domingo, 7 de octubre de 2012

Dejemos de engañarnos



Dejemos de engañarnos.

Vosotros, que me decías que las cosas no girarían sin mí.

Vosotros, que me decíais que vuestra lealtad era indestructible.

Vosotros, que me decíais que me queríais hoy igual que ayer.

Vosotros no merecíais la pena.

Dejemos de engañarnos.

Tú, que me dijiste que el mundo me necesitaba

Tú, que me prometiste que no estaría solo nunca

Tú, que me hiciste creer que lograba hacerte sonreír.

Tú, que me inflamaste el corazón para tener dicha.

Tú te lo has perdido  

Dejemos de engañarnos.

En este mundo donde o eres Maquiavelo o eres carne de matadero.

En este mundo donde se puede ser querido a precio de todo.

En este mundo donde existe una barrera entre ser lobo o ser oveja.

En este mundo me bajo yo.

Dejemos de engañarnos.

No fui héroe ni fui villano.

No fui genio ni fui necio.

No merecí la pena ni valía poco.

No fui un fiero lobo ni fui un manso carnero.

No fui técnico ni fui práctico.

No fui poeta ni fui iletrado.

No fui santo ni fui demonio.

Ni me planteó que sólo soy yo que he vuelto a la vida porque me dejé la cartera.

Dejemos de engañarnos.

martes, 3 de julio de 2012

La hija

Un domingo más.

¿Hace cuanto que no duermo bien? ¡Qué sé yo! Hace tanto tiempo que hago lo que hago como si fuera una maquina programada.

Abandono las sabanas de mi cama. Demasiado grande para uno solo, pero, hace tanto que alguien ya no ocupa la otra mitad de la cama…

Oigo como abren la puerta de la casa debajo del agua de mi ducha. Me siento tan viejo y el agua caliente me relaja tanto…

El canturreo de una voz femenina, familiar, querida. La voz de mi hija.

Tan adentro, llevarte tan adentro como tú me has llevado, lo siento, lo siento.

Verla bailar en la cocina, con los auriculares en los oídos, tapados por esa larga cabellera castaña. No puedo creerme que ya tenga veinticuatro años. Parece que hiciera un mes que mi mujer me dijera que esperábamos una niña, una semana que la estreché por primera vez.  Cinco días que hiciera de cenicienta en el colegio, un par de horas que le rompieran el corazón por primera vez.

Se gira, me ve y se quita los auriculares. Sonríe como lo hiciera hace años su madre y me muestra una bolsa de papel con algo dentro.

-Traje churros.-Anuncia.
-Precioso detalle.

Desayunamos juntos, como todas las mañanas. ¡Como la quiero! Cuando ríe, cuando habla de sus cosas, cuando se preocupa por mí.

-Salgamos a dar un paseo.-Me propone.-Podemos comer fuera. Tenemos la nevera tiritando.

No me opongo. Hoy no. Sé porque lo hace y sonrío. Nada más.

-Tú y yo disfrutando de un domingo por la mañana, como cuando era pequeña.

Aun me asombra que recuerde nuestros viajes en mi vieja Yamaha al Rastro, a cambiar cromos repetidos. Mi mujer siempre se preocupaba por esos viajes, alegando que nuestra hija era muy pequeña para ir en moto. Yo la tranquilizaba.

Antes de subirnos en la moto, le recordaba a mi hija que se pusiera su casco con la pegatina de la pantera rosa en un costado. Entonces, empezaba un viaje donde notaba sus manos sujetándome con fuerza de la cazadora, abrazándose a mi torso cuando había curvas y pidiéndome que no corriera mucho.

Dejé de montar en moto hace unos años, pero, aun así, mi hija no le pilló miedo a las motos. Es más, ahorró para comprarse una Vespa de segunda mano para ir a la facultad y a su trabajo.

Aunque, creo que no es exclusivamente por mi influencia eso de las motos… ese novio que tiene desde hace cinco semanas, ese macarra de los tatuajes…

El mediodía cae rápido y, por sugerencia suya, acabamos en un restaurante de esos que abundan por todos sitios, esos que son además, tiendas. Un lugar que en el nombre ya dice que es para gente muy importante, aunque no sea cierto al cien por cien.

Nos sentamos cerca de un ventanal que da a una calle tranquila, de pisos altos. Mi atención se centra en una ventana de cortinas azules, con un pequeño peluche de un perro pegado al cristal por ventosas en las patas.  ¿Quién vivirá en esa estancia? ¿Una joven que disfruta poco de esas cuatro paredes? ¿Un niño que allí ha creado su propio paraíso? ¿Un hombre dinámico y jovial? Los hay, nunca lo he dudado.

-Yo apuesto que es el cuarto de un chico algo tímido pero más divertido y profundo de lo que los demás creen.-Me saca de mis pensamientos ella.

En verdad, me temo que heredó de mí esa manía de imaginar las vidas de los que viven en las casas cercanas. Por ello, es la única que tiene las llaves para entrar en esos pensamientos que una vez alguien definió como costumbre enfermiza. ¡Cuánto necio, Señor!

-Un chico de los que me gustaría para ti, y no ese chulito de la Honda.
-No empieces otra vez con eso, papá… Además, el chulito se llama Hugo.
-Me da lo mismo como se llame. Dudo que un macarra con tatuajes te haga muy feliz.
-Sí, tiene tatuajes y mala pinta, pero, no es ni un macarra ni un chulo.
-Me gustaba ese tal Cesar.
-Cesar era un idiota que me engañó con otra.
-No lo sabía.
-No te cuento todo lo que me pasa.
-¿Desconfías de mí?
-No, solo lo hago para no preocuparte. Y si dieras una oportunidad a Hugo, te caería muy bien.

Como la quiero cuando se preocupa por mí, aunque sea innecesariamente.

Nos pasamos la comida hablando de ella, de literatura Inglesa, de la obra de Verne, de las películas de los hermanos Marx, de lo bella que era Audrey Heapburn, de la pena que le dio de niña ver como la novia de Frankeinstein repudiaba a la criatura, de lo que le marcó haber leído los Incursores de Mary Norton, descubriendo lo cruel que se puede ser con lo que no se conoce.

¿Tuve yo charlas así con mi padre?

Caminamos de regreso a casa, casi desandando los pasos que hicimos al salir esa mañana.

-Podíamos ver una película. Nunca he visto Los héroes del tiempo ¿Y tú?  Seguro que sí, por eso la tenemos en casa.
-Cariño, no tienes que estar todo el domingo conmigo. Seguro que disfrutarías más con el ma… perdón, con Hugo.

Me hace una mueca de las suyas. Una de esas de cuando era una niña y quería que jugase con ella a lo que fuera.

-Que te quede claro esto: Eres mi chico favorito. Disfruto mucho pasando tiempo contigo.
-Yo no soy un chico. Soy tu padre.
-Y yo tu hija ¿Y qué? Sé que no soy mamá, pero…
-¿Es por eso? ¿Crees que extraño a tu madre?

Me mira fijamente a los ojos.

-Sé que día es hoy.-Le indico.-Lo tengo muy en cuenta. 
-Lo sé. Para mí, esto tampoco es fácil.
-Para nadie lo es.
-Lo siento.

Le doy un beso en la frente.

-No tienes que sentir nada. No es culpa tuya y no estás obligada a hacer algo que no te apetece, es lo único que quiero que entiendas.
-Entonces… ¿Te apetece ver una película en casa?
-Me encantará.

Hay veces que los domingos pesan como el plomo y otros que se diluyen rápido. Hoy es uno de esos en los que se diluye el tiempo.

Parece que de la película a la cena solo hay un  parpadeo, y de la cena, paso sin darme cuenta al momento en el que me encuentro a mi hija tumbada en el sofá, dormida y con la televisión vomitando anuncios de cervezas que hacen estar más unido a la gente y de coches más seguros y elegantes que los demás. Apago la televisión y despierto con dulzura a mi hija. Refunfuña y me dice que enseguida va a la cama. Yo no la dejo hasta que cumple esa promesa. Se incorpora y la acompaño a su cuarto.

Una habitación llena de libros, peluches en la cama y un poster enmarcado de Peter Pan.

Me desea buenas noches y yo a ella. Me alegra mucho que sea como es. No toma alcohol, no fuma y no se droga. En eso, salió a mí. Yo no soporto el alcohol, en mi vida he fumado, y eso que me han ofrecido muchas veces un cigarro, y no me he drogado.

Es hora ya de que yo siga su ejemplo y duerma. O lo intente al menos. ¿Hace cuanto que no duermo bien? ¡Qué sé yo! Hace tanto tiempo que hago lo que hago como si fuera una maquina programada.

Mañana será lunes otra vez. 

lunes, 25 de junio de 2012

Gracias.


Gracias.

A Irene, por mostrarme lo maravilloso de perseguir a los conejos con reloj de bolsillo.

A Jenny, por  su sonrisa y sencillez en la ilusión.

A Borja, por ser capaz de hacerme la topografía de lo desconocido.

A Amanda, por dar la importancia que se merece a la palabra némesis.

A Cristina Pardo, por vestirse con un arte bohemio que toma café negro con Frida.

A Ana Menéndez, por relatarme las historias de la niña que detrás de las sonrisas vive.

A Pablo Segura, por cambiar la definición de lo que es la camaradería.

A Laura Seminario, por intentar conocer a aquellos que dejan sin merendar a otros.

A María Panadero, por su serio encanto con el que hace que sonría.

A Cristina Mateos, por centenares de cosas que nos unen en un solo guiño.   

A Cristina Fuentes, por su tímida presencia que dio color a la paleta del día a día.

A Rubén, por darle un significado molón al ser humano.

A Sandra, por enseñarme que querer a los demás es reírse de los virtuosos defectos.

A Andrea, por  hacerme viajar al vetusto planeta donde los niños dibujan los ojos de un buey.

A Ana de la Mata, por ese cariño de barrios bajos que sabe a castizo y típico como pocos.

A Sara, por señalar que en la simpleza de seguir viviendo existe mucho encanto.

A Daniel, por ser el aliado irónico que hace que ría de corazón.

A Vanesa, por las escasas palabras de color de lápiz.

A Diego, por enseñarme la gran lección de ser nosotros mismos, con todo y con nada.  

A Rebeca, por esa inseguridad que hace creer que todos somos perfectos en nuestra fragilidad.

A Nieves, por su  inocente inconsciencia que hace que crezca.

A Jorge Mora, por su lealtad al nexo de un pasado en declive pero con magia.

A Lucia, por esas ganas de estrangular el conocimiento para que nos enseñe lo que no se ve.

A Laura, por  las risas de cuento de hadas que hace que los duendes de la grafía salten.

A Ana Carabias, por ser ese fresco que nos hace ver que lo normal es extraordinario.

A Alejandra, por  descubrirme que la brusquedad de una lengua no significa la de un sentimiento.

A Isabel, por dar a la palabra aldeana un toque con aires del sur de su corazón.

A Marta, por proporcional la elegancia que casi toca los cielos de un Madrid vulgar.

A Javier Igea, por la faena que despierta  las avalanchas de hojas en los libros.

A María Arribas, por la sensatez en las mañanas previas a las agujas del reloj.

A María Martínez, por engrasas los mecanismos que mueven la belleza de ser parcos.

A Laia, por recordarme que dulce no significa débil.

A Jorge García, por las dosis de literatura que dan voz a la conciencia.

A Victoria, por reinar entre las hadas con voz de música melodiosa.

A Cristina Valverde, por sus simpáticos saludos donde imperan los buenos días.

A Pablo Portillo, por aterrizar cada mañana rodeado de serenidad.

A Javier Gordillo, por quitar el tono monocronico a cada momento estúpido.

A Sergio, por ser cómplice de las estrategias de vida.

A María Jesús, por su juicio y su mesura a la hora de analizar el entorno.

A Pilar, por su modesta disposición a seguir los rumbos de los tiempos inevitables.

Gracias.

domingo, 17 de junio de 2012

De noche

En las noches, yo no soy yo.

Cuando era crío me quedaba dormido a las ocho de la tarde, estuviera donde estuviera. Dormido como un bendito.

Así que, soñar era algo normal en mí día a día.

Con los años, me hice noctambulo. Ya había dormido mucho de niño. Creo que, algunas veces pierdo los pies de la realidad y me voy, flotando a donde alguna vez, durante el día estuve.

Por esa regla de tres, me he casado cuatro veces. La última mujer me soporta estoicamente, tal vez, porque lo merezca, tal vez porque me quiere más de lo que me merezco. Pero, nadie como mi primera mujer. Con ella conocí lo que era el Amor. Ahora, ella vive en París con mi hija mayor.

Sí, tengo una hija de doce años, un hijo de ocho años, de mi tercer matrimonio, y una hija de seis años, con la que hace unos días paseé por el mercado de San Antonio.

He estado con algunas actrices de mi país. No puedo decir nombre pues de hacerlo veríamos que no soy en verdad un caballero, cosa de la que me encanta presumir, sin serlo o siendo, y porque, en algún momento, mis hijos pueden leer lo que hoy escribo.

He escrito obras de éxito como Diana en Praga o Las Ranas no necesitan botines. Obras que la crítica ha adorado o apaleado. Es así esta vida.  

Soy fundador junto con otros tres miembros más de La Casa Muda, un grupo de pop independiente del que, posiblemente veréis alguno de nuestros tres CDs, en algún lugar de segunda mano como la metralleta. No éramos malos en verdad.

Entonces, es cuando los oigo, los saboreo, los veo. El silencio, la soledad y la mentira. Son una triada tan dulce y bella. Son el espejismo de una vida que puede que nunca viva.

Puedo ser infantil, soñador, obsesivo, crédulo, mentiroso. Puedo querer lo que nunca me atreví a conseguir por no meter mojarme el culo. Puedo haber llegado tarde a los andenes. Puedo haber bailado solo cuando ya no hay música.

Me casé, tuve hijos, hice grandes cosas… Pero, incluso la mentira es peor que ser yo en según que momentos. Aun puedo bailar con alguien, aun puedo tomar el siguiente tren, aun puedo calarme hasta los huesos.

¿Qué tal si me voy hoy a dormir y veré con claridad el mañana?  

martes, 15 de mayo de 2012

Cementerio de San Isidro un dos de mayo


Y tú, amigo mío, caminas
donde los pájaros del tráfico
claman un poema sin palabras
y no captas el sabor de lo trágico

Y tú, amigo mío, observas
el hogar donde el silencio domina
agradeciendo en sus moradas
que la vida sea ya doctrina

Y tú, amigo mío, oirás
las historias que allí se juegan
en un ajedrez sin reyes ni reinas
no les tienes pena, logras que sonrían

Y tú, amigo mío, conocías
la verdad que nada espera
a aquellas almas dichosas
carentes de la dulce música

Y tú, amigo mío, piensas
En la masa, eres fuerte
En la intimidad, tiemblas
Pero sigues, sigues, coherente.


martes, 1 de mayo de 2012

Réquiem por una compañera

Muchas veces, como Jonás, nos hemos sentido solos y en el peor sitio del Mundo. Perdidos en una oscuridad enorme. Con mi madre, no pasaba eso. Ella era, y aún es, la luz que iluminaba nuestros senderos. De ella, no solo yo, muchos otros también, hemos aprendido su fortaleza, su bondad y su energía.

 Ella no tuvo las cosas siempre a su favor, y aun así, ha sido la mujer más valiente y decidida que conozco. La tiraban al barro una y mil veces y seguía levantándose para continuar.

 Su máxima siempre fue hacer bien a los que estaban cerca de ella y dormir tranquila cada noche, sabiendo que su conciencia estaba en paz. Su voz, uno de los primeros recuerdos que tengo, era sabiduría y bondad. Vivía por y para su familia.

Vivía para enseñarnos y querernos a todos. Daba igual el fallo, el error o las consecuencias de nuestros actos, en ella solo había compresión y cariño.

Su amor, único, está en nuestras almas y las ha colmado. Nunca la perderemos, si recordamos su bondad, sus lecciones y su luz. Es así como nunca seremos Jonás. Seremos dichosos por haber compartido tanto con alguien que fue compañera, amiga, madre y maestra. Su luz va donde yo voy y por ello, vive en mí eternamente.

sábado, 3 de marzo de 2012

Flor de un día

RELATO GANADOR DEL CONCURSO LITERARIO DEL IES LAZARO CARDENAS DEL 2008

Toda gran obra, alguna vez, fue inspirada por alguien. Parece una bobada esta frase, pero es la pura verdad.

El escritor siempre, desde mi modesto punto de vista, ha sido un animal (y perdón por la expresión) de y para su obra.
Hay un punto en su vida en el que sus trabajos, sus escritos, como si de un extraño Mr. Hyde se tratase, domina, come, esclaviza al autor. El dueño hecho siervo. Un siervo recompensado con el mayor de los laureles, que no es otro que la gloria, la fama, el que su obra le haga inmortal, merecedor de estar en las enciclopedias y los libros de historia y lengua.

Pues bien, yo soy un escritor, pero no uno bueno, solo soy una flor de un día.
¿Qué que es eso? ¡Oh, fácil! Se distinguen los buenos escritores de los que son flor de un día en la dedicación para con su obra, porque, por si no lo saben ustedes, el escritor que dedica toda su vida a su obra, termina por quedarse solo con ella. No familia. No amigos. Sólo obra y obra. Sólo el dueño del esclavo.

No aburriré al lector con mi historia previa. Nos llevaría a ambos a interminables folios con descripciones y palabrería boba, y no es de mi agrado.

Sólo decir esto: Soy de Madrid, ciudad que amo y amaré siempre, pero que abandoné por buscar fortuna o que sé yo.
Llevo los últimos más de veinte años en Buenos Aires. Mentiría si dijese que no fue duro adaptarse a esta bella ciudad, pero, aquí estamos, en un piso a las afueras del centro, casado y dedicándome a escribir novelas más bien insulsas sobre un muchachito de dieciséis años que quería ser un gran aventurero. Son insulsas, pero gustan, que puede ser una contradicción pero, si uno lo piensa bien, no lo es.

Me resulta gracioso que pase horas escribiendo diálogos algo ingeniosos y por ello me den plata.

-¿Qué hacés, papá?- Me pregunta mi hija mayor, Nuria.
-Escribir, mi vida, escribir.-
-¡¿Nuevas aventuras de Astro?!-Me pregunta de nuevo, entusiasmada y se abraza a mi cuello. Adora esos libros. Incluso la novia de Astro lleva el nombre de mi hija mayor.
-Sí, nuevas aventuras de Astro.-Sonrío.

¿Saben? He pensado muchas veces en dejarlo. Sí, en dejar de escribir y dedicarme a lo que sea… pero es mirar la sonrisa de mi hija al leer algunos de mis párrafos en el portátil, abrazada a mi cuello, y pensar que merece de veras la pena.
Además, no me come tanto tiempo el escribir, un capítulo diario. Solo eso.

Claro que podría ser un Shakespeare, un Quevedo, un Dumas, o un Oscar Wilde, pero, si se molestan en leer sus biografías, verán que fueron dueños hechos siervos.
De este modo, siendo un escritor más, puedo dedicarme a mi mujer, a mis hijas Nuria y Jimena, a pasear con Aramis, mi perro, a ver buen o mal cine…

Soy dueño de mis esclavos tiránicos. Escribir sobre Astro, no es malo.

-¿Por qué ser un Don nadie, señor?-Me preguntó un admirador en mi última firma de libros.-Usted podría ser un genio.-
-Solo quiero ser un hombre, joven.-Respondí.-Solo eso.-

Mi historia cotidiana no daría ni para envolver pescado con ella, pero para mis hijas, mi mujer, mis amigos, soy alguien. Para el mundo de afuera, que me lee, me admira, me felicita, tal vez un día me esfume. Sea sólo un truco de magia, que cuando ya no se diviertan, ya nadie se acuerde ni de como diablos me llamo.

Soy una flor de un día por convicción ¿Tan malo es eso?

Ah, y a mi frase inicial, bueno, podría decirse que, en parte, siempre quise ser el temerario Astro.. Aunque tal vez me anime a escribir sobre otros temas…