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viernes, 13 de enero de 2017

Querida mía

Cada año desde que empecé este blog, he escrito algo para mi cumpleaños, por eso hoy os traigo algo que encontré en una estación de metro de Madrid[1],  dentro un sobre, esta carta que guardé durante mucho tiempo en una de mis carpetas. Hoy la encontré y me pareció tan bonita, que decidí transcribirla:   






Querida mía:

Sé que no te escribo desde… nunca. Nunca te he escrito. Es así. No te escribí nunca pero veo el montón de papeles de distinto tamaño y color en mi lado derecho de la mesa de estudio y me acuerdo de las veces que me prometí comenzar una novela o un cuento incluso, y sin embargo, te estoy escribiendo esta carta.

¿Te dije que hoy paseé por Madrid? No, sé que no. Pues lo hice, pero ¿Y eso que importa? Tal vez para decirte que hoy vi atardecer en plena Plaza de España y me pareció algo bello. Mírame, siendo cursi cuando no soy nada natural. ¿Te acuerdas cuando me pasaba la vida sonriendo? Pues ya no lo hago y lo sé por como la gente observa mi gesto. Mi rostro debe transmitir esa inconformidad. La inconformidad de alguien que ve poco viable que hoy día alguien me vea de otro modo que como un transeúnte que pasa por una calle.

Y es acojonante increíble, pero aún recuerdo aquel día gris donde el frio se nos metía hasta el tuétano, y te prometí que no te pensaba dejar sola. Fue antes de Sofía. Recuerdo bien que no parabas de hablarme y de decirme las cosas más dispares que se te pasaban por la cabeza. Sigo pensando que tú estabas más enamorada de mí que yo de ti… y pese a eso, has sido tú la que te fuiste, tal vez harta de mí, tal vez harta de Sofía.

Con que claridad te veo discutiendo conmigo en la cama sobre la educación de Sofía.  Tú me reprendías sobre lo duro que era con ella, que solo tenía siete años, que yo no veía normal que escuchase música que hablaba de felaciones, de sodomía, de violencia… Tú reías y decías que ella no entendía nada más que las palabrotas, pero eso no me calmaba…. Y hoy no estás.

Me costó mucho explicar a Sofía – y a mí también.- que una buena mañana habías vaciado tus cajones y te fuiste. ¿Era culpa mía? Sofía estaba convencida de que era culpa de ella y me juró que nunca más me disgustaría para que yo tampoco me fuera. Me quedé con ella siempre. Siempre que me necesitó. No la dejé cuando la pillaron robando en un centro comercial, no la dejé cuando le tuve que explicar que le pasaba cada cierto tiempo y que eso era parte de ser mujer, no la dejé cuando llegaba tarde a casa tarde y sin avisarme. No la dejé, la eduqué.

¿Y sabes qué es lo que peor llevo? Que se parezca tanto físicamente a ti, que algunas veces no pare de hablar y de decirme las cosas más dispares que se le pasaban por la cabeza.

Dentro de muy poco, nuestra Sofía va a terminar su carrera. Este ha sido uno de sus peores años a nivel personal, pues ha roto con ese novio tan chulito que se echó hace cosa de tres años. La dejó por otra chica, según sé. Para postre, vino llorando hace cosa de tres meses, jurándome que te vio en pleno Antón Martín, que se acercó a ti y te dijo quién era… y tú dijiste que no conocías a ninguna Sofía. Tal vez no fueras tú o tal vez seas una cobarde que niega las cosas cuando son muy evidentes. Me dijo que era como si le hubieran arrancado el corazón de golpe, que se volvía a replantear si de verdad no te fuiste por su culpa. Yo no le dije nada, solo la abracé. Fue después cuando hablamos hasta altas horas de la noche, sobre ella, sobre mí, sobre ti, sobre la vida misma…

Y mira que cosas, el tipo duro, el que no estaba tan enamorado, el que mira de mala manera a la gente en la calle, pierde el culo se desvive por Sofía. Es lo que me queda de ti. Desde el primer llanto hasta aquí, hay una vida que he visto poco a poco.

Ella es mi obra. Nuestra obra si lo prefieres.

Allí donde estés, sea Antón Martín, Franco Rodríguez o Reina Victoria, sea donde sea… espero que estés bien y seas feliz, porque yo ya lo soy.

Tuyo siempre:
Tu esposo y padre de Sofía.  

[1] Yo siempre pensé que la encontré en la estación de metro de Puerta de Toledo, pero como la carta habla de Antón Martín o Reina Victoria, he de suponer que debí encontrarla en alguna de las estaciones de línea 1, 2 o la circular.      

domingo, 30 de marzo de 2014

¿Qué sería de mí sin vosotras?


Ya que me preguntas eso, debo confesarte algo. Hace poco un necio me llamó machista. Increible, ¿No? Se nota que no conoce mi escueta obra, ni a mí ya puestos, aunque no tendría porque hacerlo.

He de reconocer que adoro a las mujeres. Mi mitología particular esta dominada por las mujeres. Ellas manejan el barco de mi imaginación. El mapa de mi mundo tiene siluetas de chica, y las ciudades tienen nombres de mujeres, fatales o no.

Las mentes preclaras ya lo dijeron. Las niñas son más inteligentes que los niños, las mujeres, más astutas que los bobos y noblotes hombres y la sensibilidad florece en la mayoría de las veces en los jardines de las mujeres.

Ahora, cada cosa en su lugar. Sois la cosa más bella del mundo, pero, en algunos momentos y ejemplos, lo más toxico para nosotros. Una mujer puede llevar a un hombre al infierno, al igual que puede ser la más perfecta aliada y compañera de vivencias que se puede tener. No todo tiene su lado bueno a secas, todo tiene dos lados.

Da la casualidad que encontré en mi joven vida más mujeres benévolas que perversas o manipuladoras. Encontré mujeres pequeñas como guisantes, pero con almas tan grandes como una torre, mujeres limpias pero con almas de alquitrán, mujeres que parecen tener luz propia y que solo las mueve el que las puedas quemar con un resplandor dorado y luego, se consumen como una cerilla. Mujeres que son lo que parecen, dulzura, amor, cariño e ilusión, que no tienen mascaras para nadie. Mujeres necias que se creen geniales. Mujeres que pueden darte su energía vital con una sonrisa y mujeres que desprecian que les regales el corazón en bandeja, para ellas eso es poco.

Pobres las que son débiles de espíritu, las que buscan ser lo que no son a través de los oropeles de latón, que primero lucen como soles y luego, son solo papel de estaño sucio. Necias que no pueden apreciar los diamantes confundiéndolos con simples pisapapeles. Las que consumen el néctar de los hombres para saciar su hambre de insatisfacción.

Benditas aquellas mujeres que ven las formas de las almas de los que somos imperfectos. Mujeres que pueden y quieren sacar lo mejor de los demás y así, lograr encontrar su camino a los lugares donde sentir feliz con el viento que les sopla, sea o no favorable. Las que pueden recoger tus pedazos solo porque aprecian lo que antes de ser un guiñapo, eran un hombre bueno y sensible, o simplemente, un hombre digno de seguir luchando.

Sin vosotras yo no soy nadie. Sois mis mujeres, todas. Sois mis musas, para bien o mal. Mi amor desinteresado, o no, por vosotras es lo que me sirve para levantarme cada mañana.

No somos enemigos, ni vosotras ni nosotros. Somos aliados, padres, madres, hermanos, hermanas, amantes, amigos. Ni el hombre os gobierna ni la mujer debe beber de la venganza. Somos Seres Humanos.

Ahora, retornando al tema principal, las mujeres sois lo más bello que conozco y en todos los lugares de este mundo, vosotras sois lo que nos ha dado un motivo para ser, a todos los Seres Humanos. Sois las guardianas de la especie. Sin madres, nunca hubiera surgido el Ser Humano. Sin esposas, nunca hubiera surgido el amor. Sin musas, nunca hubiera existido el Arte. Al igual que sin nosotros, los hombres, vosotras no podéis tener una vida completa. Es reciproco ese sentir, a mi parecer.
Por ello, mi amor es único por vosotras, pues sé que significáis para mi vida, mi obra, mi amor. Por eso no sé ni quiero saber que sería de mí sin vosotras.

Milo Manara: Hay autores que se complacen en condimentar historias con monstruos, otros que prefieren los investigadores; a mí me gustan las mujeres, eso es todo.

jueves, 21 de noviembre de 2013

La niña que se disfrazó de dinosaurio



Dios o quien estuviera al cargo de esos asuntos, me otorgó muchas cosas buenas, pero hay dos que me colman en muchos sentidos.

La primera fue una mujer que quería con todo mi ser y que, encima, ella me quisiera como yo era. Una mujer que me hiciera poder levantarme de la cama sabiendo que alguien soportase ecuánimemente cada bobada que se me pasaba por la cabeza.

La segunda fue que me diera a la segunda mujer que quería por ser solo ella. Cabello color trigo, ojos glaucos e inquietos, nariz respingona y pequeña, sonrisa enorme que le comía muchas veces su redonda carita. Decidimos llamarla Sarah, con h al final en honor de una de mis películas favoritas.

A los cuatro años, mi inteligente y bonita hija, tenía como costumbre bailar moviendo el culete cuando oía música, quería que la levantase e hiciera como si volase y se muriera de risa cada vez que pusiera voces distintas a los personajes de los cuentos que le leía.
Muchos dirán que no saben quién de los dos disfrutaba más de esas cosas.

A los seis años, dejó de bailar a cada hilo musical o canción que los anuncios de televisión soltaban, ya me cansaba de levantarla aunque lo hacía cada vez que ella me lo pedía y seguía riéndose con las voces que ponía a cada personaje de los cuentos, pero, además, se vistió de Dinosaurio.

En un paseo con mi mujer y mi hija, la pequeña Sarah se paró frente a un escaparate de una pequeña tienda de paredes azules, de cartel discreto y de luminosidad relativa. Se paró enfrente de ese escaparate y la curiosidad nos hizo detenernos a ver que era aquello que hizo que la pequeña soltase un gritito muy suyo de alegría.

Un disfraz de dinosaurio, verde oliva con unos parchecitos de color naranja claro a modo de manchitas, con una pequeña cola surcada por una crestita de color verde manzana que llegaba hasta esa capucha que simulaba la cabeza de aquel reptil extinguido, con unos ojos grandes de trapo.

Nunca pensé que el primer disfraz que le compraría a Sarah sería el de un animal prehistórico, más bien pensé que sería el de hada, el de princesa o incluso el de brujita, pero... ¿De Dinosaurio? Nunca lo hubiera adivinado. No.

Ni creo tampoco que pueda entender esa obsesión que todos los niños hemos tenido con los disfraces, o si lo entendí, lo olvidé en el mismo momento en que guardé mis juguetes en un baúl.

Sarah se ponía ese disfraz cada día. Estaba la mar de graciosa con él, imitando lo que en su inocente e imaginativa lógica era el andar de un tiranosaurio, rugiendo de ese modo tan tierno, acechándonos a su madre y a mí en los marcos de las puertas o en las esquinas de los cuartos ¿Se lo pueden imaginar? Espero que sí.

Nunca se lo quería quitar y era una odisea convencerla para que lo hiciera para lavarlo o para que fuera a clase y no llevase esas ropas, y cuando lo lavábamos, estaba sentada frente a la lavadora como muchos niños lo estarían frente la televisión.

-Estoy esperando a que termine.-Explicaba cuando iba a la cocina a por un refresco o a por otra cosa.

Y cuando no quisimos que se lo llevase a clase… ¡Ay, ya me hubiera gustado ver a otros en nuestro lugar! Era eso una lucha tremenda para hacerla ver que no podía y no debía llevárselo.

Hasta el día que nos dijimos que por ir al parque un día con el disfraz no importa.

Cuando accedimos, Sarah fue la niña más feliz del mundo. Pegaba brinquitos hasta llegar al parque. Allí había otros padres con sus hijos que nos miraban extrañados y algunos de esos críos se reían de mi hija.

Sarah volvió a casa de mi mano, pensativa y tras eso.

-¿Te pasa algo?
-No, solo que… me dan pena los niños del parque.
-¿Y eso?
-Se veía que tenían envidia por no tener un disfraz tan bonito como el mío.

¿Cómo era posible? ¿Dónde quedaba muchas veces la maldad de mi hija? ¿Era yo así a su edad? ¿Lo fue en algún momento mi mujer?

Pero hubo un día que, como a todos nos pasa, las cosas en nuestra vida tienen un momento y un lugar, y con Sarah y su disfraz de dinosaurio pasó.  

-¡Mira, corazón!-Le mostró mi esposa el traje.-Ya he lavado tu disfraz. Ahora ya puedes volver a ponértelo.
-No, mamá. Guárdalo.
-¿Y eso?-Me interesé yo.
-Pues… porque me queda incómodo.
-Bueno, cariño, te lo arreglamos.
-No, gracias.

Ninguno insistió más.

Colgamos en una percha de plástico blanco el disfraz de dinosaurio verde oliva con unos parchecitos de color naranja claro a modo de manchitas, con una pequeña cola surcada por una crestita de color verde manzana que llegaba hasta esa capucha que simulaba la cabeza con ojos grandes de trapo. Y ahí se quedó.

Pasaron los seis años de Sarah, luego los siete y nació Julia, de cabello oscuro, ojos color miel, sonrisa impertérrita; más tarde los ocho, luego los nueve y… el disfraz ahí se quedó colgado.

Curiosamente Sarah no volvió a disfrazarse más. Julia sí. Julia más tarde tuvo un disfraz de hada, como yo esperaba, de gatito negro y de pirata con parche y todo.

-¡Mirad!-Exclamó Sarah aquel día que hacía limpieza de su armario con mi mujer y conmigo. Ahí estaba. El disfraz en su percha.
-¿Qué es eso?-Preguntó Julia con ojos golositos.
-Esto es el mejor disfraz que nunca tuve.
-Nunca te lo quitabas.-Recordó mi esposa.
-Me daría pena deshacerme de él, pero ya no me vale.

Ese traje verde y que me resistía a comprarle a mi hija mayor fue la mejor lección que pudimos tener sobre que muchas veces, ser único, ser uno mismo,  tener valor para serlo, no era fácil.

Recuerdo bien como un compañero de mi colegio vino a clase disfrazado de Superman durante una semana. No entendíamos bien el motivo, pero nos pareció extraño… y creo que cuando ya fui más mayor lo llegué a entender. No era un disfraz, no era una capa con una S mal cosida, no era un pijama de un verde celeste y unos fingidos calzones de felpa roja. Era un escudo, un modo de poder hacer lo que de otro modo no se podía. Era crecer y afrontar que no se tiene siempre que ser una persona gris en un mundo que muchas veces asustaba.

Parecía lejano el momento aquel en que yo vi la película de Drácula con Bela Lugosi y tenía miedo. Hoy la veo y me burlo de lo melodramática y sobreactuada que era la interpretación de ese actor húngaro, pero entonces, con cinco años, esa mirada de Drácula era terrible y aterradora. Y para sentirme seguro yo no recurría un  disfraz, recurría al oso de peluche al que mi madre le hizo un jersey granate de punto. Recurría a un talismán para tener momentáneamente el valor que a tan tierna edad no se tenía, y que todos debíamos desarrollar al paso de los años.

-Quédatelo.-Solté a mi hija.-Guárdalo de nuevo en tu armario y cuando lo veas, acuérdate de lo mucho que te gustaba.

Ella asintió con una gran sonrisa y el disfraz de esa niña que esperaba a que terminase la lavadora, que andaba como debía hacerlo un tiranosaurio, que rugía de ese modo tan tierno y que daba brinquitos hasta el parque, volvió a su hogar.

Creo recordar que aún sigue ahí, y me alegra que así sea, porque no todos pueden tener un disfraz de dinosaurio tan bonito.


lunes, 28 de octubre de 2013

Cuéntamelo otra vez



 
Te lo volveré a contar y después a dormir.

Esta es la historia de Greg Mandrake. Greg era un niño especial, pues cuando se disgustaba, se convertía en un pato. En serio. Es verdad. Se convertía en un pato.

Un día Greg le dijo a su padre:

-Papá, quiero que me compres un cohete.
-Pero, Greg, no es posible lo que me pides.-Respondió su padre.

Y Greg, disgustado, se convirtió en pato, algo que el señor Mandrake detestaba, pues uno no cría un niño para que se transforme en un pato.

-Muy bien, muy bien.- Accedió el padre de Greg.- ¡Tendrás tu cohete!

Al día siguiente, el padre de Greg llegó de trabajar y, mientras se quitaba su sombrero y lo colgaba en un pechero, su hijo corrió a su encuentro.

-¡Papá! ¡Papá! ¿Me has traído mi cohete?
-¡Aquí lo tienes!-Indicó el señor Mandrake, acompañando a su hijo a la entrada de la casa. Greg gritaba de alegría.

El niño montó en el cohete, que ascendió y ascendió como una centella. Al llegar al cielo estrellado, el cohete de Greg descendió y chocó sin remedio y de un modo aparatoso en el jardín de los Mandrake, pero, como Greg era un niño muy resistente, no se hizo nada más que unos rasguños y un par de chichones.

Molesto, que no disgustado, Greg entró en la casa y se acercó a su padre, quien leía el periódico en su gran butacón.

-¡Me mentiste, Papá!- Gritó Greg.- ¡Ese cohete que me trajiste era un fraude!

Apunto estuvo Greg de volverse a convertir en pato, cuando el señor Mandrake le dijo, con voz solemne lo siguiente:

-El cohete no era nada más que un trozo de cartón pintado. Si voló es porque todo estaba en tu imaginación y, tal vez, sea mejor pues solo así entenderás lo peligroso que es un cohete de verdad y la responsabilidad que eso conlleva.

Y Greg entendió que era mejor soñar con tener un cohete que tenerlo de verdad.

Y es por eso que tú, hija mía, no puedes tener un pony. Y ahora, a la cama.

 

martes, 3 de julio de 2012

La hija

Un domingo más.

¿Hace cuanto que no duermo bien? ¡Qué sé yo! Hace tanto tiempo que hago lo que hago como si fuera una maquina programada.

Abandono las sabanas de mi cama. Demasiado grande para uno solo, pero, hace tanto que alguien ya no ocupa la otra mitad de la cama…

Oigo como abren la puerta de la casa debajo del agua de mi ducha. Me siento tan viejo y el agua caliente me relaja tanto…

El canturreo de una voz femenina, familiar, querida. La voz de mi hija.

Tan adentro, llevarte tan adentro como tú me has llevado, lo siento, lo siento.

Verla bailar en la cocina, con los auriculares en los oídos, tapados por esa larga cabellera castaña. No puedo creerme que ya tenga veinticuatro años. Parece que hiciera un mes que mi mujer me dijera que esperábamos una niña, una semana que la estreché por primera vez.  Cinco días que hiciera de cenicienta en el colegio, un par de horas que le rompieran el corazón por primera vez.

Se gira, me ve y se quita los auriculares. Sonríe como lo hiciera hace años su madre y me muestra una bolsa de papel con algo dentro.

-Traje churros.-Anuncia.
-Precioso detalle.

Desayunamos juntos, como todas las mañanas. ¡Como la quiero! Cuando ríe, cuando habla de sus cosas, cuando se preocupa por mí.

-Salgamos a dar un paseo.-Me propone.-Podemos comer fuera. Tenemos la nevera tiritando.

No me opongo. Hoy no. Sé porque lo hace y sonrío. Nada más.

-Tú y yo disfrutando de un domingo por la mañana, como cuando era pequeña.

Aun me asombra que recuerde nuestros viajes en mi vieja Yamaha al Rastro, a cambiar cromos repetidos. Mi mujer siempre se preocupaba por esos viajes, alegando que nuestra hija era muy pequeña para ir en moto. Yo la tranquilizaba.

Antes de subirnos en la moto, le recordaba a mi hija que se pusiera su casco con la pegatina de la pantera rosa en un costado. Entonces, empezaba un viaje donde notaba sus manos sujetándome con fuerza de la cazadora, abrazándose a mi torso cuando había curvas y pidiéndome que no corriera mucho.

Dejé de montar en moto hace unos años, pero, aun así, mi hija no le pilló miedo a las motos. Es más, ahorró para comprarse una Vespa de segunda mano para ir a la facultad y a su trabajo.

Aunque, creo que no es exclusivamente por mi influencia eso de las motos… ese novio que tiene desde hace cinco semanas, ese macarra de los tatuajes…

El mediodía cae rápido y, por sugerencia suya, acabamos en un restaurante de esos que abundan por todos sitios, esos que son además, tiendas. Un lugar que en el nombre ya dice que es para gente muy importante, aunque no sea cierto al cien por cien.

Nos sentamos cerca de un ventanal que da a una calle tranquila, de pisos altos. Mi atención se centra en una ventana de cortinas azules, con un pequeño peluche de un perro pegado al cristal por ventosas en las patas.  ¿Quién vivirá en esa estancia? ¿Una joven que disfruta poco de esas cuatro paredes? ¿Un niño que allí ha creado su propio paraíso? ¿Un hombre dinámico y jovial? Los hay, nunca lo he dudado.

-Yo apuesto que es el cuarto de un chico algo tímido pero más divertido y profundo de lo que los demás creen.-Me saca de mis pensamientos ella.

En verdad, me temo que heredó de mí esa manía de imaginar las vidas de los que viven en las casas cercanas. Por ello, es la única que tiene las llaves para entrar en esos pensamientos que una vez alguien definió como costumbre enfermiza. ¡Cuánto necio, Señor!

-Un chico de los que me gustaría para ti, y no ese chulito de la Honda.
-No empieces otra vez con eso, papá… Además, el chulito se llama Hugo.
-Me da lo mismo como se llame. Dudo que un macarra con tatuajes te haga muy feliz.
-Sí, tiene tatuajes y mala pinta, pero, no es ni un macarra ni un chulo.
-Me gustaba ese tal Cesar.
-Cesar era un idiota que me engañó con otra.
-No lo sabía.
-No te cuento todo lo que me pasa.
-¿Desconfías de mí?
-No, solo lo hago para no preocuparte. Y si dieras una oportunidad a Hugo, te caería muy bien.

Como la quiero cuando se preocupa por mí, aunque sea innecesariamente.

Nos pasamos la comida hablando de ella, de literatura Inglesa, de la obra de Verne, de las películas de los hermanos Marx, de lo bella que era Audrey Heapburn, de la pena que le dio de niña ver como la novia de Frankeinstein repudiaba a la criatura, de lo que le marcó haber leído los Incursores de Mary Norton, descubriendo lo cruel que se puede ser con lo que no se conoce.

¿Tuve yo charlas así con mi padre?

Caminamos de regreso a casa, casi desandando los pasos que hicimos al salir esa mañana.

-Podíamos ver una película. Nunca he visto Los héroes del tiempo ¿Y tú?  Seguro que sí, por eso la tenemos en casa.
-Cariño, no tienes que estar todo el domingo conmigo. Seguro que disfrutarías más con el ma… perdón, con Hugo.

Me hace una mueca de las suyas. Una de esas de cuando era una niña y quería que jugase con ella a lo que fuera.

-Que te quede claro esto: Eres mi chico favorito. Disfruto mucho pasando tiempo contigo.
-Yo no soy un chico. Soy tu padre.
-Y yo tu hija ¿Y qué? Sé que no soy mamá, pero…
-¿Es por eso? ¿Crees que extraño a tu madre?

Me mira fijamente a los ojos.

-Sé que día es hoy.-Le indico.-Lo tengo muy en cuenta. 
-Lo sé. Para mí, esto tampoco es fácil.
-Para nadie lo es.
-Lo siento.

Le doy un beso en la frente.

-No tienes que sentir nada. No es culpa tuya y no estás obligada a hacer algo que no te apetece, es lo único que quiero que entiendas.
-Entonces… ¿Te apetece ver una película en casa?
-Me encantará.

Hay veces que los domingos pesan como el plomo y otros que se diluyen rápido. Hoy es uno de esos en los que se diluye el tiempo.

Parece que de la película a la cena solo hay un  parpadeo, y de la cena, paso sin darme cuenta al momento en el que me encuentro a mi hija tumbada en el sofá, dormida y con la televisión vomitando anuncios de cervezas que hacen estar más unido a la gente y de coches más seguros y elegantes que los demás. Apago la televisión y despierto con dulzura a mi hija. Refunfuña y me dice que enseguida va a la cama. Yo no la dejo hasta que cumple esa promesa. Se incorpora y la acompaño a su cuarto.

Una habitación llena de libros, peluches en la cama y un poster enmarcado de Peter Pan.

Me desea buenas noches y yo a ella. Me alegra mucho que sea como es. No toma alcohol, no fuma y no se droga. En eso, salió a mí. Yo no soporto el alcohol, en mi vida he fumado, y eso que me han ofrecido muchas veces un cigarro, y no me he drogado.

Es hora ya de que yo siga su ejemplo y duerma. O lo intente al menos. ¿Hace cuanto que no duermo bien? ¡Qué sé yo! Hace tanto tiempo que hago lo que hago como si fuera una maquina programada.

Mañana será lunes otra vez.