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viernes, 14 de abril de 2017

AMALGAMA

Amalgama.
Del b. lat. amalgama.

1. f. Unión o mezcla de cosas de naturaleza contraria o distinta.

2. f. Quím. Aleación de mercurio con otro u otros metales, como oro, plata, etc., generalmente sólida o casi líquida.


Comisaría de Policía DE CHARMARTÍN, Madrid, ABRIL DE 1996

Orlando no tenía una vida sencilla. Era algo que se veía a la legua. Con sólo trece años era carterista, ladrón de poca monta que había dado algún golpe en joyerías, todo un perla como se dice comúnmente. Tenía cierto encanto innato y algo más…

Pero ahí estaba, con varios moratones, con un algodón en la nariz y esposado en aquella sala de interrogatorios. Nunca entendió como dejaron a aquel hombre entrar en esa sala. Era un hombre de cabello castaño oscuro, ojos pardos, mentón romano y bien vestido. No era un policía. Algo le decía que no.

-Hola. En menudo lío te has metido.

Orlando no dijo nada. Sólo observaba a aquel hombre que portaba una sonrisa fraternal.

-Te llamas Orlando ¿No es así?
-Sí…
-¿Tienes padres? ¿Hermanos?
-No…
-Así que te cuidas tú sólo.
-Tengo amigos.
-Cómplices.
-Llámelos como le salga del cu…
-¡Cuida tu lenguaje, jovencito!
-¿O qué? ¿Me dará unos azotes? ¿Me lavará la boca con jabón?
-¿Desde cuándo los tienes?

Orlando no respondió.

-Sabes bien de lo que te hablo. No creo que un chaval de trece años pueda escapar de la policía tan rápido… ni romper tres costillas a un agente así como así. Por lo tanto, te lo voy a preguntar otra vez: ¿Desde cuándo los tienes?
-Desde hace ocho meses…-Respondió tras unos minutos en absoluto silencio
-Y no los comprendes ¿Cierto? Claro que no. Muy pocos los comprenden.
-¡Yo puedo comprender más cosas de las que piensa usted!
-¿De verdad? Por eso tienes moratones y golpes por todo el cuerpo.
-Esto me lo hicieron los puñeteros pitufos de mierda.
-¡Ya te dije que controles tu lengua!
-¡No me sale de los huevos!

Aquel hombre le propinó un bofetón a Orlando que le dejó enrojecida la cara.

-Escúchame bien. Para el resto eres un maldito ladrón, un joven delincuente que acabará sus días en un correccional o en la cárcel. ¿Quieres eso, chico listo? ¿Eso buscas?
-Tal vez es lo que merezco.
-¿Y desaprovechar tu potencial?
-A nadie le importa eso.
-A mí sí, pero si deseas ser alguien, debes prepararte.
-¿Qué es usted? ¿Una especie de mecenas de los niños de la calle?
-Soy tu esperanza de ser algo más, Orlando. De poder hacer algo mejor con lo que se te ha dado.
-¿Y cómo sabe que me interesa su propuesta?    
-Porque veo el miedo en tus ojos.
-¿Qué pasa? ¿Qué no le funciona el pito para engendrar hijos?
-No es eso. Tengo una hija de doce años y hace poco me he casado.
-Enhorabuena. Perdóneme, pero me he dejado mi vajilla de plata para regalar en mi casa de campo.

El hombre rompió a reír.

-¿Te interesa entonces?
-¿Qué me adopte? No sé…
-Es eso o el correccional.

Orlando miró sus muñecas esposadas y asintió.

-Si me puede ayudar a entender mis poderes, sí…
-Perfecto. Me llamo Rodrigo Calatayud.

UNIVERSIDAD M. CAMARERO, MADRID, JUNIO DE 2009

-Enhorabuena, muchacho.-Rodrigo Calatayud estrechó entre sus brazos a Orlando por su reciente graduación en la universidad.-Estoy tan orgulloso de ti…
-Gracias, señor. Todo se lo debo a usted.

Clara se acercó a él. Era una chica de unos veinticuatro, de cabello castaño oscuro y ondulado y ojos pardos.

-Pecosa.-La abrazó.
-Doctora pecosa, para ti.
-¡Huy, sí! ¡Que se nos doctora la niña hermosa! No podía ser menos que su papaíto.
-Juntos haréis grandes cosas.-Indicó Rodrigo.-Mientras tanto, lo mejor es que celebremos este momento.

Sandra, la esposa de Rodrigo, sonrió al verlos acercarse a donde ella y Sofía, una niña de 11 años, les esperaban. Sofía corrió hacia Orlando.

-¡Estás muy guapo con ese traje!
-Gracias, Sofí.
-Ah, ¿Y yo no estoy guapo?-Sonrió Rodrigo.
-Tú llevas traje muchas veces, él no.
-No, él lleva esas horribles camisetas con superhéroes musculados y tías siliconadas.-Apuntó Clara.
-Y las cazadoras raídas.-añadió Sofía.
-Tampoco te olvides de los pantalones…
-Vale, ya sé que no soy un tipo elegante, pero soy muy atractivo.

Clara soltó una carcajada.

-¿Lo dudas?

Sandra también abrazó a Orlando para luego felicitarle.

-No es tan importante terminar una carrera con veintiséis años.
-Para nosotros es más que eso.-el señor Calatayud posó su mano en el hombro de su ahijado.-Es el momento en el que tú y Clara por fin estáis a punto de lograr algo muy digno por esta ciudad.
-Ni que la fuéramos a salvar de todo mal…
-Tiempo al tiempo.-Sonrió Clara.

Orlando recordó entonces la suerte que tuvo. Tenía una familia. Una de verdad. Que le apoyaba, que le quería, que le respaldaba. Haber crecido con Clara y con Sofía era en sí un regalo.

Aún recordaba cuando conoció a Clara…

-¿De verdad eras de los malos?
-¿De los malos?
-Sí, de los que atracan, roban, pegan a la gente…

Esa niña de pecas y trenzas le observaba con esos ojos pardos, llenos de miedo.

-Pues ya no lo deberás hacer. Voy a ser tu hermana y te voy a ayudar a ser buen chico…. Si quieres, claro.

Orlando pensaba que aquellas palabras eran ridículas y cursis, pero evitó ofender a esa niña.

-Gracias.
-Tengo Boomers de manzana acida ¿Quieres?
-Sí. Me encantan.

Y esa tarde se graduó… hacía una vida de aquello. De los chicles de manzana acida, de acceder a jugar a cosas absurdas con Clara, de aprender a no decir tacos y a usar bien sus poderes, de velar por Clara y de Sofía, quien dio sus primeros pasos al intentar llegar a él…

Era parte de aquello.

-¿Qué piensas?-Preguntó Clara cuando se acercó al balcón de la casa familiar donde estaba Orlando apoyado en la balaustrada.
-En que le debo mucho a tu padre, a Sandra… a ti.
-A mí no me debes nada, Orlando. Lo hice porque quería y porque me caías bien. Siempre con el ceño fruncido, taciturno y preocupado de no soltar una palabrota.
-Y ya me ves…
-Ya te veo. Eres otro.
-Sí, otro al que se le viene una encima…
-No seas tan negativo. Esto puede ser cojonudo.

Orlando no pudo evitar reírse al oír a Clara decir aquello.

HOGAR DE LOS CALATAYUD, MADRID, SEPTIEMBRE DE 2010

-Pude haberlo evitado.-Se lamentó Orlando.

Llevaba cuatro meses siendo un héroe. Siendo el Aviador. Salvando gente. Deteniendo a criminales… y dejó que unos atracadores pegasen tres tiros a Rodrigo. No estaba. No le pudo salvar, pero no paraba de decírselo. Debió haberlo evitado.

Clara no habló en todo el día. Sólo respondía con monosílabos y lloraba en silencio. Héctor, su novio, no se separaba de ella, pero allí, a solas, sentada en un sofá tras enterrar a su padre, Clara oyó las palabras de Orlando y no dijo nada… solo negó.

-No. No pudiste evitarlo.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque no puedes salvar a todos, Orlando. Por eso.
-Pero debí…
-¡No!-Rugió.- ¡No te atrevas a decirlo otra vez!
-Clara…

Clara se abrazó a Orlando y lloró. Lloró amargamente.

-Le dije que me presionaba mucho, que yo no era él… y ahora está muerto. Si le hubiera dicho que valoraba tanto lo que hacía por mí…
-Ya lo sabía. Sabía que lo querías y él te adoraba. Eras su debilidad. Tú y Sofía. Atraparemos a esos indeseables.
-Cuando lo hagas… quiero que sufran.
-Pecosa, no te dejes llevar por la rabia.
-Quiero que sufran, Orlando. Y mucho.

Justo en esa habitación donde estaban, apareció de modo temeroso una chica negra de unos veinticinco años, de pelo rizado y negro, ojos color café y aspecto alegre, pese a que en ese momento parecía verdaderamente triste.

-Perdonad que os moleste, pero…
-No pasa nada.-Esbozó una sonrisa Orlando.- ¿Qué pasa?
-Pues… eh… bueno… yo… eh… lo primero, daros el pésame. Vuestro padre era un gran hombre, el mejor y… eh… lo segundo que… que… en fin, con la muerte de mi jefe, del señor Calatayud, pues…

Clara parecía atravesar con la mirada a la pobre chica.

-Eh… que… Quiero ayudaros. Quiero formar parte del equipo Aviador. Os voy a ayudar en todo. De verdad. Cien por cien leal y de fiar.
-Por mí bien.-Accedió Orlando.

Clara sólo asintió. Antes le hubiera dado las gracias y hubiera sonreído, pero desde aquel día, sonreía muy poco. Se murió la sonrisa y el atrevimiento entonces.

Algún lugar de Madrid, enero de 2011

Orlando, con su traje de Aviador, sujetaba por el cuello a aquel hombre que había estado meses persiguiendo. Jerónimo Aldanza. Un hombre de cincuenta y seis años, de cabello castaño oscuro, ojos azules tras esas lentes redondas… El hombre que ordenó que asesinaran a Rodrigo Calatayud.  

-¿Y ahora qué? ¿Me vas a matar?
-Es tentador.
-¡Hazlo!-Ordenó Clara por el comunicador.- ¡Me prometiste que sufriría!
-Pobre muchacho huérfano. Matarme no va a devolver a tu padre adoptivo. Sí… lo sé todo. Sé más de lo que crees. Tu alma se perdería si me matases y si me mandas a prisión, todos lo sabrán. Sabrán quién eres y no podrás proteger a quienes quieres.
-Eres un maniaco.
-¿De verdad? ¿Y me lo dice un tipo disfrazado de piloto antiguo? Yo soy un mal necesario.

Orlando observó a aquel individuo. Meses buscándolo. Meses y ahora… podía vengar a su padre adoptivo. Podría darle su merecido a ese hombre que sólo deseaba castigar al padre de Clara y Sofía por no acceder a sus exigencias. No colaborar con él para crear algo que Orlando ni quiso ni supo entender.

-Te equivocas conmigo.-Dijo al fin soltando a Jerónimo.-No me importas.
-¿¡Qué!? ¡No, Orlando! ¡Debes…!-Protestó Clara.
-No vas a arrastrarme a mí ni a los que me importan a tu juego. Matarte no es justicia. Quédate afónico diciendo quién soy… no eres nada para mí.

Jerónimo no dijo nada, pero su rostro se descompuso al oír a Orlando.

-¡Soy tu mayor antagonista! ¡Te he vencido! ¡Soy Jerónimo Aldanza! ¡El mayor genio criminal!
-Menuda mierda de antagonista eres. Nadie te recordará. Yo no te recordaré. Mi padre adoptivo se sacrificó por protegerme. Eso sí es digno de recordar.

Jerónimo tomó una pistola y apuntó a Orlando.

-¡No te atrevas a ridiculizarme! ¡Rodrigo también lo hizo! ¡Por eso lo tuve que matar!

Orlando mantuvo la mirada a su rival y escupió en el suelo antes de salir  del despacho de Aldanza. No tardó en oír un disparo. Había matado las esperanzas de un hombre y ese era el único crimen del que pensaba responder.

-Ahí tienes tu venganza, pecosa… ¿Mereció la pena?

Clara no respondió.

Parroquia San Antonio de Cuatro Caminos, MADRID, Marzo DE 2011

-Hacía mucho que no te veía por aquí.-Dijo a modo de saludo aquel cura menudo de sesenta y dos años, de cabello gris, ojos verdes y nariz chata al ver a Orlando, allí, de pie, observando el recinto que visitó alguna vez de niño.
-He estado muy lejos de Dios. No me extrañaría que no fuera su hijo predilecto, padre Orfeo.
-El Amor no es envidioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor.-Respondió el cura.-Tal vez te vendría bien hablar con alguien que pueda entenderte.
-Sí, me vendría de lujo, sobretodo porque he perdido mi fe en mí mismo.
-¿Y cómo es posible eso, hijo mío?
-Pude salvar a la persona que más hizo por mí en este mundo y no lo logré. Mis actos trajeron daño a los que me importan.
-Me temo que si no te perdonas tú primero, nadie más podrá. Recuerda que el débil nunca puede perdonar. El perdón es el atributo de los fuertes.
-¿Eso es de San Juan?
-No. Gandhi.
-¿Y si fue yo un débil?
-¿Alguien cómo tú débil? No, Orlando. No lo eres. Has logrado tantas cosas, que me extraña que el chico que intentó robar el cepillo de esta casa tantas veces no pueda ver al buen hombre que hoy es. Tienes una familia, gente que igual que tú ha perdido algo muy valioso. Necesitan tu amor tanto como tú necesitas el suyo. No les abandones. Respeta lo que has logrado y lo que haces por los demás.
-Gracias, padre.
-Sabes que mi puerta está abierta siempre que necesites hablar.

Orlando suspiró y echó un último vistazo al Cristo que había allí antes de retirarse.

A la noche le dolía la cabeza de tanto pensar, pero tenía muy claras ciertas cosas. Clara y él apenas hablaban de lo que sucedió con Aldanza, pero igual que le prometió a ella que haría sufrir al culpable, prometió otra cosa más importante a Sandra y a Sofía: Les diría quién lo hizo y le demostraría que ellos eran mejores.

-Ahora ya se acabó.-Confesó Sandra al recibir la noticia.
-Así es…
-Gracias, Orlando. Gracias por cumplir tu palabra. Rodrigo estaría muy orgulloso de ti. Yo lo estoy.
-¿Estarás bien? -Preguntó Sofía.

Orlando no respondió, simplemente le depositó un suave beso en la frente.

Pero con Clara no fue tan sencillo… tal vez porque ella se sentía culpable por pedir venganza, tal vez porque al tener lo que en cierto modo esperaba, descubrió que la herida seguía abierta. Le importaba. Era muchas cosas para Orlando. Muchas y muy transcendentales en su vida.

Así que no era de extrañar que alguien diera unos suaves golpes al cristal de la ventana que daba al salón del piso de Clara. Esta no tardó en abrir y ahí estaba él. Orlando llevaba en su mano derecha una bolsa de papel con comida que traía de uno de los lugares favoritos de Clara.

-Hola, ¿Sale Clara a cenar?
-¿Qué haces aquí?
-Ya lo dije: Cenar contigo.
-No estoy de humor…

Él descendió y abrazó a su hermana adoptiva.

-Orlando, ¿Qué se supone que haces ahora?
-Pegar los trocitos que tienes rotos, como hacías tú conmigo de niños.
-No, por favor… no me hagas esto…
-A mí tampoco me agradaba, pero luego te acostumbras.
-Eres idiota.-Sonrió ella tras caérsele dos grandes lágrimas de sus ojos.
-Por eso estás tú en mi vida, para velar por mí.
-No soy muy de fiar.

-Nadie lo es siempre, Clara. Nadie. No importa lo demás, sólo el aquí y el ahora, así que vamos a cenar y después, veremos que nos depara la Fortuna.  



miércoles, 29 de junio de 2016

Aquel lugar que llaman Conciencia.

Tu silueta está fundida en la oscuridad del balcón de noche, con un perfil fino recortado por las furtivas luces de alguna casa y el resplandor de la llama de tu cigarrillo. Sientes una tristeza grande.

Ahora no puedes dejar de pensar en que tenías deudas pendientes con Ana, con esa ex novia que te hizo perder el norte en tu adolescencia, con la que habías hecho el amor en cada rincón de la casa de tus padres. Era muy tierno y sensual a su manera. Por eso cuando la volviste a ver, años después, decidiste remediar como acabaron las cosas. Ella te dejó por un cantante de un grupo amateur de música rock y acabasteis muy mal.
Era mejor perjudicar tu presente por arreglar un pasado al que solo querías regresar tú, no Ana. Dejaste a tu novia en casa y te decidiste a acompañar a Ana a su casa solo por el egoísta regocijo de pedirle perdón, pero Ana ya no era Ana. No era tú Ana.

Esa noche al volver a casa, tu novia te dijo que tú dormías en el sofá. Nunca la viste tan enfadada. Pensaste que era una rabieta estúpida que se arreglaría con un ramo de flores y un peluche. Nunca tuviste mucha clase, pero ¿Qué esperaban? Tú siempre viste eso de la familia, de la lealtad a los hermanos y a los padres como algo cercano a una secta y así, delante de la prima de tu novia, le soltaste eso a tu mejor amigo.

-Deberías desprenderte de esa secta que te chupa el seso, Álvaro.

Cecilia, la prima de tu novia, miró a tu amigo con una mezcla de compasión y lástima y a ti, aunque no te diste cuenta, con odio y asco. No entendías porque, desde ese día, Cecilia fue más distante contigo y nadie se molestó en explicártelo.

Exhalas el humo de tu cigarro y notas un extraño picor en la garganta. Intentas reprimir ese recuerdo que muchas veces te vuelve a visitar. Lara. Lara era la mujer de tu vida. Lara cometió el insultante atrevimiento de casarse con un joven informático francés. Aun te duele eso. No porque se casase, sino porque no se casó contigo, que hubieras dado todo por ella. De eso se aprovechó Claudia, la hermana de Lara. La llevabas a todos sitios y le prestabas dinero porque ella fuera tu alcahueta y creías ciegamente que Lara volvería a ti, pensando que esa estúpida filosofía sobre la lealtad familiar que tenías y que hacía que te ganases el odio y el desprecio, germinaría en Claudia. Pero no. ¡Qué sandez! ¿Qué era la familia, los lazos de sangre, frente a tus sentimientos?

Y ya puestos, ¿Dónde estaban los sentimientos de las diversas chicas a las que prometiste fidelidad para poder saciar tus instintos físicos? ¿Dónde quedan las artimañas para ligar que leíste en una revista? Pues donde deben estar, en tu historial personal, mordiéndote el trasero como un sabueso sin dientes. Tú lo hacías porque estaba en tu naturaleza. Siempre te quisiste asemejar a un lobo, a un depredador, a un cazador… y lo eras. Pero para combatir a los lobos la gente usó cepos. Cepos que cuando tú los veías, huías. ¡Ah, qué malos cazadores son los demás! Solo buscan una presa y cuando la tienen no la sueltan en busca de otra como tú hacías.

De pronto recuerdas a Blanca, esa chica con la que saliste solo cuatro meses y que tú, por todos los medios, querías que te presentase a sus padres y ella se negaba. Se negaba porque presentarte a sus padres significaba algo distinto al miedo al compromiso que tú concluiste. Era porque nadie mete a un lobo en un corral, ni presenta a alguien como tú a sus padres y familiares. Las sectas tienen normas bastante estrictas ¿No lo sabías? Al final Blanca te dejó por un neo nazi, o eso es lo que te dices y les dices a quien se molesta a oírte. No era un neo nazi, era un chico formal y que nunca se quiso comparar con un depredador con mala fama.

¡Ah, la fama! La tuya era de un conquistador, de un hombre que deseaba tocar cuantos más palos mejor y nunca te paraste en ninguno el tiempo suficiente para llamarte aprendiz de… Otros objetivos, otras presas, otros palos que tocar. Quisiste ser músico porque Ana amó a uno, quisiste ser poeta, porque el actual marido francés de Lara escribía poesía, querías ser actor, porque… porque alguien en algún momento lo quiso ser. Olvidaste que uno en la vida debe ser maestro de algo y no puede ser eternamente aprendiz momentáneo de todo, pero claro, no entendiste de qué iba eso de la constancia.

Oyes un perro ladrar a lo lejos y apuras tu cigarrillo. ¿Dónde se torció la cosa? Todos debían adorarte, pero es todo lo contrario. Eras simpático, pero cometiste el terrible error de olvidarte del nombre de la gente que mostraba un repentino interés en ti. Ellos no son tú, claro. Tú puedes llamar a la familia secta, catalogar a las chicas por el culo y las tetas que tienen y como has encontrado a Santiago que actúa como tú…

-¡Mira que culos!
-Yo el otro día soñé que me lo montaba con la vecina de mi bloque, la del 2ºE.
-No me extraña, está que se rompe por los cuatro costados. Como en el País Vasco, que las tías están buenísimas. Estuve los ocho días de un salido…
-¿Qué tal tu novia, Santiago?
-¡Joder, que corta rollos eres, Álvaro!

 Sí, es así como un hombre sano actúa, los demás están errados. Santiago y tú, por lo tanto, sois unos tipos que sabéis disfrutar de la vida.

Y sin embargo, Ana ya no está, ni Lara, ni Blanca… ni ya puestos la vecina del 2ºE. Tu novia sí, o mejor dicho, aún está, pero no sabes ni quieres saber hasta cuándo, porque eso te agobia y te hace pensar en todos tus verdaderos fallos. ¿Importa mucho? No la quieres pero eso solo lo ves tú, los demás no poseen esa intuición que les dice que las cosas no fluyen como deben, pero claro, nadie pensaría eso de un hombre sano como tú.


Notas un escalofrío y decides meterte ya en casa. No sabes porque pero sientes una tristeza grande. ¿O solamente es que estás cansado? No te vas a parar a averiguarlo.                      

miércoles, 13 de enero de 2016

EL INMORTAL



El secreto de la inmortalidad, es vivir una vida digna de ser recordada.- San Agustín.

Mucha gente me ha pedido que les cuente mi historia. Muchos no la creen, otros… no dejan de asombrase.

Nací en 1543, el mismo año que Francis Drake, el 13 de enero, en la Villa de Madrid. Mi infancia no tuvo nada de especial. Crecí sin ambiciones, contento con lo que tenía. Entonces, a los dieciséis años ayudando a techar la casa de mis padres, me caí y quedé empalado con una guadaña. Los médicos y curanderos no esperaban que sobreviviera a mis heridas. Yo no era consciente de sus esfuerzos por salvarme. Mi mente estaba perdida en un laberinto de sensaciones desconocidas, de recuerdos ajenos a los míos, temía estar descendiendo al Infierno. Entonces, una luz dorada disipó el velo de la muerte. En su centro, percibí vagamente una mujer de belleza imposible. Extendió su mano y su contacto me llenó de un vigor renovador. De pronto, desperté. Ya no tenía fiebre. Muchos tomaron mi supervivencia por un milagro.

En 1571, con veintiocho años, me alisté para luchar en la llamada Batalla de Lepanto. Durante el siglo XVI los otomanos habían conquistado los territorios que formaron en el pasado parte del Imperio romano de Oriente. La Europa protestante, en cierta forma, los consideraba un útil aliado contra la Reforma católica. Francia, por su parte, estaba atrapada entre la dinastía Habsburgo que gobernaba en Austria y la que lo hacía en España y los Países Bajos. El Imperio otomano estaba aún en expansión gracias a la base de Tolón, ofrecida por el rey de Francia, e incluso estaba en condiciones de amenazar a España y a Malta.

Allí conocí a Miguel Cervantes y Saavedra.

Mucha gente, con sorna o enserio, me preguntan sí Miguel se parecía a ese típico cuadro de Jáuregui , sí le hacía justicia… y no. Miguel de Cervantes era un hombre ancho de hombros,  frente ancha, cabello castaño oscuro, ojos grises y grandes, bajo esas cejas angulosas, nariz aguileña, barba recortada, labios finos y rosados, inquieto, callado casi siempre, con un sentido del humor muy agudo… era un hombre que yo sabía apreciar.

Por eso lamento mucho que por mi culpa fue manco, que se interpreta mal, pues la mano izquierda no le fue cortada, sino que se le anquilosó al perder el movimiento de ella cuando un trozo de plomo que iba dirigido a mí, pero mi suerte hizo que yo no sufriera mal alguno y a él se le seccionó un nervio, estando tullido de la mano izquierda.

Por suerte, la victoria fue para la Liga Santa al mando de don Juan de Austria sobre la flota del Imperio otomano y, tras meses en un hospital, Miguel se recuperó y en 1572 reanudo su vida militar, tomando parte en las expediciones navales de Navarino, Corfú, Bizerta y Túnez. En todas ellas bajo el mando del capitán Manuel Ponce de León y en el aguerrido tercio del famoso Lope de Figueroa. Yo le acompañé a Navarino y fue allí donde mi vida cambió.

¿Recordáis esa leyenda sobre la fuente de la eterna vida que se le atribuye a Ponce de León? Pues era verdad. Yo entonces creía que el ángel de mi sueño me guardaba. Quizá esa sensación me hizo ciego a otros ojos mortales. Me hice imprudente y me separé del resto. Durante horas vagué sin rumbo y encontré unas grutas donde había un extraño foso de aguas plateadas. No entendí nunca que hizo que me sumergiera en esas aguas, pero lo hice… y salí curiosamente revitalizado.

No conté a ninguno de mis compañeros aquel episodio pero decidí retirarme de la vida militar y, movido por Miguel, me animé a escribir. Ya tenía treinta y tres años y no logré mucho con mis escritos. Nada que se deba recordar con cierto orgullo, así que entré como ayudante de un impresor y me enamoré de la hija de mi patrón, Jimena Álvarez. Era preciosa. Ojos azules, cabellos castaños claros, sonrisa grande… Nuestro matrimonio duró solo seis años, al morir ella al nacer nuestra hija, Inés.

Así que, en 1582, tras recibir la noticia de que Miguel había sido liberado de su cautiverio en Argel y había regresado a Madrid, me contó sus planes de escribir teatro.

Eso fue antes de Lope de Vega. La historia siempre pone a Lope como un genio, y lo era. Triunfó en el teatro y se lo merecía, pero no conocí a nadie que fuera tan necio y cruel teniendo los laureles y el éxito en los corrales que Lope tuvo, pero prefería rodearse de gente que le lamía las calzas, como ese tipo cojitranco y mal humorado de Quevedo. Que sí, que Quevedo hoy se ve como un grande, pero siempre me pareció un personajillo repulsivo, pese a ser una de las mentes más agiles de las letras.

Ya en 1604, con mis sesenta y un años (aunque aparentase apenas treinta), aconsejé a Miguel que esa novelita ejemplar sobre un loco que se creía caballero andante podría dar más de sí. Sí, igual que destrocé la vida y la mano de Cervantes, hice que su nombre fuera recordado. Yo quise a ese hombre porque era un buen amigo… hasta su muerte en 1616. Mi hija Inés ya por entonces ya se había casado con un camarero de la Reina y me había dado dos nietos hermosos. Nadie dependía de mí y, harto de la tiranía en las letras de Lope y sus acólitos, me marché a Inglaterra.

En 1626, con ochenta y tres años, instalado en Essex, había ganado una fortuna como traductor de muchas de las obras de Miguel, que sabía muchas de memoria y pude vivir tranquilo con mi segunda mujer, Marian. Tuve un hijo, William, y una hija, Glorianna. Por desgracia, aunque gozaba del aspecto y de la salud de un hombre de treinta años, era muy duro recibir la noticia de que mi hija Inés murió en 1632 y Marian en 1654… Ya en 1658, con ciento quince años, mis ganas de vivir fueron casi nulas pero pese a ello, seguí viviendo e intentando llenar mi vida.

En 1688, habiendo recibido la noticia de la muerte de Pedro Calderón de la Barca, joven escritor que parecía mucho más inteligente que Lope y sus acólitos, empecé a comprender que el mundo de las letras que conocí moría y me dediqué a otras artes y saberes. Justo me llegó esta revelación al tiempo que surgió la Revolución Gloriosa, que trajo el derrocamiento de Jacobo II por una unión de Parlamentarios y el Estatúder holandés Guillermo de Orange. Entonces tomé el nombre de John Locke… y sí, los retratos eran falsos, yo no era nada parecido a el horrible cuadro de  Godfrey Kneller, pero sí… fue filosofó y médico, eso no es mentira.

¡Qué feliz fui pudiendo escribir tantas cosas que la gente, por fin, con más de ciento cincuenta años de vida, valorase! John Locke murió como tal en 1704, y opté por ser Alexander Essex y como tal, conocí a un escritor satírico irlandés de nombre Jonathan Swift. Acababa de publicar The Battle of the Books y mi tercera esposa, Virginia, y yo adorábamos la compañía de ese hombre y su mujer-niña, Esther Johnson. ¡Cómo lloramos ambos cuando esa pequeña y frágil criatura murió en 1716! Creo que aquello, la muerte de Esther, llevó a Jonathan a la locura…

Cuando alcancé los doscientos años, en 1743, aparentaba ya los treinta y cinco…. Y mis hijos y mujeres o eran polvo o viejos seniles. Deseaba dejar atrás ese siglo donde los franceses habían abrazado la cultura y decapitado la coherencia y la humanidad con eso que llamaron Revolución.

Y lo dejé. En 1800, con doscientos cincuenta y siete años, había dejado atrás mi identidad de William Withering y deseaba nuevos retos… el 16 de mayo de 1804, Inglaterra declaró la guerra a Francia… y me di cuenta que la guerra me recordaba mucho a mis tiempos en Lepanto… Me sumí en una melancolía terrible y decidí dedicar mi inmortalidad a descubrir lo que otros no supieron… y por ello decidí dedicarme a la química con el nombre de Humphry Davy. Fue un buen año aquel 1807. En octubre descubrí el potasio y el sodio. Con doscientos sesentas y cuatro años, no estaba nada mal eso… Así que en eso estuve hasta 1829, cuando me cansé de la química y quise volver a las letras y me hice profesor de literatura en Oxford, donde conocería a gente como Lewis Carroll u Oscar Wilde.

De Carroll recuerdo bien su timidez y su mirada… era turbia. No miraba con claridad. Era como si su cabeza estuviera calculando cada movimiento de los demás. Me fascinaba. Más de doscientos cincuenta años y ese apocado y tartamudo hombre de cabello oscuro, me fascinaba.

De Wilde… ¡Era como una luciérnaga! Era vivaz, alegre, divertido, ocurrente… el alma de la fiesta. No recuerdo bien como le conté la verdad sobre mí, pero dijo que eso le sirvió para una historia: The picture of Dorian Gray. ¡Era un pícaro! Lástima como murió…

Ya en el siglo XX, me codeaba con gente como Conan Doyle o J.M Barrie… pero no fue hasta que conocí a un pequeño chico de los recados de nombre Charles, que entendí ese siglo nuevo. Ese muchacho tan despierto más tarde seguiría mi consejo. Abrazar la desgracia para hacer éxito. Ahí nació Charlot. Ahí nació Charles Chaplin como genio del nuevo arte del cine. Y sí, yo lo veía como un arte.

Harto ya de Inglaterra, en 1923 me trasladé a Argentina y decidí vivir en Buenos Aires como un jubilado más. Tenía ya los trescientos cincuenta años pese a aparentar la cuarentena.

Frecuenté la compañía de gente como Hugo Pratt. Ese hombre sí parecía un inmortal sin serlo. Su vida parecía tan rica como la mía cuando hablamos en 1950 y trabajó de editor para la editorial Abril. Ya entonces le rondaba la idea de crear un personaje como Corto Maltés. Yo le dije que en la vida uno debía lanzarse y vivir, pues solo había una vida… y la mía era muy larga, lo sé.

Después de eso… creo que los siguientes cincuenta años fueron muy monótonos… y casi lo prefiero. Uno no mide el tiempo igual de joven que de mayor. Hoy cumplo cuatrocientos setenta y tres años… y sigo aquí, esperando a ver que me depara la vida...

miércoles, 1 de julio de 2015

Verónica

VERÓNICA

Hoy es su cumpleaños. Hoy es el cumpleaños de Verónica.

Ahora mismo está difuso como la conocí. Yo tendría unos dieciocho o diecinueve años. Yo era un iluso y ella una… no sé lo que era. Han pasado unos trece años - ¡Qué mal número, por Dios!- y cada vez me importa menos, pero hoy es su cumpleaños. Solo a ella se le hubiera ocurrido nacer en Julio
Tenía el cabello negro más magnífico que he visto en mi vida y una sonrisa que me cautivó. Me pasaba las noches hablando con ella, y cuando no era así, habla de ella.  

Ahora pienso que tal vez la agobiase, me tomé licencias con ella, me equivoqué antes de enfilarme hacia un pequeño acierto y eso no va a cambiar.

Me pude dar por vencido. Había muchas señales que me lo indicaban. Huye. Salta y tira del paracaídas, pero ella fue como Circe y yo como Odiseo, salvo que nadie esperaba mi regreso.

-Ven, que toca que te folle.
-¿Eh?
-Sí, coño, hoy te voy a hacer un hombre.
-Para un momento, Verónica. ¿Te crees que me voy a acostar contigo tras cómo me has tratado en estos meses?

Esos ojos color café parecían hervir.

-¿Quieres o no?
-Sí, pero…
-Pues te vienes conmigo.

Ahí mi paracaídas solo fue una mochila llena de platos, cubiertos, un mantel… como esos dibujos animados de toda la vida, pero nadie soltaba carcajadas ante mi descenso.

-Creo que te puedo aprender a querer.-Me confesó unos días después de su arrebato.- A fin de cuentas, tú dices que no pasa nada por quererse y decirse lo que se siente. Ser libres para decir lo que queramos.

Y como no, me dejé engañar por las palabras bien adornadas, pues las llamadas sin responder a su móvil se multiplicaron, sus ausencias eran algo típico, y los paseos hasta su portal eran un trayecto cotidiano. Hasta aquel día que me soltó las diez palabras que equivalían a llegar al suelo y esparcirme en mil partes.

-Creo que me he enamorado de una compañera de mi clase.
-¿Bromeas?
-No, yo con el amor no bromeo.

No, claro, pero con mis sentimientos sí. ¡Valiente cobarde estaba hecha!

-Pero… ¿Es por qué no te gustó hacerlo conmigo?
-¡Ay, Dios! ¡Qué egocéntrico eres! No eres tan especial como te crees.

Va a ser verdad es que me decían: Te va que te den caña. Me atraían las chicas bordes, malvadas, con un punto de mujer fatal de andar por casa… ¡pobre muchacho con tan mal autoestima!

Y un día llegó el silencio.

Es irónico pero yo siempre preferí esa canción que decía:

Vámonos de una vez,
puede que sea el último tren.
Como Tintín, como Phileas Fogg,
una vuelta al mundo, tal vez dos.
Un gran viaje que nos haga aún más grandes,
una aventura inolvidable.[1]

Mientras Verónica cantaba claramente:

No va volver a pasarnos esto 
No quiero ya más de lo mismo 
Y tú eres más de lo que puedo aguantar 
No vas a volver a sentirte único 
Algo especial algo importante 
Búscate alguien que te pueda aguantar[2] 

Pero al final me dejó por un maldito informático. ¡Es de chiste! Soy de chiste.

Se marchó de mi vida antes de que el antiguo régimen de amistades de mi época de adolescencia se marchase o les despidiera sin finiquito, con cobardía, con hartazgo. Pasarían años para que comprendiera lo que era estar al otro lado, en el lado de Verónica y aprendes al final que todo termina por pasar y pocos se quedan, pero esa es otra melodía.

Hoy cumplirá treinta años y he pasado unos cinco o seis años persiguiendo su recuerdo, como Alicia perseguía al Conejo blanco, pero, al final uno debe despertar y dejarse de conejos y setas, de sueños, de maldecir la libertad que te da el curarse de algunas fiebres que te dejaban delirando y diciendo tonterías.  

Maldito calor que se me pega en los recuerdos. Malditos recuerdos que me calientan.







 



[1] Gran turismo de La Habitación Roja incluida en el álbum Nuevos tiempos.
[2] El eje del mal de La Habitación Roja incluida en el mismo álbum. 

miércoles, 9 de julio de 2014

Las estaciones, el pasado y otras cosas sin lugar a cuento


-¿Qué es lo que recuerdas?
-Un cuarto a oscuras y una respiración ahogada… una respiración que nunca antes oí.

-¿Eso es lo primero que recuerdas?

-No… Hay más.

-Bien, proyéctate allí. Es hora de empezar.

-Listo cuando tú digas.

Primavera de 1991.  
-Eres un idiota y un niñito de mamá.-Insultaba aquel niño escuálido, de cabello castaño claro en forma de tazón a otro niño, este de cabello castaño más oscuro, peinado con raya y con ojos de mirada triste pero luminosa.
-¡No te metas con mi mamá!
-¿Por qué? ¿Eh? ¡Es la verdad! ¡No me caes bien porque eres un llorón y todos los saben!

-Santiago siempre fue un pequeño cabrón. No, nunca le caí especialmente bien. Por culpa de él, mi madre dejó de  acompañarme al autobús de la ruta al colegio. Allí no estaba mucho mejor. Jugaba solo. Siempre lo estaba, o al menos lo estaba cuando mi único amigo dejó de ir al cole y se cambió a otro. Me consideraban retrasado. ¿No es extraño? Solo era un niño ciertamente mimado, tímido y poco habilidoso. Eso significaba ser tonto para los demás, pero era inteligente.

-No todos somos hábiles en todo.

-Pero aun entonces, era feliz. Mira, a pocos metros, ¿La ves?

-No, ¿Tú sí?

-Sí, mira quien me vigila. Le dije que la gente se reía de mí, que no quería que me acompañase y mírala. Escondida vigilándome.

-Te quería mucho. Pero. ¿Por qué aquí?

-Porque quería ver que tenía razón. Allí estaba. Tardaría años en saberlo y sería porque me lo confesó ella.

-Bien. ¿Y ahora?

-Ahora quiero hacer algo importante.

Verano de 1995.
 -¿Un hospital?

-Sí, el de Cristo Rey.

-Es de madrugada. ¿Por qué aquí?

-Ahora lo verás.

Un niño permanecía en su cama. Era el niño que insultaba el otro. Ha crecido un poco. La luz le golpea y le ve. Una silueta a contraluz. Un hombre con barba recortada y escaso cabello oscuro.

-¿Quién eres?
-Casi no lo cuentas.
-¿Es un médico?
-No exactamente. Al parecer no era tu hora. Tienes que vivir y hacer grandes cosas. Ahora, deberías dormir.
-Sí… debería. Estoy cansado.

Cuando volvió a mirar a la puerta del cuarto, ya no estaba.

Invierno de 2004.
-¿Madrid otra vez?

-Callao. Mira a esos dos.

-Increíble… ¿Ese no…?

-Sí. La chica es guapa ¿no?

-Bueno… no está nada mal.

Ella era una chica de cabello negro, manos de violinista, ilusión loca… él el mayor bobo enamorado. Ese cabello castaño oscuro, ese gesto de tristeza falsa… aunque tal vez no lo era tanto ya.

Era feliz.

-Me debo ir. No quiero llegar tarde al trabajo.
-No, eso no lo puedes permitir. Me gustó verte.
-Y a mí. Espero que le guste ese DVD a tu madre.
-Seguro que sí.

Ella se perdía entre la multitud.

-Venga, bobo, te mueres por abrazarla y darle un beso en la mejilla. Hazlo.

Un empujón y se encontró dándole un beso y un abrazo en la mejilla. Se disculpó tras pedirle ella que por favor la soltase.

-Se fue molesta, pero no me importa. Seguro que la próxima vez que nos veamos ni se acuerda.
-En algo si tienes razón. No se acordará porque se irá olvidando de ti.
-¿Eh? ¿Pero…?

Cuando volvió a mirar a su espalda, aquel que le  empujó y le habló ya no estaba.

Otoño de 2011.
-Esto es una casa.

-Sí. Quería despedirme de ella.

Él se sentó en el sofá junto a aquella mujer rubia que veía la televisión con sus gafas de ver de lejos. Tenía una manta a sus pies. Cuando él se sentó cerca de ella, como de costumbre, ni le miró.

-¿Qué ves, mamá?
-Bones.
-Sí has visto ya este capítulo mil veces.
-No lo recuerdo.
-Da lo mismo. Te quiero.
-Ya. Y yo a ti… ¿Estás llorando?
-¿Eh? Sí, puede ser. Es que ya sabes, tengo mis días tontos.
-Pues reponte, hombre.
-Lo haré.
-¿Te importa traerme un par de galletas?
-No, no, claro que no…
-Gracias, hijo.

Le dio un beso en la mejilla a la mujer y se levantó del sofá.

Cuando el muchacho de cabello castaño oscuro, con esa fina perilla, apareció por salón, oyó hablar a su madre y  el que se sentó a darle un beso a la mujer ya no estaba.

-¿Decías algo, mami?
-Sí, que me traigas dos galletas ¿es que no me oíste ya?
-No, pero te las traigo.

-No lo entiendo aun… ¿Se puede saber que has logrado cambiar recordando y reviviendo esos momentos de tu pasado?

-Nada. Solo hice lo correcto.

-¿Lo correcto? Tenías la oportunidad de cambiarlo todo.

-¿Y de qué serviría? La imperfección ya es por si perfecta.

-Nunca te entenderé.

-Ni yo, ni yo…