miércoles, 27 de abril de 2016

La caja de cartón



-¿Qué sentido tiene la Vida? ¿Qué es de verdad la Vida?

-¿Para qué sirve una caja de cartón?

-No te entiendo…

-Una caja de cartón sirve para guardar cosas, con un cometido. Una mudanza, ordenar un cuarto, etc. Pero mira a los niños las usan para todo: Cascos espaciales, coches, bases secretas para sus figuras de acción, casas de sus muñecas… La caja de cartón funciona para lo que nosotros queramos. Claro que tiene sus límites: no puedes meterla en el agua, pues se deshace, no puede llevar mucho peso, no se debe comer…

La vida es eso.

Uno puede ser convencional y seguir lo marcado para una vida: Crecer, estudiar, trabajar en una oficina, tener una mujer, hijos, una casa… Si te vale con eso, bien. Tu caja guardará tus cosas.

Uno puede intentar desmarcarse de los demás y ser lo que le plazca: Actor, misionero, domesticador de perros, programador de videojuegos, escritor, médico, etc. Tu caja puede recrear ese casco espacial, esos coches, esa base o casa, etc.

Aunque los límites están. Uno no puede decidir que vivirá donde no está cómodo. Sería como meter esa caja en el agua, convirtiéndose en una pasta de cartón. No se puede vivir por los demás, porque entonces el peso de nuestra caja hará que se rompa.

Hoy día te van a decir mucho que la caja no sirve para ser casco espacial, coche o cama para tu gato. Esos te lo dirán porque creen que su caja funciona para lo que ellos han determinado. No les hagas caso. Tu vida, tu caja de cartón, es la tuya. Píntala de colores, ponle pegatinas, úsala hoy para guardar cosas y mañana como una carita sonriente para adornar tu cuarto o, si eres muy hábil, como marco de fotos, ¡para lo que se te ocurra! Es tu caja, no la de otros. Y si mañana puedes volverla a usar para guardar cosas, bien. Es tuya. No mía.

La Vida es como esa caja de cartón. No sabrás usarla como quieras o esperan otros, se terminará rompiendo y gastando, y, hasta que eso pase, es tu deber usarla. Es tu derecho equivocarte y acertar cuando la uses.



sábado, 2 de abril de 2016

Esta es mi verdad de hoy

¿Era epílogo o prólogo?

Estoy trabajando estos días sobre algo que no suelo contar a nadie, no por pudor, sino porque no encuentro el contexto en el que sea propio decirlo.

La reinterpretación de la viudedad.

Es un tema tabú cuanto menos. Nadie desea hablar de la muerte, porque se interpreta como la antítesis de la vida, cuando no se ve como la anulación de esta. Pero es que es necesario enfrentarlo, como lo hace Rosa Montero o como, en el momento que lo escribo, lo hace Joyce Carol Oates… o en ello está en mi lectura. 

Tal vez así sea el modo en que por fin, de una vez por todas, deje atrás esa sensación de alma que arrastra cadenas y se lamenta muchas veces, tanto oralmente como por escrito, por la pérdida de una persona que ha sido el centro de una vida.

Tal vez así pueda resolver, de una vez por todas, las grandes cuestiones de mi vida actual, porque sí, hay un antes y un después cuando la muerte susurra al oído y deja un agujero negro donde antes no lo hubo.

Tal vez…

Estoy bien dentro de mi gravedad

Tras la muerte de alguien que te ha enseñado a vivir, muchas son las cosas que te van pasando mientras sobrevives a los cambios.

Aprendes que el Odio solo afecta a una persona: al que lo siente.

Entiendes que los demás no están para entender esos cambios de humor o esa actitud taciturna tuya donde antes estaba la broma fácil y la actitud ingenua que raya hasta hacer sangre en la necedad inconsciente.

Descubres que el tiempo y el espacio ya no son lo que fueron, porque la historia ya no es la que era hace unos cuantos capítulos.

Abrazas la máscara que ahora se te ha pegado a tu piel y es difícil de quitarte como antes, pero es que es tu mejor papel, el mejor que interpretaste en tu vida, fruto de la bendita improvisación-¡Qué razón tenías Manuel Camarero! ¡Qué razón!-y es entonces cuando sale esa coletilla tan tuya y que algunos ya también repiten, porque es, con diferencia, tu mejor obra:

Estoy bien dentro de mi gravedad.

¡Sublime! Has logrado hacer de tu malestar, de tu reconstruirte cada día, de tu seguir adelante, una frase tan lapidaría y profética como el Cuan largo me lo fiais de Don Juan.

Pero, claro, vivimos tiempos de queja y re queja y esta frase se pierde entre el aluvión de malestares y descontentos de un tiempo extraño que, raudos y con cierto aire de sapiencia fatua, se han llamado un tiempo nuevo.

Sí, nueva es la situación en la que uno debe entonar esta coletilla. Un tiempo que promete acabarse, porque el tiempo de duelo, que lo es también y lo sé bien, dará paso a un horizonte de cosas por descubrir, puesto que no llueve eternamente… pero tampoco veo yo que escampe.

El sol de invierno

Hubo alguien- y si no lo hubo, seré yo.- que dijo que no te puedes fiar del sol de invierno, pues aunque la luz sea poderosa y las calles parezcan estar viviendo una preciosa primavera, el frío estará ahí.

Pues eso pasa con la gente. No puedes pretender que sean como esperas a simple vista, porque son de otro modo y es lo que debe ser.

El otro día, comiendo en la facultad con unas antiguas compañeras de carrera, una de ellas me dijo que no tenía claro si, unos dos o tres días después de morir mi madre, que es cuando regresé a mis clases tras el puente de mayo, me dio el pésame o no. En ese momento- y ahora mismo.-tuve la sensación de que así fue y no le di importancia a sí lo hizo o no. No obstante, tengo en mi mente a dos personas que no lo hicieron y tuvieron la oportunidad. Recuerdo eso y ahora pienso que quizás fueran ellos los primeros de muchos otros que me dieron la espalda, con o sin razón pues no voy a juzgar tal cosa.

En cierto modo, cuando mi madre murió viví por inercia y es ahora cuando comienzo a darme cuenta de muchas cosas. Era como estar anestesiado. Me movía- y todavía lo hago.- con cierta inercia, con cierta idea de que debo vivir y que es lo que toca ahora.

Un ser solitario

Cuando era niño, me pasaba mucho tiempo sólo en los recreos en el colegio, ese colegio donde muchos de mis compañeros me consideraban un retrasado. Eran niños y no entendían que retrasado no es en sí lo que yo era, pero, hará cosa de unos siete u ocho, en Facebook, apareció una foto de que guardaba un viejo amigo de la infancia y se me etiquetó en ella. La gente no paraba de comentar cosas y se hacían preguntas de si uno se acordaba de este o del otro…

Y alguien puso:

¿Y de Bubu? ¿Os acordáis de Bubu? Era retrasado ¿No?

Bien… Bubu era yo. Ese apodo me lo pusieron de niño y lo odié con todo mi ser. Y el que puso ese comentario era Daniel, el chico que más detestaba de todos. Éramos adultos ya y ahí seguía esa idea infantil.

Así que era obvio que muchas veces buscase la soledad y en esa soledad, empecé a leer y a inventar historias.

Así pues, el ser solitario fue la base del escritor que hoy intuyo que soy, porque, esa es otra, ¿Soy un escritor? ¿Escritor debe ser el que escribe o el que vive de escribir? Porque, sí, yo escribo pero no vivo de escribir, vivo para escribir, porque lo necesito, porque es simbiótico el vivir y el escribir.

Y hay gente que no entiende que uno es escritor por necesidad vital, no porque sea parte de su personalidad.

Siempre me encuentro con aquel que te dice: Eres escritor, deberían salirte las frases poéticas en fila.

El último que me hizo eso fue un antiguo amigo del que me he distanciado. Me soltó una patochada de ese calibre con una sonrisa de hiena estúpida y yo entonces saqué un trozo de papel y un portaminas que llevaba en mi bolsa de colgar.

-Eres dibujante. Pues hazme un dibujo. Debes hacerlo. Eres dibujante las veinticuatro horas del día ¿No?
-¿Aquí en la calle?
-Claro.
-No compares.
-Pues no me pidas a mí que sea escritor a tiempo completo igual que yo no te pido que seas dibujante a tiempo completo.

Hay veces que me hubiera gustado no ser un ser solitario, pero ahora es lo que soy, por encima de sí sé escribir o no.

Lo más importante de una vida

Hace unos meses, preguntaba a alguien porque pintaba cuadros tan oscuros, que sí eso tenía que ver, de algún modo, con su estado de ánimo.

El pintor se indignó un poco y me dijo que estaba equivocado.

Muchos pueden trasladar eso a mi escritura. ¿Por qué tanta muerte y ausencia de la madre? Y, la verdad, le dije hace un tiempo a una profesora de mi facultad que estaba harto de eso, que era un autor de principios, que si en principio algo me ronda la cabeza lo pongo siempre en el papel.

Ella me habló de un director de cine que siempre ponía una silla vacía en una escena de su película, que simbolizaba la conversación que siempre quedó pendiente entre su padre, ya difunto, y él.

Yo no quiero eso para mí y sin quererlo, me asustó una idea.

Mi padre tenía una tía que era muy desagradable conmigo, que era muy clasista y que me llamaba Gustavo pese a que la corrigiera. Siempre pensaba en la Guerra Civil. Cada vez que podía, sacaba el tema y su rostro tomaba un aspecto algo demente.

Mi madre y yo concluimos algo: La Guerra Civil fue lo más importante de su vida, y eso que llegó a vivir hasta los noventa y dos años.

¿Y si la muerte de mi madre era lo más importante de mi vida?

Lo es comparable, claro, pero ambas pueden marcar a una persona muy profundamente.

La diferencia más clara es que tras la Guerra Civil nadie dijo a la gente lo que mi madre me dijo muchos meses antes de morir.

Cuando yo me vaya, no quiero que te hundas.

No seré el mejor, pero sí el más constante

Dicen de los Capricornio que cuando se encuentran con un muro o lo logran tirar o se rompen la cabeza contra ese muro.

Mi filosofía es otra: rodear o saltar ese muro.

Así pues, saqué una conclusión:

No seré el mejor, pero sí el más constante.

Seguro que si preguntas a alguna gente, te dirá que miento. Que miento y que deberían quemarme en la hoguera. Que miento, que deberían quemarme en la hoguera y luego mearse en mis cenizas para que aprenda.

A lo mejor que me nieguen esta frase es por culpa de la máscara que llevo, puesto que soy un tremendo cobarde y veo que los demás leen y devoran pilares de libros y con aire de complacencia jactanciosa sacan conclusiones atrevidas y sentenciosas sobre autores, obras, movimientos y, si me apuran, pasos a seguir para realizar una correcta cocción al dente de morales y éticas.

Yo, por ende, soy un engreído de pantomima, puesto que aprendí una lección que aún hoy habita en mi mente-que muchos catalogarán de absoluto y tremendo caos no sin darle a ese juicio un valor de jurídico-humanístico-:

En la vida actúa de farol, como en el póker. Sonrisa de ganador pese a que pierdas.

Puede que no sea así la lección, pero sí hay un elemento que me ha salvado más de una vez. No caeré sin luchar. Mucho o poco, pero no caeré sin luchar.

Me vas a perdonar, pero me reclaman en otro sitio.

Esto es parte de mi leyenda y de la de Manuel Camarero, así que puedo ser como el dios Loki o como Salomón. Sea como fuere, esto es lo que digo yo que pasó:

Hacía un mes que Manuel Camarero había muerto y le di hace un año una copia de mi primera obra de teatro, pues mi carrera literaria comenzó con una burda e infantil obra teatral.

Olga, una de las profesoras del instituto María Guerrero- donde estudiaba y donde daba clases Manuel.-, me indicó que Manuel dejó algo en su mesa para mí.

Era la copia de mi obra de teatro en una carpetilla transparente y dentro una nota para mí, que por desgracia tiré a la basura pero que rezaba así:

Gonzalo:

Me vas a perdonar, pero me reclaman en otro sitio y no me va a ser posible dirigir tu obra de teatro.

Cuídate:

Manuel Camarero

Sonrisa de ganador pese a que pierdas. Hizo honor hasta el final a su lección.
Creo que fue entonces cuando entendí que la muerte es irse y no regresar. Irse y dimitir de ser mentor, maestro, amigo, padre, esposo, dueño del tiempo prestado…

Manuel dejó el primer vacío, más modesto que el que dejaría mi madre, y haría que yo intentase buscar un mentor cuando mi mentor al final debía ser yo, con mis fallos y aciertos, con mis triunfos y fracasos, pues hay que tratar a estos dos últimos como impostores, como dos buenos jugadores de póker de la vida.

Y entonces, te paras un momento a pensar y lo ves…


Esta es mi verdad de hoy, mañana será otra. 

miércoles, 30 de marzo de 2016

Graciosidades

Cuando queráis contar un chiste, evitad hacer lo siguiente:

-¿Sabéis el de aquel loco que pinta el techo y otro loco va y le dice: “Agárrate a la brocha, que quito la escalera”?
-No, cuenta.
-Bueno, pues ahí va: Aquel loco que pinta el techo y otro loco va y le dice: “Agárrate a la brocha, que quito la escalera”

Observarán que ha habido lo que los especialistas llaman repetición.

Así pues, antes de contar vuestro chiste, evitad también eso de anunciar…

-¡Os voy a contar un chiste buenísimo!

El simple hecho de anunciar esto basta para que el chiste fracase. Es lo que se conoce como hacer un over promises.

De manera general, evitad estropear el chiste.

Ahora lo bueno sería indicar algunas maneras de contar un chiste. ¡Es buenísimo!

Está la manera corriente:

-Mira, sé uno: se trata de un loco que está pintando el techo. De repente, hay otro loco que llega y le dice: “Agárrate a la brocha, que quito la escalera”

No hay peligro de estropear nada. Simple y sin complicaciones.

Está la manera erudita:

-Amigos míos, ahí va uno: Aquel excéntrico que pinta el techo y otro maniático visita a este primero y le expresa, en tono relajado: “Aférrate a la brocha, que hurto el flechaste” Graciosamente delicioso ¿No?

Este tiene el riesgo de perder su efecto y hacer que se pierda la posible gracia.

También está el que se equivoca al contar el chiste:

-Esto… es un tipo… un tipo que está majara que está… ¿Qué era?... ¿Tapizando? No, no… pintando el techo… entonces llega un médico… Ah, no, no… un loco, otro loco, claro, porque no puede ser el mismo, claro… Y llega con un hacha… y entonces… eh… le dice: Tíralo al aire y si vuela es un murciélago… Ay… no, no era así…

Imposible lograr nada coherente si el que cuenta el chiste no se lo sabe bien ¿Cierto?

Está igualmente el que imita acentos o el modo de contar de otros:

-¡Fistro! Ese chalado que está en ese pedazor de manicomio, físicamente, moralmente… y llega otro locor y le dice: "¡Ay, pájaro! ¿Qué marcha me llevas, pata liebre? ¡Jar! Agárrate a la brocha que quito ese pedazor de escalera." ¡No puedor!

No es muy recomendable esto, ya que en vez de la risa, se crea el desconcierto del posible auditorio.

Está el que se acuerda bien de todos los detalles, pero se olvida de lo más importante:

-En un manicomio de las afueras de Madrid había un loco que estaba pintando el techo del pabellón. De repente, otro loco que daba un paseo en aquella mañana de otoño se acerca al loco que está pintando y le dice…le dice… pues… ¡Ostras! ¡No me acuerdo como acababa!

Es recomendable saber el final del chiste, si no, se pierde toda la gracia posible.

Además está aquel que es el que más se ríe con su propio chiste:

-¡Oh!  Un loco que ¡Je, je, je!  Está pintando el techo. De repente, ¡Je, je, je! hay otro loco que llega ¡Je, je, je, je! ¡JE, JE, JE!  Y le dice ¡JE, JE, JE, JE, JE, JE!: “Agárrate ¡JE, JE, JE!  A la ¡JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE! brocha, que ¡JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE! Quito ¡JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE, JE! la escalera”

Imposible entender un chiste contado entre carcajada ¿No es cierto?

La verdad es que contar un chiste no es algo sencillo, y menos en los tiempos en los que nos movemos… La gracia ha ido cambiando durante los siglos. Antes, los encargados de hacer chistes y bromas eran los bufones, hoy día la gente se ríe con caídas y con desdichas de otros, siendo una purga de la miseria personal, pero claro, estoy generalizando... y el problema que tiene el generalizar es que se pueden ofender a muchos.

Seguro que si ustedes cuentan este chiste de los dos locos, alguien habrá que diga:

¡No generalices! ¡Qué poca sensibilidad! ¡No todos los locos son como estos dos locos! ¡No todos somos de alma tan negra como tú! ¡Destructor!

Y es tan importante el que cuenta el chiste como el que escucha dicho chiste, porque, claro está, no todos entienden la ironía y prefieren reírse de las caídas y pensar “Suerte que no fui yo”. Por tanto, la gente prefiere ser el que cuente el chiste antes de ser el objeto de este.

Así que hacedme un favor: antes de contar cualquier chiste, simple y llanamente reíros de vosotros mismos un ratito y disfrutad con lo que vaya pasando en vuestro día a día.


Por cierto, ¿Sabéis el de…?   

lunes, 29 de febrero de 2016

Silencio


Si quieres que un secreto se sepa, escríbelo. Nadie lo sabrá jamás.

Álvaro González, escritor español.

Todo gran amor no es posible sin pena.

Proverbio italiano


Hoy también se ha vuelto a ir. Esta vez no me dijo nada de que se marchaba, y eso que lo acordamos al poco de empezar a vivir juntos en este piso.

-Yo necesito irme. Evadirme y no deseo que me preguntes nada.
-Está bien… solo te pido que me digas que te vas. No deseo preocuparme.
-Lo intentaré.

Cuando regresa, se acerca a mí y sin decir nada, o me besa en la mejilla o se me queda mirando, como un extraño y yo observo sus ojos pardos. Su padre era japonés, su madre creo que era mejicana. Era muy exótica a mi juicio, y la mujer más inteligente que conozco. Fue en un viaje a México cuando la conocí y pasaron meses, creo yo, hasta que nos dijimos que lo nuestro no podía ser solo una mera amistad. No era raro en mí pensar eso, puesto que era proclive al enamoramiento, que no significa para nada ser mujeriego.
Pero fue ella la que me besó y quien me contó algunas cosas de su vida, antes incluso de que yo lo hiciera. En las mujeres que me había cruzado, ninguna era así. Era yo quien se abría en canal ante ellas. Pero… Paola era Paola.

Así, en uno de sus ataques de sinceridad, me relató que hizo algo terrible. Casi asesina a un compañero de trabajo, allá, en México. Carlota, una amiga suya, me explicó muy bien todo, Pero Paola no podía. Solamente se centraba en que era malvada, que casi mata a ese hombre, que no pudo controlarse.

Según Paola:

-¿Sabes cuándo el Demonio te indica que debes defenderte? No creo en Dios. No puede haber creado gente como yo. Ya lo decía mi madre y su esposo. Yo debo estar escuchando al Demonio, porque dejé en coma a ese tipo. Lo dejé medio muerto y fue cuando mi madre y todos me dijeron que era una mala persona. Y abracé esa idea. Soy mala… pero no… no contigo. Perdóname si te asusté.
-No, tranquila…

Según Carlota:

-Claro que lo hizo… Pero el otro era un pinche cabrón Intentó forzarla en la oficina. La empujó hasta los baños y por suerte, entró un compañero y no hubo más… pero ella… Paola tenía rabia. No quería ser más una víctima. Usó el café de él… bueno, te imaginas el resto. Y claro, ¿Denunciar en este país? Imposible. Hubieran dicho que algo habría hecho ella, ya sabes…

Nunca le dije a Paola lo que Carlota me explicó… no creí que la ayudase remover aquello, pero algo me dijo que ella intuía que yo supe la verdad.  

Por eso, tal vez, no le ponía barreras a que se fuera y no me dijera nada más. Era un silencio necesario.

-¿Otra vez se fue? ¡Tío, de verdad!
-Volverá. Siempre regresa. Es así.
-¡Ponle claras las cosas! Esta tía no te quiere. Es muy rara y no lo quieres ver. ¡Tu madre te hubiera dicho lo mismo que te digo yo!

Mi madre… Al poco de morir mi madre, apareció Paola. Mi madre me hubiera dicho otra cosa a lo que Roberto argumentaba.

-¿Eres feliz?
-Sí, mamá.
-Pues entonces, adelante.

Mi madre… ¡Qué mal lo pasó! Me prometí escribir su vida. Me compré un cuaderno para ello y, en la cama de su hospital, un domingo, sonreí y mostré el cuaderno.

-Estoy listo para que me cuentes tu vida, mamá. Así pues… ¿empezamos?
-Yo… estoy muy cansada, hijo. No tengo ganas.

Mi madre…

Observé a Roberto. Era el amigo más antiguo que tenía. Desde los ocho años que nos conocíamos… Conocía a todas sus novias y algunas me agradaban… Tenía una filosofía muy extraña de las relaciones que, imagino, fue ampliando y mutando, pero supongo que alguien que tiene frases como cuando dicen que no, es que sí, debe entender las relaciones como algo muy retorcido y poco sano.

Acababa de tener un hijo con su pareja porque era lo que los demás esperaban de él…. Y él, pese a ser tan grande, tan aparentemente feliz siempre… teme la soledad y abraza el espejismo que ha creado con Carmen. No sé bien quién me dijo que cuando uno se pasa la vida haciendo bromas e intentando agradar a todos, algo oculta. Algo no funciona bien en su vida. Roberto puede ser un ejemplo claro si me importase una santa mierda lo que dijera. Sus consejos hace tiempo que no tienen una utilidad en mi día a día.

-¿Has visto el culo de esa?
-No. La verdad es que no…
-Ese es tu problema. Es por eso que las tías te toman el pelo.

Sí, mi problema con Paola está en no decir que una mujer tiene una buena delantera o si me la follaría o no… Es de cajón, vamos.

-Yo no quiero tener hijos.-Me dijo una vez Paola.- ¿Quién soy yo para dar ejemplo a nadie? Tendría niños malcriados. Es una responsabilidad que no quiero tener. ¿Te molesta eso?
-No. Puede que con el tiempo…
-Con el tiempo pensaré lo mismo. El tiempo es una variante sobrevalorada.

Así que lo más posible es que fuéramos solo ella y yo, lo cual no me parece tan mal… pero tener una hija… no sé, me ilusionaba eso…

-Yo puedo ser toda la niña que desees. ¿Me hago coletas? Quieres eso. No me importa. Por ti, lo que quieras. Eres tan bueno conmigo…  
-¿Y no eres tú buena conmigo?

Entonces… silencio. Me mira con cierta extrañeza, a mi juicio, y me habla de los últimos estudios de cálculo que leyó. Eso me alejaba un poco de ella…. Eso y que al decirla que la quería, me diera las gracias, pero entendía que siempre quiere cambiar de tema cuando el foco de una conversación se pone sobre ella. En Morelia hacía igual, cuando me pidió que nos fuéramos lo más lejos de su madre y de su pareja, de sus hermanastros… de ese ambiente.

Al poco de mudarnos al piso, hicimos una especie de recorrido por todos los restaurantes de comida japonesa de la ciudad. Por suerte, yo era de esos que les agrada el Sushi, porque ya conocía yo gente que lo odiaba con todo su ser, que ya ves…

Era muy tierno que Paola hablase a los camareros en japonés… parecía una niña tímida y sonreía ampliamente… pero también lo hacía cuando fuimos hace tres semanas a un restaurante chino y el camarero la miraba como si eso formase parte de una broma que no alcanzaba a entender.

-Cariño, es chino, no japonés…
-Oh… Pues debería aprender japonés…
-Bastante tener yo con aprender español, señorita.-Replicó el camarero soltando una risa amigable.

Y suena el teléfono.

-Sí, Dígame 
-¿Es usted el marido de Paola Mariko Morales?
-Eh… Sí soy su pareja, pero no su ma…
-Le llamo de la comisaría.

Al parecer, Paola se sintió agredida por un comentario de esos que tanto le gusta usar a gente como Roberto y actuó de un modo desmedido, según dijo el policía que me acompañó hasta la habitación donde estaba Paola.

Tenía la mirada perdida y cuando se dio cuenta de mi presencia, me abrazó. El hombre no presentó cargos puesto que, ¡Casualidades de la vida!, era un ratero de tres al cuarto que la policía conocía muy bien.

No hubo un regreso a casa más tenso que aquel.

-¿Estás enfadado conmigo?-Preguntó tras llegar, junto conmigo, al salón de la casa.
-No…
-Ya te dije que soy mala persona y…
-Paola… No. No eres mala persona, sólo que… no te entiendo algunas veces.
-Ya, me lo dices mucho cuando hablo de cálculo y de…
-No. No te entiendo cuando te vas, cuando te obligas a decirte que eres mala…
-¡Lo soy!
-No lo eres. Tienes miedo.
-¿De ti?
-De todos.

Silencio.

-Estoy cansada. Me voy a la cama ¿Te importa?
-¿Por qué te torturas así?
-¡Porque es lo que muchos esperan! ¡Esperan que caiga y tengan que recogerme del suelo! ¡Por eso! ¿¡Eso es lo que deseas oír!? ¡No soporto que la gente sea condescendiente conmigo! ¡No soporto que no seas capaz de enfadarte conmigo! ¡Soy mala para ti!
-¿¡Quieres que me enfade contigo porque un gilipollas te intentó violar!? ¡No lo hare! ¡Te adoro! ¿Entiendes eso? ¡Te-Adoro!

El gesto de Paola era el de alguien que acabase de descubrirse una profunda herida tras un accidente.

Se fue del salón y oí como la puerta del dormitorio se cerraba y después… silencio.

Me quedé dormido en el sofá. No recuerdo bien cuando fue. Al despertarme era de día y me dirigí al dormitorio. La puerta estaba abierta y la cama hecha. Paola no estaba. La busqué en las demás habitaciones y vi un sobre en la mesa de té de nuestro salón de la que antes no me di cuenta. Lo abrí.

Te desgajas alma mía
Sobre un foso de torpeza
Oquedad sin compañía
Un sagrario de tristeza

¿Cómo vuelvo a edificarte?
Si eres polvo y finos granos
Y por más quiera juntarte
Te me escapas de las manos

Y tú, llanto traicionero
Que a mis ojos te caucionas
Si te alojo pasajero
Sin aviso me abandonas

¿Cómo impido este tormento?
¿Cómo suspendo la aflicción?
Si me quedo sin aliento
Al tener roto el corazón

Y el amor que tanto afano
Y que no existe en un lugar
A mi mente hago el engaño
Y no le dejo de soñar

Sin fortuna y abatida
O un anhelo que obtener
Sin su amor vago perdida
Y me sustento del ayer

Del fracaso que es mi vida
Que entre versos veo abjurar
Fragmentada, adolorida
La quisiera terminar…

Y así se volvió a ir... y no regresó. Se llevó su ropa, un par de libros y poco más. Se fue, seguramente, en plena madrugada y pese a que la busqué, no la encontré. No quiso que la encontrase esta vez. Posiblemente vuelva, pero nunca se sabe con Paola.

-Lo bueno es que ya por fin eres libre.-Señaló Roberto con un gesto burlón.

Yo preferí guardar silencio.

-¡Va! ¡Anímate! Seguro que esto te sirve para aprender. ¿Qué sueles decir tú? Que lo que sucede, conviene.

¿Por qué sigo viendo a este idiota? ¿Qué tiene que ver conmigo? Somos dos extraños. Parece que sepa más de Paola que de este tipo que prefiere esconderse de sus temores tras una máscara de falsa felicidad… y pocas veces lo logra.

Llego a casa y noto que todas las puertas siguen cerradas, como las dejé desde que ella no estaba. Todo está en orden, envuelto en una quietud ciega.

Hoy también espero que alguien se acerque a mí y sin decir nada me bese en la mejilla o se me quede mirando, como un extraño y yo observo sus ojos pardos.

Pero solo recibo una cosa.


Silencio.

domingo, 14 de febrero de 2016

Sin valentía

Estimado tú:

No tengo ni idea del motivo por el que escribo esto, pero será que necesito hacerlo.
Contigo he pasado del amor al odio, y del odio a la apatía sobre todo lo que forma parte de ti.
Has estado más de veinte años manipulando, con éxito o no, mis pasos. Ahora que me he logrado alejar de ti lo tengo claro: no pienso en volver.

Ahora que he(mos) llegado a este punto, en el fondo nada va a cambiar ya. Irá a peor si acaso, pero por fin estoy libre de tu influjo. Libre de tus inseguridades y miedos estúpidos que acorazabas con bromas absurdas y juicios de valor que minaban mis actos, fueran grandes o pequeños.

"¿Qué haces en Madrid? Ven a verme que te quiero mucho"

"¿Tú has visto las pintas que llevas? Vistes de un modo muy desfasado.

"Hazme caso, eso no te conviene para nada"

Has querido controlar mi vida y yo te dejado. No niego mi parte de culpa en esta situación. Debí haberme dado cuenta antes de lo que estabas haciendo conmigo. En el fondo eres una víctima de ti mismo y cometes los mismos errores que has aprendido de otros pero eso no te da la bula (¿conoces ese término? porque nunca te has molestado en conocer mis creencias ni siquiera en leer más de un libro o dos por gusto) para actuar como has actuado conmigo.

En el fondo eres cruel y ruin a tu manera. Sé que no lo pretendías en muchos casos. Sé que lo hacías porque creías que era lo justo pero un hombre qué cree que cuando una mujer dice no quiere decir que sí, tendría que haber activado todas mis alarmas y haber visto lo que ibas a hacer en adelante (ya cuando dijiste eso llevábamos conociendo ocho años)

Y ahora que se ha caído la venda que tenía en los ojos y que tu control, que veías que se iba debilitando, se ha disipado, puedo decir que no eres ya nadie para mí.

Así es. Ese que se enfadó conmigo porque me iba a una feria con mis amigos y no con él, ese que se mofaba de mí cuando quise dedicarme a la actuación, ese que intenté dejar unas cuatro o cinco veces, ese que siempre quería la atención mía para contar cómo le había ido el día pero que, curiosamente, nunca preguntaba por mi día, ese que me presento a una compañera suya diciendo que era una calientapollas, justamente ese, ya no es nadie.

Por supuesto que tú podrías hacer la réplica y decir que yo he cometido este o aquel error, que yo he hecho aquello o lo de más allá, pero ya te encargabas constantemente de afearme todo lo que yo hacía, así que para mí estás desautorizado para intentar siquiera tener una defensa de los actos que acabo de relatar sin ningún ápice de odio y algunos que no he relatado por pudor más que otra cosa.

Puede que te parezca injusto, pero simplemente hago esto con el fin de sacármelo de dentro de las entrañas, porque ahora que estoy lejos de ti soy consciente de la gran verdad y es que lo que tú has tocado, de algún modo, se ha convertido en mierda pese a tu filosofía maniquea en la que solamente unos pocos se salvan, aquellos que te querían incondicionalmente, aquellos que te soportaban todas las tonterías y ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está esa gente?
Sé que me queda un gran recorrido hasta poder llegar al punto en el que yo vuelva a valorarme como me merezco pero lo voy a lograr porque valgo más de lo que tú nunca has creído. Porque cuando me despedí ti aquella vez dijiste que tú me habías apoyado a la hora escoger mi carrera y no es verdad. Es una idea qué te has esforzado en hacer verdad en tu cabeza. Te miraba entonces que miraba entonces y no te saque de su error porque ya empezó en ese momento a surgir la indiferencia hacia ti y era gastar energías como había hecho anteriormente para ser lo que tú esperabas y que tú en algún momento fue así lo que yo esperaba pero no éramos ninguno de los dos las personas que pensábamos.

Sé que de alguna manera enfermiza tú me has querido y yo te he querido pero, ya te he dicho que ahora ya no siento ningún tipo de cariño. No te deseo ningún mal pero queda un gran recorridos hasta poder llegar al punto en que seas consciente del mal que te haces a ti y a los demás, si es que algún día haces ese examen de conciencia y eres capaz de comprender que no se debe insultar a alguien porque no te quiere Cómo y cuándo quieres.

Soy consciente de que nunca leerás esto pero si en algún momento lo haces quiero desde lo más profundo de mi corazón que entiendas que esto no es en ningún momento un ataque hacia ti solo un modo de decirte No cuando tú entendías que sí.

Allá donde vayas espero que nuestros caminos no se lleguen a cruzar por el bien de ambos.

sábado, 30 de enero de 2016

La cena

Ada se asomó a su ventana. Anocheció hace más de dos horas y oyó como una moto de reparto de algún lugar zumbaba mientras recorría su trayecto.

Se quitó su albornoz- acababa de ducharse.-se puso su vestido de noche negro, se calzó los zapatos y salió de su cuarto con paso pausado.

-Lidia, me voy ya.-Anunció a su compañera de piso, quien leía Los Incursores en el sofá, con las piernas recogidas y la mano apoyada en su mejilla.
-¿mmm?
-Que me voy.-Repitió Ada.
-Ah, bien.- Levantó la vista y sonrío.-Estás muy guapa con eso.
-Me lo creería no lo dijeras con ese tono.
-Es que yo no entiendo eso de regalar una cena. Vamos, en mi cumpleaños no me regales cosas así, por favor te lo pido.
-¡Mira que eres petarda!-Exclamo Ada tras reírse.
-Antes prefiero un huevo Kínder.
-Muy bien. No me esperes despierta. Te quiero.
-Y yo, y yo…

Ada tomó el ascensor. Lidia y ella vivían en un quinto y bajar con sus zapatos era algo que no deseaba hacer.

Llegó a la calle y notó una leve brisa. Llamó a un taxi y una vez dentro, le dio al taxista (un tipo espigado, de cabello castaño, rizado y sucio) la dirección del lugar donde había quedado con Gabriel. Llevaban viéndose los últimos cuatro años y uno podría pensar que eso era una relación de noviazgo, pero siempre dejaron claro que no eran novios, que eran amigos especiales. Por esto mismo, Lidia los llamaba “los no-novios”.

-Ha llamado tu no-novio, que le llames para lo de mañana.
-Se llama Gabriel, ya lo sabes.
-¿Pero a qué si te digo no-novio sabes que hablo de él y no de otro Gabriel?
-Ninguna de las dos conoce otro Gabriel.
-No-novio.-Repetía solemne Lidia.

Tras un par de improperios y una o dos preguntas rápidas del taxista, Ada llegó al lugar. Moore.

Entró y allí estaba él, sentado en una mesa, leyendo la carta. La saludó al verla, se levantó y le dio un beso tierno en los labios.

-¿Llevas mucho esperando?-Preguntó ella al sentar.
-No. Hace unos veinte minutos que cerré la tienda y vine hará como unos seis.

Gabriel era dependiente de una tienda de comics. Bueno, en verdad era socio junto con otro amigo. Es así como conoció a Ada. Por culpa de Lidia. Todo, bueno o malo, era siempre culpa de Lidia. Eso decían los tres. Y con los tres, hablamos de Ada, Gabriel y Lidia.

-No sé qué hago yo aquí…-Confesó Ada al entrar en la tienda por primera vez con Lidia.
-Te he convencido.
-Ya, lo sé, pero digo que… yo no entiendo este sitio.
-Adita, por favor, no hablamos de un Sex Shop… Este sitio es más luminoso, por lo menos.
-Hola, Lidia.-Saludó Gabriel a una de sus clientes habituales.
-Hola, tipo de los tebeos. Te traigo una nueva víctima. Víctima, tipo de los tebeos. Tipo de los tebeos, víctima.
-Me llamo Gabriel.
-Yo Ada.
-¿Tu primera vez?
-¿eh?
-Quiero decir… Que está es tu primera visita a una tienda de comics.
-Ah, sí. Yo era más de Zipi y Zape cuando era niña.
-He intentado explicarle un montón de veces lo de Batman y sus Robins pero nada. No sale de las películas de Christian Bale.
-Me gustó mucho el Joker de esas películas.-Comentó Ada.
-¡Huy, eso es lo peor que le puedes decir a Gabriel! Odia ese Joker.
-¿Por qué?

Y de ahí en adelante…

-Debías ver a todos preguntándome porque llevaba chaqueta y corbata…
-Ay, pobre… te hubiera esperado si el problema era cambiarse de ropa.
-No, no. Está bien.

Gabriel observó su tenedor y llamó a un camarero.

-¿Sí?
-Este tenedor está sucio. ¿Me podría traer otro?
-¿Sucio?
-Sí, como de huevo o no sé bien que.
-Lo siento, señor. Enseguida se lo cambio.

-Un descuido.-Sonrió Ada.
-Seguramente. En fin… ¿Qué tal todo?
-Bien, todo bien.
-Estás muy guapa.
-¿No te parece estúpido esto?
-¿El vestido? No, te queda genial.
-Digo que… Lidia piensa que es estúpido regalar una cena.
-Lidia cree que es estúpido que los humanos no tengamos pies de palmípedo.
-Sí, pero está empezando a convencerme… lo cual me preocupa.
-Ada, me encanta esto, de verdad.
-Gracias. ¿Qué vas a pedir?
-Pues no lo tengo muy…

Un camarero corpulento, de cabello oscuro, se acercó a la mesa.

-Perdonen, pero soy el jefe de camareros. Me han indicado que su tenedor estaba sucio ¿No es así?
-Eh… sí, así es.
-Le pido disculpas.
-No importa, de verdad.
-Para mí si es importante. Esto es intolerable ¿saben? Estos detalles hacen que un cliente regrese o no a nuestro restaurante. Encontraré al responsable de esto y tomaré medidas.
-No, por favor. No deseo causar problemas.
-No los causa, señor. Hablaré con el dueño sobre ello.
-Pero…

El hombre se marchó con cómicamente marcial.

-¿Tú has visto eso?
-Y no me lo creo.-Respondió Ada sin dejar de mirar como ese hombre entraba a la cocina y vociferaba al poco.-Pero, oye, tal vez debiera comprarte algo, además de esto.
-No. ¿Por qué?
-No sé… puede que pienses que no te valoro lo suficiente y no es así.
-Ya lo sé, lo sé, pero no debes preocuparte tú por eso, de verdad que todo…

Un hombre trajeado, con la cabeza rapada y una barbita fina y oscura, apareció.

-Buenas noches, señor. Buenas noches, señorita. Soy el propietario del restaurante. Me han informado de lo sucedido. ¿Me permiten que me siente?
-Sí, es su restaurante.-Indicó Ada.

El hombre se sentó.

-Lo primero, lamento profundamente el incidente del tenedor.
-Oiga, no es tan importante, de verdad que no lo es.-El tono de Gabriel era de extrañeza e incomodidad ante el asunto.-Fue un descuido. Lo entendemos.
-Lo agradezco, pero no puedo excusar algo así. Es una deshonra para mí. He estado durante años intentando que mi restaurante sea uno de los mejores.

Ada no pudo aguantar una risita nerviosa ante las palabras de aquel hombre.

-Verán…-La actitud del dueño del restaurante era la de un hombre que iba a desvelar un gran secreto.-No es solo el restaurante. Atravieso una racha muy mala. Yo y todos, en verdad. El cocinero está en trámites de separación de su esposa. Veinte años de matrimonio… imagínense. No crean que no ponemos esfuerzo en nuestro trabajo. Tengo los mejores hombres y mujeres que encontré. Son buenas personas.

Gabriel no sabía ni que decir.

-Por supuesto, todo lo que pidan corre a cuenta de la casa.
-Gracias…

El dueño se levantó sonriente y regresó a sus quehaceres.  
-Mira, yo he perdido el apetito.
-Y yo. ¿Vamos a tu casa?
-Pero Lidia está…
-Ambos nos morimos por contarle esto.
-Es cierto.

Se sintieron aliviados al salir de aquel local. De camino a casa de Ada, vieron a un adolescente sujetando por las axilas a otro.

-Voy bien. Voy muy bien…
-Yo por si acaso no te suelto.
-No seas ridículo, tío.

-Y pensar que esto no es lo más raro de esta noche.-Bromeó Gabriel.

Cuando llegaron, Lidia estaba cenando en el salón.

-Hola, no-novios ¿Y vuestra increíble cena?

¡Lo que se rio Lidia ante el relato de lo sucedido mientras los tres cenaban juntos! Hizo bromas sobre eso durante días.

Ada prometió a Gabriel que le compensaría por lo del restaurante, que, por cierto, fue noticia días después pero eso no viene al caso.


Y la noche no quedó en silencio en la ciudad.