de sus enemigos es su ética y sus principios. Cuando J.J. Jameson dice que Spiderman es una amenaza, puede que no esté desencaminado, ya que es un hombre disfrazado que decide atrapar maleantes y se las ve con villanos tan extraños como peligrosos, pero que si un día decide robar un banco porque está harto de tener problemas con el alquiler, se convertirá en lo que siempre combatió. De ahí que su poder tenga una responsabilidad, como el poder de muchos otros héroes. Por tanto, el héroe, sin él quererlo, es un modelo de conducta para otros. Si un día alguien descubre que, por ejemplo, Barry Allen es Flash, seguramente alguien dirá que debe ser detenido por los daños que ha causado a la propiedad o por que ha obstruido el trabajo de la policía. Por mucho que James Gordon se resista, Batman será alguna vez perseguido y detenido si se llega a tener la certeza de que es Bruce Wayne.



Por lo tanto, si el héroe mata ya no es en sí un héroe. Una cosa es que no quiera salvar a alguien o no pueda. Spiderman no pudo salvar a Gwen Stacy y lo intentó. Daredevil no pudo salvar a Karen Paige y lo intentó. Batman no quiso salvar a Ras Al Ghul en Batman Begins y ahí se nos mostró una faceta que se puede juzgar y analizar con detalle, pero que hace humano al héroe. “No tengo porque salvar a un criminal”. Lo mismo puede pasarle con Joker. “No voy a salvar a la persona que mató a palazos a mi compañero, dejó paralitica a una amiga y asesinó a cientos de inocentes… pero no va a morir por mi mano”


Tal vez llegue el momento en que alguien vea coherente y necesario que un héroe mate, pero yo a mi juicio el que llegue a asesinar no le convierte en absoluto en un héroe, porque la fuerza está en mirar a ese abismo y devolverle nosotros la mirada y estar firmes ante un hecho: No hay héroe que tome una vida para hacer justicia, pues entonces la justicia habrá abandonado la sala por la ventana.    

miércoles, 27 de abril de 2016

La caja de cartón



-¿Qué sentido tiene la Vida? ¿Qué es de verdad la Vida?

-¿Para qué sirve una caja de cartón?

-No te entiendo…

-Una caja de cartón sirve para guardar cosas, con un cometido. Una mudanza, ordenar un cuarto, etc. Pero mira a los niños las usan para todo: Cascos espaciales, coches, bases secretas para sus figuras de acción, casas de sus muñecas… La caja de cartón funciona para lo que nosotros queramos. Claro que tiene sus límites: no puedes meterla en el agua, pues se deshace, no puede llevar mucho peso, no se debe comer…

La vida es eso.

Uno puede ser convencional y seguir lo marcado para una vida: Crecer, estudiar, trabajar en una oficina, tener una mujer, hijos, una casa… Si te vale con eso, bien. Tu caja guardará tus cosas.

Uno puede intentar desmarcarse de los demás y ser lo que le plazca: Actor, misionero, domesticador de perros, programador de videojuegos, escritor, médico, etc. Tu caja puede recrear ese casco espacial, esos coches, esa base o casa, etc.

Aunque los límites están. Uno no puede decidir que vivirá donde no está cómodo. Sería como meter esa caja en el agua, convirtiéndose en una pasta de cartón. No se puede vivir por los demás, porque entonces el peso de nuestra caja hará que se rompa.

Hoy día te van a decir mucho que la caja no sirve para ser casco espacial, coche o cama para tu gato. Esos te lo dirán porque creen que su caja funciona para lo que ellos han determinado. No les hagas caso. Tu vida, tu caja de cartón, es la tuya. Píntala de colores, ponle pegatinas, úsala hoy para guardar cosas y mañana como una carita sonriente para adornar tu cuarto o, si eres muy hábil, como marco de fotos, ¡para lo que se te ocurra! Es tu caja, no la de otros. Y si mañana puedes volverla a usar para guardar cosas, bien. Es tuya. No mía.

La Vida es como esa caja de cartón. No sabrás usarla como quieras o esperan otros, se terminará rompiendo y gastando, y, hasta que eso pase, es tu deber usarla. Es tu derecho equivocarte y acertar cuando la uses.



sábado, 2 de abril de 2016

Esta es mi verdad de hoy

¿Era epílogo o prólogo?

Estoy trabajando estos días sobre algo que no suelo contar a nadie, no por pudor, sino porque no encuentro el contexto en el que sea propio decirlo.

La reinterpretación de la viudedad.

Es un tema tabú cuanto menos. Nadie desea hablar de la muerte, porque se interpreta como la antítesis de la vida, cuando no se ve como la anulación de esta. Pero es que es necesario enfrentarlo, como lo hace Rosa Montero o como, en el momento que lo escribo, lo hace Joyce Carol Oates… o en ello está en mi lectura. 

Tal vez así sea el modo en que por fin, de una vez por todas, deje atrás esa sensación de alma que arrastra cadenas y se lamenta muchas veces, tanto oralmente como por escrito, por la pérdida de una persona que ha sido el centro de una vida.

Tal vez así pueda resolver, de una vez por todas, las grandes cuestiones de mi vida actual, porque sí, hay un antes y un después cuando la muerte susurra al oído y deja un agujero negro donde antes no lo hubo.

Tal vez…

Estoy bien dentro de mi gravedad

Tras la muerte de alguien que te ha enseñado a vivir, muchas son las cosas que te van pasando mientras sobrevives a los cambios.

Aprendes que el Odio solo afecta a una persona: al que lo siente.

Entiendes que los demás no están para entender esos cambios de humor o esa actitud taciturna tuya donde antes estaba la broma fácil y la actitud ingenua que raya hasta hacer sangre en la necedad inconsciente.

Descubres que el tiempo y el espacio ya no son lo que fueron, porque la historia ya no es la que era hace unos cuantos capítulos.

Abrazas la máscara que ahora se te ha pegado a tu piel y es difícil de quitarte como antes, pero es que es tu mejor papel, el mejor que interpretaste en tu vida, fruto de la bendita improvisación-¡Qué razón tenías Manuel Camarero! ¡Qué razón!-y es entonces cuando sale esa coletilla tan tuya y que algunos ya también repiten, porque es, con diferencia, tu mejor obra:

Estoy bien dentro de mi gravedad.

¡Sublime! Has logrado hacer de tu malestar, de tu reconstruirte cada día, de tu seguir adelante, una frase tan lapidaría y profética como el Cuan largo me lo fiais de Don Juan.

Pero, claro, vivimos tiempos de queja y re queja y esta frase se pierde entre el aluvión de malestares y descontentos de un tiempo extraño que, raudos y con cierto aire de sapiencia fatua, se han llamado un tiempo nuevo.

Sí, nueva es la situación en la que uno debe entonar esta coletilla. Un tiempo que promete acabarse, porque el tiempo de duelo, que lo es también y lo sé bien, dará paso a un horizonte de cosas por descubrir, puesto que no llueve eternamente… pero tampoco veo yo que escampe.

El sol de invierno

Hubo alguien- y si no lo hubo, seré yo.- que dijo que no te puedes fiar del sol de invierno, pues aunque la luz sea poderosa y las calles parezcan estar viviendo una preciosa primavera, el frío estará ahí.

Pues eso pasa con la gente. No puedes pretender que sean como esperas a simple vista, porque son de otro modo y es lo que debe ser.

El otro día, comiendo en la facultad con unas antiguas compañeras de carrera, una de ellas me dijo que no tenía claro si, unos dos o tres días después de morir mi madre, que es cuando regresé a mis clases tras el puente de mayo, me dio el pésame o no. En ese momento- y ahora mismo.-tuve la sensación de que así fue y no le di importancia a sí lo hizo o no. No obstante, tengo en mi mente a dos personas que no lo hicieron y tuvieron la oportunidad. Recuerdo eso y ahora pienso que quizás fueran ellos los primeros de muchos otros que me dieron la espalda, con o sin razón pues no voy a juzgar tal cosa.

En cierto modo, cuando mi madre murió viví por inercia y es ahora cuando comienzo a darme cuenta de muchas cosas. Era como estar anestesiado. Me movía- y todavía lo hago.- con cierta inercia, con cierta idea de que debo vivir y que es lo que toca ahora.

Un ser solitario

Cuando era niño, me pasaba mucho tiempo sólo en los recreos en el colegio, ese colegio donde muchos de mis compañeros me consideraban un retrasado. Eran niños y no entendían que retrasado no es en sí lo que yo era, pero, hará cosa de unos siete u ocho, en Facebook, apareció una foto de que guardaba un viejo amigo de la infancia y se me etiquetó en ella. La gente no paraba de comentar cosas y se hacían preguntas de si uno se acordaba de este o del otro…

Y alguien puso:

¿Y de Bubu? ¿Os acordáis de Bubu? Era retrasado ¿No?

Bien… Bubu era yo. Ese apodo me lo pusieron de niño y lo odié con todo mi ser. Y el que puso ese comentario era Daniel, el chico que más detestaba de todos. Éramos adultos ya y ahí seguía esa idea infantil.

Así que era obvio que muchas veces buscase la soledad y en esa soledad, empecé a leer y a inventar historias.

Así pues, el ser solitario fue la base del escritor que hoy intuyo que soy, porque, esa es otra, ¿Soy un escritor? ¿Escritor debe ser el que escribe o el que vive de escribir? Porque, sí, yo escribo pero no vivo de escribir, vivo para escribir, porque lo necesito, porque es simbiótico el vivir y el escribir.

Y hay gente que no entiende que uno es escritor por necesidad vital, no porque sea parte de su personalidad.

Siempre me encuentro con aquel que te dice: Eres escritor, deberían salirte las frases poéticas en fila.

El último que me hizo eso fue un antiguo amigo del que me he distanciado. Me soltó una patochada de ese calibre con una sonrisa de hiena estúpida y yo entonces saqué un trozo de papel y un portaminas que llevaba en mi bolsa de colgar.

-Eres dibujante. Pues hazme un dibujo. Debes hacerlo. Eres dibujante las veinticuatro horas del día ¿No?
-¿Aquí en la calle?
-Claro.
-No compares.
-Pues no me pidas a mí que sea escritor a tiempo completo igual que yo no te pido que seas dibujante a tiempo completo.

Hay veces que me hubiera gustado no ser un ser solitario, pero ahora es lo que soy, por encima de sí sé escribir o no.

Lo más importante de una vida

Hace unos meses, preguntaba a alguien porque pintaba cuadros tan oscuros, que sí eso tenía que ver, de algún modo, con su estado de ánimo.

El pintor se indignó un poco y me dijo que estaba equivocado.

Muchos pueden trasladar eso a mi escritura. ¿Por qué tanta muerte y ausencia de la madre? Y, la verdad, le dije hace un tiempo a una profesora de mi facultad que estaba harto de eso, que era un autor de principios, que si en principio algo me ronda la cabeza lo pongo siempre en el papel.

Ella me habló de un director de cine que siempre ponía una silla vacía en una escena de su película, que simbolizaba la conversación que siempre quedó pendiente entre su padre, ya difunto, y él.

Yo no quiero eso para mí y sin quererlo, me asustó una idea.

Mi padre tenía una tía que era muy desagradable conmigo, que era muy clasista y que me llamaba Gustavo pese a que la corrigiera. Siempre pensaba en la Guerra Civil. Cada vez que podía, sacaba el tema y su rostro tomaba un aspecto algo demente.

Mi madre y yo concluimos algo: La Guerra Civil fue lo más importante de su vida, y eso que llegó a vivir hasta los noventa y dos años.

¿Y si la muerte de mi madre era lo más importante de mi vida?

Lo es comparable, claro, pero ambas pueden marcar a una persona muy profundamente.

La diferencia más clara es que tras la Guerra Civil nadie dijo a la gente lo que mi madre me dijo muchos meses antes de morir.

Cuando yo me vaya, no quiero que te hundas.

No seré el mejor, pero sí el más constante

Dicen de los Capricornio que cuando se encuentran con un muro o lo logran tirar o se rompen la cabeza contra ese muro.

Mi filosofía es otra: rodear o saltar ese muro.

Así pues, saqué una conclusión:

No seré el mejor, pero sí el más constante.

Seguro que si preguntas a alguna gente, te dirá que miento. Que miento y que deberían quemarme en la hoguera. Que miento, que deberían quemarme en la hoguera y luego mearse en mis cenizas para que aprenda.

A lo mejor que me nieguen esta frase es por culpa de la máscara que llevo, puesto que soy un tremendo cobarde y veo que los demás leen y devoran pilares de libros y con aire de complacencia jactanciosa sacan conclusiones atrevidas y sentenciosas sobre autores, obras, movimientos y, si me apuran, pasos a seguir para realizar una correcta cocción al dente de morales y éticas.

Yo, por ende, soy un engreído de pantomima, puesto que aprendí una lección que aún hoy habita en mi mente-que muchos catalogarán de absoluto y tremendo caos no sin darle a ese juicio un valor de jurídico-humanístico-:

En la vida actúa de farol, como en el póker. Sonrisa de ganador pese a que pierdas.

Puede que no sea así la lección, pero sí hay un elemento que me ha salvado más de una vez. No caeré sin luchar. Mucho o poco, pero no caeré sin luchar.

Me vas a perdonar, pero me reclaman en otro sitio.

Esto es parte de mi leyenda y de la de Manuel Camarero, así que puedo ser como el dios Loki o como Salomón. Sea como fuere, esto es lo que digo yo que pasó:

Hacía un mes que Manuel Camarero había muerto y le di hace un año una copia de mi primera obra de teatro, pues mi carrera literaria comenzó con una burda e infantil obra teatral.

Olga, una de las profesoras del instituto María Guerrero- donde estudiaba y donde daba clases Manuel.-, me indicó que Manuel dejó algo en su mesa para mí.

Era la copia de mi obra de teatro en una carpetilla transparente y dentro una nota para mí, que por desgracia tiré a la basura pero que rezaba así:

Gonzalo:

Me vas a perdonar, pero me reclaman en otro sitio y no me va a ser posible dirigir tu obra de teatro.

Cuídate:

Manuel Camarero

Sonrisa de ganador pese a que pierdas. Hizo honor hasta el final a su lección.
Creo que fue entonces cuando entendí que la muerte es irse y no regresar. Irse y dimitir de ser mentor, maestro, amigo, padre, esposo, dueño del tiempo prestado…

Manuel dejó el primer vacío, más modesto que el que dejaría mi madre, y haría que yo intentase buscar un mentor cuando mi mentor al final debía ser yo, con mis fallos y aciertos, con mis triunfos y fracasos, pues hay que tratar a estos dos últimos como impostores, como dos buenos jugadores de póker de la vida.

Y entonces, te paras un momento a pensar y lo ves…


Esta es mi verdad de hoy, mañana será otra

miércoles, 23 de diciembre de 2015

¡LÁNZATE!


Querida Gloria, Clara, Maite, Inés, Lorena, Joana, Marina, Helena, Lola y Laura tú:

No me conoces, pero quiero pensar que yo algo te conozco, pero a decir verdad, conforme pasa el tiempo, menos conozco a nadie.

Puede que te preguntes porque te escribo justo a ti… Y es que he visto tu foto varias veces en el día de hoy y he pensado que tal vez tú me fueras a entender un poco, aunque, cada vez que he escrito una carta a alguien no he recibido la respuesta deseada… y hay veces que ninguna respuesta posible.

Hoy he sido víctima de esa sensación que sé que es pasajera. Es como una especie de fiebre que nace como una alegría desmedida, un ímpetu de felicidad, un sentimiento de poder desbordado, de creatividad brutal, de planes, de ideas, de potenciales modos de demostrarme y demostrar a los demás que valgo algo.

Luego se me pasa… en unas horas a decir verdad y empiezan a venir los fantasmas de navidades pasadas a susurrarme cosas.

No vales ni para dar por culo.
No llegarás a esas cosas pues son absurdas.
¡Eres un caradura! ¡Te aprovechas del trabajo de los demás compañeros!

Y desde dentro grito NO. No. Esto no me pasaría si alguien me dijera una sola palabra: Lánzate.

Aquí puede que te encuentres perdida y ese, en el fondo, es uno de los diversos motivos por los que creo que la gente no me llega a entender cuando reciben cartas mías y ya va siendo hora de hacer caso a ese grito. Me debo lanzar. Primero a decirte a ti quien soy.

Una vez fui el futuro de un país que aplaudía el descaro y la genialidad. Nací en 1983 y me críe con hombres disfrazados de mujeres, de creaciones e ideas estrambóticas, con que la realidad era solo una voluta de humo que mis tíos cuando venían de visita a nuestra casa echaban al fumar y al reírse. Yo una vez fui el futuro… y ahora mírame.

Reconozco que hay momentos, años de mi vida que no recuerdo nada más que como una película de esas que pasan por la televisión y ves sin mucho interés. Recuerdo que, desde niño, no era un alumno muy aplicado. Tenía carencias. No era rápido ni con los pies no con las manos, no era hábil y de pronto mis padres hablaban sobre mí cuando traía un dictado con un montón de correcciones en rojo y palabras descorazonadoras que presagiaban lo que pudo ser.  

-Ay, Jose… el niño tiene sus límites.
-No, lo que pasa es que le mimamos demasiado. Si fueras más dura con él. Si no le mimases tanto.

¿Cómo no hacerlo? Era el futuro. El futuro debe ser siempre cuidado.

Al final, enfadados todos porque no tuviera algún tipo de retraso, me exigieron el doble de lo que podía y sabía. Los malos hábitos no se van.

Tal vez las lagunas en mis recuerdos sean un modo de protegerme, como cuando alguien fallecido desaparece, sin quererlo, de los recuerdos que has compartido con esa persona.

El futuro… entonces de niño, el futuro era tener éxito, ser feliz, tener hijos… y no tengo ya nada de eso y voy a cumplir un año más. El futuro. Me rio yo de eso.

 Pero en este viaje hasta aquí, he hecho muchas cosas. Tú seguramente más, muchas más y más reseñables. Cuando uno es torpe, o con problemas de coordinación, pues se basta con poco.

Siempre me gustó el mito de Ícaro. Lo conoces, ¿Verdad? Pues hay gente, yo entre ellos, que lo veía como una lección de humildad: uno vuela hasta donde puede y debe. Pero no. No. La moraleja no es esa. La moraleja es Chaval, no vueles o te quemarás. Volar. Ícaro voló y se rompió todos los huesos en la caída, pero lo logró. Voló. ¿Es por eso que tengo miedo? Una vez me rompieron todos los huesos. No. Una vez no. Muchas. Los huesos y el corazón.

Dicen que los huesos, una vez rotos, se sanan pero los músculos se llegan a entumecer un poco. Con el corazón, ay, es otra cosa. Hace unos pocos años se me hizo una masa de sangre y dolor. Un dolor como una punzada sorda y que te cambia. Ese día, Dios, ¡Qué orgulloso estaría mi padre! Ese día solo lloré una vez y con permiso.

La mujer que más amé. La mujer del chubasquero rojo, la mujer que hacía que la realidad fuera un invento de los mayores, también se rompió. Una y otra vez. Una y otra vez… hasta que no se pudo romper más. Ese día no lloré. La vi convertida en un trozo amarillento de carne, con la lengua fuera como un perro apaleado… y no lloré.

Leí unas palabras y me atropellé, pero… no lloré. Mis hermanos estaban asombrados, puede que asustados, pero estaba frío. Inerte ante los envites de ese día. Ni el nudo de la corbata me molestaba. Solo ante su ataúd, cuando deposité un beso en su helada frente… pude pedir permiso.

-Voy a llorar. Llevo esperando este momento y espero que me lo permitáis.
-Hazlo. No pidas permiso.

Y lloré. Lloré sin poder desfogarme. No como esa vez que lloré de rodillas en la nieve ¿Sabes qué es eso? No lo creo. Lloré… y no tenía motivo real. Y cuando lo tenía… no pude.

Pero, como te dije, me rompieron los huesos muchas veces y con ellos, algunas veces, el alma. No pude recuperarme mucho de eso. Aun hoy renqueo y me doy cuenta que de mí se hizo una mentira. Solamente sé que veré pasar el cadáver de mis enemigos ante mi puerta y entonces, como cuando deposité ese beso en la frente de la mujer que era mi todo, pediré permiso para alegrarme… pero no me lograré desfogar.

¿Es eso? ¿Es el miedo a caer, a que se me vuelvan a romper los huesos y el alma, lo que me impide lanzarme? ¿Es, por otro lado, que no hay nadie que sepa fehacientemente que me ayudará a levantarme y me diga, con la misma sonrisa que he visto hoy en una de tus fotos, No salió como pensamos. Lo volverás a intentar mañana? ¿Qué es?

Porque, posiblemente, pido entelequias, pero creo que es tan humano como intentar volar. Querer llegar a cotas donde antes no estuvieron… pero me da miedo la caída. Sé que es un riesgo que se debe correr… y es duro. Me llevo cayendo mucho…

¿Conoces esa historia de un escritor que le dijo a su mujer que estaba cansado de hacer lo que otros esperaban de él y que su mujer le dijo ¿Vas a dejar que los demás decidan? ¡Lánzate!?  Por hacer caso a su mujer, el mundo cambió y nacieron el primer comic de héroes que marcaría un antes y un después: Fantastic Four. Sí, los mismos de esas terribles y absurdas películas. Ese hombre era Stan Lee.

Tal vez es sólo eso. Necesito alguien a quien contarle todo lo que pienso y siento…

-¡Quiero hacer una nueva novela en donde...!
-¡Lánzate!
-He pensado en escribir y dibujar un comic de…
-¡Lánzate!

Aunque… no te conté algo más. Te dije que pasa cuando uno se sana los huesos pero cuando a uno le licuan el corazón, ese corazón se recubre de un callo extraño, de una coraza, de una armadura. Tanto dolor puede volver loco a alguien ¿Sabes? Aquí estoy, aparentando ser normal cuando desearía gritar al mundo que yo era el futuro, que yo pude volar,  que no es una pose ser como soy, tan despegado, tan frío, tan indiferente, tan tosco, tan crítico,  pues tengo miedo a que me rompan otra vez el corazón pese a que esa coraza callosa está ahí… y, quizás por eso, renuncié a escribir un tiempo porque me creía incapaz de poder escribir con coherencia y algo de acierto… y casi pierdo esto. La capacidad, la fuerza y el arrojo de escribir. Que, como dije una vez, no seré el mejor, pero si el más trabajador. Pero tengo miedo y no tengo ese empuje. Ese empuje de un ¡Lánzate! dicho con el cariño justo y necesario, con la sonrisa, con el cariño, sin pedirme que sea así o asá. Sé bien quien no me dará eso. De ellos no espero nada, pero he cerrado la puerta a muchos para decirme eso. Para decirme ese ¡Lánzate! que necesito que me digan cuando me vean.

¿Pido un imposible? Porque, entre nosotros, odio sentirme muchas veces como lo hago y cuando hoy vi tu foto, ahí, sonriente pensé, necio de mí, Es preciosa. Ojala pudiera conocerla y demostrarle de lo que soy capaz. Y entonces aparece ese miedo, esos fantasmas que te dije. Todo lo que oí sobre mi persona y mis capacidades. Siempre estoy equivocado, pensando que mañana… mañana algo hará que todo cambie… y los cambios son lentos. Solo los necios creen que los cambios son instantáneos.

Y ahora me paro a pensar que no sé porque te escribí a ti todo esto. Lo necesitaba. Eso lo sé. Lo necesitaba.

Aun así, gracias. Gracias por tu tiempo.

Recibe mi cariño, aunque no te conozca bien:

GAA

Querido tú:

¡Lánzate!


martes, 13 de enero de 2015

El creador sentado en una habitación

Pobre Úrsula. Pocos la conocían bien.

Tenía su padre un piso en pleno Callao. Ella la segunda de cuatro hijos. Cuando tuvo catorce años, sus padres se separaron. Un duro golpe, pero eso no dejaba de ser algo común en la época. Y ahora, con veinticinco, moría. Nadie es consciente de como suceden las cosas, pero Úrsula si notó que todo acababa. Un paso de cebra, un imprudente que se salta el semáforo en rojo y… aplastamiento de las costillas que se clavan en el corazón. Muerte en el acto.

Pero allí estaba, en el vacío, en la oscuridad, sin sentir nada.

Oyó los pasos de alguien que se acercaba y vio a una mujer de unos veintitantos, con traje azul marino de chaqueta y falta plisada, camisa blanca y corbata negra. Su cabello era color trigo y estaba suelto, sus ojos, de un azul glacial. Ojeó una carpeta que llevaba con ella.

-¿Úrsula?
-Eh… Sí.
-Bien, sígueme.
-¿A dónde?
-Tú sígueme. Las preguntas al final.

Ella obedeció y siguió a la mujer trajeada.

-Estoy muerta ¿es eso?
-No puedes estar muerta si nunca has estado viva al uso.
-No comprendo…

La mujer abrió una puerta que no parecía estar allí antes y entraron en una gran oficina llena de cubículos, estanterías con archivadores y gente que hablaba.

-Eh, Arturo, te veo bien.- Saludó la mujer con una sincera sonrisa.
-Y tú ¿Nuevo traje?
-Sí, ya ves…
-Mándales recuerdos a tus hermanas.
-¿A cuáles de ellas?
-A todas.
-Pues vas listo, son legión casi.

-Hola, guapa.
-Hola, Joanna.
-Tenemos que quedar para contarnos nuestras cosas.
-Claro, pero llama también a Carla y a Diana.
-Da eso por hecho.

-¿Y toda esta gente?
-Te dije que las preguntas se resuelven todas al final del trayecto.

La mujer giró a la derecha en la larga fila de cubículos.

-Buenos días.
-Buenos días, Alejo ¿Cómo te va?
-Tirando. ¿Te enteraste de lo de Candela?
-Sí, me alegro por ella.
-¿Esa es la nueva?
-Sí, el jefe la espera.

-¿El jefe?
-Tienes suerte de haber muerto hoy, Úrsula. Si hubieras muerto hace una semana o dentro de un mes, tal vez la cosa hubiera cambiado.

Úrsula fue leyendo los carteles de las puertas de aquel largo pasillo. Departamento de procrastinación, recuerdos humanos, cuarto de lindeza, despacho de autocensura, almacén de humores…

-¿Y esas escaleras de caracol?
-Esa no se bajan casi nunca. Ahí está la zona de recursos antagónicos.
-¿Perdón?
-No es de tu incumbencia, así que tranquila. Ya llegamos.   

La mujer llamó a una puerta de madera con una placa dorada donde se leía en relieve Zona restringida. No molestar a no ser causa de fuerza mayor. No estamos para gili sandeces.

-Adelante.

Entraron y lo que Úrsula vio en primer lugar fue la mesa donde descansaba un Pc portátil en el que, de espaldas, escribía un hombre ancho de hombros y con el pelo muy corto.

En esa mesa también había unos botes de lápices con miles de bolígrafos, lápices de diversos colores, unas tijeras, unas pinzas... Una estantería se fusiona con la mesa y en la estantería descansan diversos libros, ordenados en altura pero no en grosor. Había, en lo alto, apoyado levemente, un muñeco súper articulado de Hulk gris, al estilo Jack Kirby. La estantería también estaba fusionada con la cama, pues era muebles de estilo de camarote de un capitán, o eso reza la placa de arriba del todo. CAPTAIN.

En la zona que estaba encima de una cama había varios niveles, del más bajo al más alto. En el más bajo había dos secciones, la más pegada a la entrada tiene un montón de DVD que, antaño estaban ordenados alfabéticamente. Hoy no. Hoy el orden es inexistente.

Delante de los DVDS había diversas figuras que representan a algunos de los personajes que Úrsula juró haber visto por los pasillos del despacho, o eso quiso creer. Otras eran simplemente C3PO y R2D2 y Spiderman luchando con el terrible Doctor Octopus.

Más arriba, ya el último de estas estanterías, más libros de clásicos diversos de la literatura española y universal.

A las espaldas del hombre de hombros anchos, había  un par de estanterías con una enciclopedia, diccionarios, libros de consultas varios, revistas…

Úrsula también se percató de una  postal de Mía Sarah puesta en el cabecero de la cama, sí a eso se le puede llamar cabecero. La luz entraba por la ventana que estaba frente al hombre y su Pc.

El hombre al verlas se giró. Tenía ojos color castaño oscuro, nariz fina y perilla burdamente perfilada. Sonrió al verlas.

-Señor, he traído a Úrsula, como me pidió.
-¡Estupendo!- La silla crujió al levantarse el hombre y darle un abrazo a la recién llegada.- Eres más alta de lo que te creía.
-¿Gracias?
-Siéntate, por favor.
-¿En la cama?
-Claro, no os está permitido sentaros en mi silla.

Úrsula obedeció y contempló a las dos personas que estaban frente a ella, de pie.

-No sabes quién soy ¿Verdad?
-Imagino que el jefe de todo esto.
-Sí, pero soy más que eso. Soy tu creador.
-¿¡Mí qué!?
-Tu creador.-Repitió la mujer.-Nuestro creador en realidad.
-No…  ¿Eres Dios?
-No, Dios no soy, pero si soy lo más cercano para vosotros a un Dios.
-No lo comprendo.
-Verás, mi querida Úrsula, yo he decidido matarte. A decir verdad, simplemente eres una víctima de las circunstancias. Tu muerte fomentó el inicio de un cuento donde otros personajes se van a lucir. Eres un mero medio, un secundario de un relato, si lo deseas.
-Así que… ¿No soy real?
-Bueno… Real… Puuuuf… No
-¿Y estoy muerta?
-En otras circunstancias sí. Aunque, yo no soy muy partidario de la muerte. La última persona que murió en mis relatos, se levantó a cenar.
-Sí, fue muy raro.-Apuntó la mujer.
-Aquí, en este lugar, podemos salvarte de morir cuando te reutilizamos en otro relato o novela y por tanto te borramos la memoria y te rehacemos, pero para eso debes ser alguien con cierto potencial o que le tenga cariño.
-¿Entonces?
-Tú caso no es ese, pero hoy es mi cumpleaños.- Sonrió el creador.
-Ajá.
-Y he pensado algo importante para ti...

El Pc emitió un pitido.

-¡Vaya! ¡Mira quien aparece!-Gritó el hombre al mirar la pantalla y teclear.-Hola, Leo. Justo ahora estaba teniendo una idea para un relato que tal vez te agrade.

El creador dejó de escribir, suspiró y volvió a mirar a Úrsula.

-Lo que creo que vamos a hacer contigo es una locura en toda regla.- Luego se dirigió a la mujer.-Encárgate de distraerme un poco a Leo ¿estamos?
-Claro, señor.

El hombre se remangó, se crujió los dedos y sonrió.

Chasqueó los dedos y entonces…



-Chicos, quiero que conozcáis a alguien.-Anunció su padre a Nuria, Eva, Jimena y Ángel, de doce, diez, ocho y seis años respectivamente. 

Los cuatro entraron en la habitación del hospital, donde la madre de los niños sujetaba entre sus brazos a un bebé recién nacido.

-Esta es Úrsula, nuestro séptimo miembro en la familia.
-Ya ves.-Se pavoneó Ángel.-Ya no voy a ser más el pequeño de la casa. Ahora soy un hermano mayor.
-Sí, pero sigues en desventaja.- Contestó Eva.-Ahora somos cuatro contra uno.

Y ese trece de Enero, nació Úrsula.



domingo, 14 de diciembre de 2014

Ese día que nació Eugenio Prado

I

Ese día, un novio, estando en el altar, llamaba Laura a su novia Cristina.

Fue el día en el que un hombre que se creía por encima del bien y del mal planificaba mentalmente un golpe de estado.

También fue el día en que aquel señor tan amable, con bigote frondoso, cabello blanco, gafas de cristal grueso y que siempre cantaba una copla a la hora de afeitarse, moría en su cama a los ochenta y cuatro años.

El día en cuestión en que Álvaro González Yepes se sentaba a escribir el primer capítulo de su nueva novela, sentado en su despacho en la parte baja de su chalet independiente.

Tal vez fue el día en que Beatriz colgó el cartel de Cerrado por jubilación en su quiosco de prensa.

Y el día en que Valentín, quien llevaba más de treinta años como peluquero, llegó a realizar el corte de pelo número cuatro millones y aun no lo sabía.

Pues ese mismo día, me desperté y, sentado en mi cama, lloré durante cinco minutos. Normalmente no era así. Normalmente lloraba en la ducha unos diez minutos.

Se podía decir, equivocadamente o no, que estaba deprimido pero no soy yo especialista en el campo de la psiquiatría. Por intentar huir muchas veces de mi tristeza, me voy hundiendo  de un modo similar a cuando uno está en un foso de arenas movedizas.

Entro en el baño y, sin mirar mi reflejo en el espejo, me lavo la cara. Hay momentos en que evito mirarme, otras que me mantengo la mirada y me reconozco claramente en cada rasgo y gesto.

Seguramente hoy sea el día.

II

-Sí todo va como debe, voy a ser padre.
-Ajá.
-¿Cómo que ajá?

Mi amigo me mira. Yo me entretengo en mirar los libros de la estantería de su cuarto de trabajo. Su mirada azul me examina y me encojo de hombros.

-Repite lo que me has dicho…
-Sí todo va como debe…
-Pues eso, ¿No lo estáis intentando?
-No. Ella está embarazada.

Le doy de un modio maquinal la enhorabuena y el abrazo que esperaba. El único y último amigo, el más antiguo, va a ser padre. Se acabó que me dedique tiempo. Otro abandono de la propia vida, del moverse de los ríos.

Le acompaño a hacer la compra y me noto extraño. No es pena. No es desanimo. Es apatía.

-¡Cómo extraño las paellas de tu padre!-Me confiesa mientras conduce hasta mi casa para dejarme.

Sé que antes le hice un par de bromas sobre su nueva situación, sobre el abandono de hijos, sobre el modelo desastroso que puede ser para su criatura.

-Sí, y hoy tengo pollo asado para comer.
-¡Debe estar de vicio!

Para cerca de mi casa y me vuelve a observar con su mirada celeste.

-Anímate.
-No, sí estoy cansado. Duermo mal, ¿sabes?
-Igualmente anímate.
-Sí. Bueno, ha sido un placer verte.

Ríe. Cree que es una de mis bromas y me dice que igualmente.

Hoy tengo pollo asado para comer y hoy va a ser el día.

III

Para variar, discuto con mi padre. Dice que no se expresarme, que no construyo bien las oraciones. Le digo lo de la futura paternidad de mi amigo y no sé si al explicárselo, me atropello o no. No me importa.

Mientras comemos me dice como ha hecho el pollo. Está bueno, más que bueno, no lo niego.

Al buscar la servilleta para limpiarme la boca oigo un ruido, como un golpe de algo hueco y pesado contra metal y cristales.

-¿Qué ha sido eso?
-¿El qué?
-Ese ruido tan estruendoso.
-No lo oí.

¿Solamente lo he oído yo?

Cuando terminamos de comer él tiene la lengua de trapo a causa del vino. Se traba al hablarme. Sé bien que terminará por dormirse. Mejor. Cuando despierte tal vez yo ya habré hecho lo que tengo en mente.

-Me voy.
-Vale, diviértete.

Le doy un beso en la frente. No es un beso frio e inerte como el último que le di a mi madre cuando la metieron en el incinerador del tanatorio. Doy gracias porque no esté viva para ver lo que hoy haré.

Salgo y el aire es frío pero lo noto como cuando era niño. Lo noto en los huesos y tiemblo pero seguramente se debe a los nervios del momento, puesto que hoy es el día.

IV

  

Llegar hasta aquí no ha sido tan difícil. Un autobús, un viaje de veinticinco minutos, un metro que me ha dejado justo enfrente del edificio España y nadie me ha frenado para llegar hasta la azotea.

Es una altura increíble. Miro abajo y ya no noto ese vértigo de hace unos días, ni la sensación de empacho permanente, de asco por todo.

He llorado, he comido bien y ahora toca decidirse.

Podía haber elegido cortarme las venas en la bañera, pero temía que me acobardase ante la idea de ver mi propia sangre.
Podía haber elegido tomarme algún medicamento pero no me apetecía que la posibilidad de sobrevivir y me lavasen el estómago fuera tan grande.
Podía haber sido más visceral y tirarme frente al metro que me trajo aquí pero… ¿Quién soy yo para hacer que miles de personas lleguen tarde a sus citas mientras me recogen en bolsas de plástico y me arman de nuevo como un rompecabezas macabro?

No. Este es el modo. Y tiene gracia. Me viene a la mente ese nefasto relato que escribió un viejo amigo de la adolescencia sobre un tipo que se va a tirar al final y nunca lo hace y al final, pues lo hace. Nefasto es un término suave.

¿Y cómo se hace esto? ¿Tomo impulso y me tiro con los brazos extendidos? ¿Tomo carrerilla y salto y así vemos donde caigo? No. No lo voy a ver. Cerraré los ojos mientras caigo, eso seguro.

Puede que el ruido que oyera en la cocina fuera el sonido que haré al caer que me llegó en ese momento, anunciando el que pueden ser mi último momento de vida.  

-Hola.- Oigo tras de mí, me giro y veo a una mujer de cabello pelirrojo, pecosa, no muy alta, de unos treinta y pocos años.

Le hago un gesto de saludo con la mano.

-¿Te vas a tirar?
-Sí, eso voy a hacer.
-¿Y por qué?
-Porque no entiendo este mundo.
-¿Y quién puede hacerlo? Nadie lo hace, sin embargo, aquí estamos.
-Aún me levanto y me pregunto que soy. Me siento un fracaso. Como persona lo soy. La gente ha ido creciendo y evolucionando y yo sigo sólo. Lo más cercano a una relación amorosa que tengo es cuando una chica que ni siquiera sé cómo es o si lo es, aparece de vez en cuando y hablamos hasta las tantas. Es para morirse de risa. Y mientras, mi amigo va a ser padre.
-Bien por él.
-Sí, bien por él. No le reconozco ¿Sabes? No sé quién es, ni a él ni a nadie. ¿Cuándo han cambiado las reglas del juego?
-No lo sé… Tal vez es hora de jugar a otra cosa y ver que cartas tienes a favor.
-O terminar con la partida. El cementerio está lleno de gente que se creyó alguien y no lo era. Ya me lo dijo Alicia y no la escuché…
-No sé quién es Alicia pero me da que te conoce tan poco como yo.
-No te diré lo contrario. Ojala no la hubiera conocido nunca. Ojala no hubiera conocido a tanta gente que se ha ido de mi lado.
-El caso es que aquí estamos, hablando, si no llega a ser por esa gente…
-Siempre que pasaba por aquí pensaba que sería un sitio estupendo donde morir.
-Pues las vistas son preciosas, la verdad. Muy buen gusto.
-Gracias… creo. En fin… creo que toca que salte.
-Sería una pena que lo hicieras. Tienes tantas cosas buenas.
-Dime una. Solo una que me haga cambiar de opinión.
-Eugenio Prado.

V

Eugenio Prado nació en Córdoba, Argentina el 30 de noviembre de 1883. Hijo de médico Español y madre Argentina. 

Durante su niñez, viajó a España y a Inglaterra. Es entonces cuando entró en contacto con las obras de autores como Larra o Jonathan Swift. A su regreso a Hispanoamérica, estudió en la Universidad Nacional de La Plata.

Concluidos sus estudios, se trasladó a Buenos Aires. Pronto se le presentó la oportunidad de trabajar como secretario de Constancio Cecilio Vigil. En 1901, tras obtener su doctorado,  recibió y aceptó una catedra en su vieja universidad. En mayo de 1912, Prado escribió su primera obra, El arte de los bufones.

Entre 1912 y 1915 trabajó para la revista Mundo argentino, que fundó Cecilio Vigil, a la par que escribió relatos y ensayos para diversas publicaciones de la época. En 1919 se trasladó definitivamente a Córdoba, donde vivió junto a su esposa, Inés Gago.

En 1930, al morir su esposa, Eugenio Prado sufrió una severa depresión que le impidió escribir. Murió en 1948, en su Córdoba natal a los pocos meses de terminar la recopilación de sus cuentos con el título de Una tarde dorada.

Sus obras son las siguientes:

1912

·        El arte de los bufones (Novela)
·         Los héroes en riesgo (Cuento)
·         Algunos decretos perdidos (Ensayo)
·         El oro de la princesa (Cuento infantil)
·         Cuatro cuadros sobre la vida (Cuento)

1913

·        Isabel de la vida lujosa (Cuento infantil)
·        Los vikingos (Cuento)
·        ¿Qué es la ficción y la imaginación? (Ensayo)
·         Los papeles del enamorado (Cuento)
·        Sopa de cordero (Cuento infantil)
·        La llanura (Cuento)
·        Tú y yo no siempre fuimos dos (Cuento)

1914

·        Verano de caballeros (Cuento)
·        El precio de la esencia (Ensayo)
·        El pirata (Cuento)
·        Cuadrado, el valiente (Cuento infantil)
·        Demonios y Ángeles en Ovejuna (Ensayo)
·        Tortugas de caramelo (Cuento infantil)
·        Labores del hogar (Cuento)
·        Mitos y leyendas en extinción (Ensayo)
·        Una vez loco, loco siempre (Cuento)

1915

·        Puertas y viajes (Ensayo)
·         Lo que ya fue… (Cuento)
·        Sigfrido y el dragón (Cuento infantil)
·        La huella  de la mujer gigante (Novela)
·        Estudio enfocado al humor (Ensayo)

1916

·        Canción en las sombras (Novela)
·        Terrazas del exterior (Cuento)
·        El enemigo a abatir (Cuento)
·        Cabezas (Cuento)
·        La historia secreta de un viajero (Ensayo)

1918

·        Hirviendo la sangre (Cuento)
·        La familia inmortal (Novela)
·        Una ciudad que nunca estuvo (Cuento)
·        Autopsia de una onomatopeya (Ensayo)


1923

·        El verdadero juego (Cuento)
·        La mirada del mono (Cuento)
·        Las luengas peregrinaciones (Ensayo)
·        El superviviente (Cuento)

1927

·        Don Fernando (Cuento)
·        Literatura de lo oscuro (Ensayo)
·        El rugido (Novela)
·        Los muchachos y algo más (Cuento)

1929

·        El autor de esta vida (Novela)
·        Lluvia pesada para días bobos (Cuento)
·        El testamento del Rey (Ensayo)

VI

Tal vez su cuento más famoso (y el más breve) sea el titulado La mirada del mono, que dice así:

Soy del mar. Del agua, de mi madre, de mis hermanos y hermanas.

Hay veces que es bonito estar arriba, aunque me resulta pesado, difícil. Es bonito tocar el cielo y dejar que la bola brillante luzca sobre mí hasta sentir la brisa que juega en mi pelo.

A veces es bonito tumbarme y mirar a los nadadores del cielo, del viento, de las nubes. Es bonito subir aquí.
Me pregunto cómo será nadar en el cielo y si el cielo les canta a esos nadadores como el mar nos canta a nosotros.

Les veo nadar en el cielo con sus hermanos y hermanas, a veces, como cuando floto hasta besar el mar y sacar peces con mi boca.
Deben tener buenos ojos para ver dónde el mar esconde a los peces. Creo que hay veces que el mar se los enseña y puede que escupa peces hacia ellos, porque no es tan fácil atrapar peces… ¡van tan rápidos! Pero mi madre me dijo que no. Ellos ven a través del cielo, del agua. Me pregunto si los peces les ven a través del agua, del cielo.

Una vez mantuve un pez fuera del agua, sólo para que viera el viento antes de que me lo tragara. Pobres pece, siempre, al ver el cielo, se ponen tiesos y mueren, flotan, un ojo blanco mirando al mar, el otro al cielo.  Tal vez el pez sueñe con nadar por el cielo… tal vez…

Un trueno resuena. Hombres. El nadador del cielo cae en picado, un ojo mira al cielo, otro a la tierra.

-¡Ese pájaro tenía un buen tiro!
-Tal vez sea buena idea asarlo.
-Casi se pueden oler las plumas quemadas.

Hombres. Llevan armas de truenos. Ríen como caballos. Gritan como elefantes furiosos. Están lejos de la ciudad, quien les alimenta, les viste y cura sus heridas. Para ellos hace tiempo que el exterior de la ciudad debió desaparecer, pero aquí están. 

-¡Mira ahí!
-Fijaos en esto. ¿Qué me decís si dejamos de hacer tiro al blanco con las aves y empezamos con ese mono de mar?
-¡Sin piedad!

Chillo y salto al agua, a mi madre, a mis hermanos y hermanas.

-¿Sabéis lo que podemos sacar por su piel?
-¡Sí pudieras darle a algo con ese arma, ya lo tendríamos!
-¡Callad ya! Está claro que voy a tener que cazar yo a ese mono.

Uno de ellos no tarda en zambullirse en el agua, con un cuchillo en la boca, bucea y me busca. No son muy distintos los hombres de los peces. Esta vez me toca a mí conducir a los peces que no son buena comida, mientras mis hermanos me ayudan.

-Amigo… ¡No me gusta esto!
-¿Qué olor es ese?

Mis hermanos y yo, juntos, estamos arriba una vez más, aunque nos resulte pesado, difícil. Aquí era bonito tocar el cielo, dejar que la bola brillante luzca sobre nosotros.

-¡Maldición!
-¿Has visto su tamaño? ¿Cuántos son?

Somos del mar y ellos no. Ellos necesitan armas de trueno y nosotros nos bastamos con nuestras bocas para tragar. Ellos tienen una ira primitiva que les traiciona y sale con un grito de rabia. Rugen y espumean, y nosotros reprimimos nuestras fuerzas mientras nuestra madre mira cómo mis hermanos y yo acabamos el juego.


Se ponen tiesos y mueren, flotan, con los ojos cerrados que no miran ni al mar, ni al cielo ni a la tierra. 

VII

La gracia está en que Eugenio Prado no existe. Lo creé yo para una exposición donde quise  demostrar que  al final la literatura se basa en las obras y no tanto en los autores.

Usé fotos de Enrico Caruso, alegando que ese era Eugenio Prado, nombre que tomé prestado y transmuté de Hugo Pratt. Hugo Eugenio Pratt. Pratt, Prad, Prado.  

-Si has podido hacer algo así es porque aun crees en alguien: en ti. Dan lo mismo los demás. Quien te quiere y te conozca de verdad, verá lo bueno que tienes. Sí, sé bien que no te das a conocer mucho, pues estás en horas bajas, pero solo pasas una pésima racha. La grandeza está en que si has podido inventar un autor ficticio en un momento tan difícil para ti, puedes inventarte una solución más ingeniosa que convertirte en una mancha en el suelo. Vive y demuestra de qué material estás hecho.

Miro al horizonte y cuando busco a la mujer para preguntarle como sabe eso, ya no está. La busco por todos lados, incluso abajo ¿Se habrá tirado y me habrá quitado mi momento de gloria? No, sí cuando dicen que soy gilipollas…


Hace más frío ahora. Me abrocho más mi abrigo y me decido al fin a tomar las escaleras. Me acuerdo de la anécdota de Peter Sellers. Cuando su primera mujer iba a abandonarlo, él se subió al balcón de su casa y amenazó con saltar. Ella solo le respondió te veo abajo y se marchó del piso. Finalmente, Peter Sellers no saltó y años después hizo la Pantera rosa, Doctor Strangelove o Bienvenido, Míster Chance. Es un modo de verlo, sí.