domingo, 14 de diciembre de 2014

Ese día que nació Eugenio Prado

I

Ese día, un novio, estando en el altar, llamaba Laura a su novia Cristina.

Fue el día en el que un hombre que se creía por encima del bien y del mal planificaba mentalmente un golpe de estado.

También fue el día en que aquel señor tan amable, con bigote frondoso, cabello blanco, gafas de cristal grueso y que siempre cantaba una copla a la hora de afeitarse, moría en su cama a los ochenta y cuatro años.

El día en cuestión en que Álvaro González Yepes se sentaba a escribir el primer capítulo de su nueva novela, sentado en su despacho en la parte baja de su chalet independiente.

Tal vez fue el día en que Beatriz colgó el cartel de Cerrado por jubilación en su quiosco de prensa.

Y el día en que Valentín, quien llevaba más de treinta años como peluquero, llegó a realizar el corte de pelo número cuatro millones y aun no lo sabía.

Pues ese mismo día, me desperté y, sentado en mi cama, lloré durante cinco minutos. Normalmente no era así. Normalmente lloraba en la ducha unos diez minutos.

Se podía decir, equivocadamente o no, que estaba deprimido pero no soy yo especialista en el campo de la psiquiatría. Por intentar huir muchas veces de mi tristeza, me voy hundiendo  de un modo similar a cuando uno está en un foso de arenas movedizas.

Entro en el baño y, sin mirar mi reflejo en el espejo, me lavo la cara. Hay momentos en que evito mirarme, otras que me mantengo la mirada y me reconozco claramente en cada rasgo y gesto.

Seguramente hoy sea el día.

II

-Sí todo va como debe, voy a ser padre.
-Ajá.
-¿Cómo que ajá?

Mi amigo me mira. Yo me entretengo en mirar los libros de la estantería de su cuarto de trabajo. Su mirada azul me examina y me encojo de hombros.

-Repite lo que me has dicho…
-Sí todo va como debe…
-Pues eso, ¿No lo estáis intentando?
-No. Ella está embarazada.

Le doy de un modio maquinal la enhorabuena y el abrazo que esperaba. El único y último amigo, el más antiguo, va a ser padre. Se acabó que me dedique tiempo. Otro abandono de la propia vida, del moverse de los ríos.

Le acompaño a hacer la compra y me noto extraño. No es pena. No es desanimo. Es apatía.

-¡Cómo extraño las paellas de tu padre!-Me confiesa mientras conduce hasta mi casa para dejarme.

Sé que antes le hice un par de bromas sobre su nueva situación, sobre el abandono de hijos, sobre el modelo desastroso que puede ser para su criatura.

-Sí, y hoy tengo pollo asado para comer.
-¡Debe estar de vicio!

Para cerca de mi casa y me vuelve a observar con su mirada celeste.

-Anímate.
-No, sí estoy cansado. Duermo mal, ¿sabes?
-Igualmente anímate.
-Sí. Bueno, ha sido un placer verte.

Ríe. Cree que es una de mis bromas y me dice que igualmente.

Hoy tengo pollo asado para comer y hoy va a ser el día.

III

Para variar, discuto con mi padre. Dice que no se expresarme, que no construyo bien las oraciones. Le digo lo de la futura paternidad de mi amigo y no sé si al explicárselo, me atropello o no. No me importa.

Mientras comemos me dice como ha hecho el pollo. Está bueno, más que bueno, no lo niego.

Al buscar la servilleta para limpiarme la boca oigo un ruido, como un golpe de algo hueco y pesado contra metal y cristales.

-¿Qué ha sido eso?
-¿El qué?
-Ese ruido tan estruendoso.
-No lo oí.

¿Solamente lo he oído yo?

Cuando terminamos de comer él tiene la lengua de trapo a causa del vino. Se traba al hablarme. Sé bien que terminará por dormirse. Mejor. Cuando despierte tal vez yo ya habré hecho lo que tengo en mente.

-Me voy.
-Vale, diviértete.

Le doy un beso en la frente. No es un beso frio e inerte como el último que le di a mi madre cuando la metieron en el incinerador del tanatorio. Doy gracias porque no esté viva para ver lo que hoy haré.

Salgo y el aire es frío pero lo noto como cuando era niño. Lo noto en los huesos y tiemblo pero seguramente se debe a los nervios del momento, puesto que hoy es el día.

IV

  

Llegar hasta aquí no ha sido tan difícil. Un autobús, un viaje de veinticinco minutos, un metro que me ha dejado justo enfrente del edificio España y nadie me ha frenado para llegar hasta la azotea.

Es una altura increíble. Miro abajo y ya no noto ese vértigo de hace unos días, ni la sensación de empacho permanente, de asco por todo.

He llorado, he comido bien y ahora toca decidirse.

Podía haber elegido cortarme las venas en la bañera, pero temía que me acobardase ante la idea de ver mi propia sangre.
Podía haber elegido tomarme algún medicamento pero no me apetecía que la posibilidad de sobrevivir y me lavasen el estómago fuera tan grande.
Podía haber sido más visceral y tirarme frente al metro que me trajo aquí pero… ¿Quién soy yo para hacer que miles de personas lleguen tarde a sus citas mientras me recogen en bolsas de plástico y me arman de nuevo como un rompecabezas macabro?

No. Este es el modo. Y tiene gracia. Me viene a la mente ese nefasto relato que escribió un viejo amigo de la adolescencia sobre un tipo que se va a tirar al final y nunca lo hace y al final, pues lo hace. Nefasto es un término suave.

¿Y cómo se hace esto? ¿Tomo impulso y me tiro con los brazos extendidos? ¿Tomo carrerilla y salto y así vemos donde caigo? No. No lo voy a ver. Cerraré los ojos mientras caigo, eso seguro.

Puede que el ruido que oyera en la cocina fuera el sonido que haré al caer que me llegó en ese momento, anunciando el que pueden ser mi último momento de vida.  

-Hola.- Oigo tras de mí, me giro y veo a una mujer de cabello pelirrojo, pecosa, no muy alta, de unos treinta y pocos años.

Le hago un gesto de saludo con la mano.

-¿Te vas a tirar?
-Sí, eso voy a hacer.
-¿Y por qué?
-Porque no entiendo este mundo.
-¿Y quién puede hacerlo? Nadie lo hace, sin embargo, aquí estamos.
-Aún me levanto y me pregunto que soy. Me siento un fracaso. Como persona lo soy. La gente ha ido creciendo y evolucionando y yo sigo sólo. Lo más cercano a una relación amorosa que tengo es cuando una chica que ni siquiera sé cómo es o si lo es, aparece de vez en cuando y hablamos hasta las tantas. Es para morirse de risa. Y mientras, mi amigo va a ser padre.
-Bien por él.
-Sí, bien por él. No le reconozco ¿Sabes? No sé quién es, ni a él ni a nadie. ¿Cuándo han cambiado las reglas del juego?
-No lo sé… Tal vez es hora de jugar a otra cosa y ver que cartas tienes a favor.
-O terminar con la partida. El cementerio está lleno de gente que se creyó alguien y no lo era. Ya me lo dijo Alicia y no la escuché…
-No sé quién es Alicia pero me da que te conoce tan poco como yo.
-No te diré lo contrario. Ojala no la hubiera conocido nunca. Ojala no hubiera conocido a tanta gente que se ha ido de mi lado.
-El caso es que aquí estamos, hablando, si no llega a ser por esa gente…
-Siempre que pasaba por aquí pensaba que sería un sitio estupendo donde morir.
-Pues las vistas son preciosas, la verdad. Muy buen gusto.
-Gracias… creo. En fin… creo que toca que salte.
-Sería una pena que lo hicieras. Tienes tantas cosas buenas.
-Dime una. Solo una que me haga cambiar de opinión.
-Eugenio Prado.

V

Eugenio Prado nació en Córdoba, Argentina el 30 de noviembre de 1883. Hijo de médico Español y madre Argentina. 

Durante su niñez, viajó a España y a Inglaterra. Es entonces cuando entró en contacto con las obras de autores como Larra o Jonathan Swift. A su regreso a Hispanoamérica, estudió en la Universidad Nacional de La Plata.

Concluidos sus estudios, se trasladó a Buenos Aires. Pronto se le presentó la oportunidad de trabajar como secretario de Constancio Cecilio Vigil. En 1901, tras obtener su doctorado,  recibió y aceptó una catedra en su vieja universidad. En mayo de 1912, Prado escribió su primera obra, El arte de los bufones.

Entre 1912 y 1915 trabajó para la revista Mundo argentino, que fundó Cecilio Vigil, a la par que escribió relatos y ensayos para diversas publicaciones de la época. En 1919 se trasladó definitivamente a Córdoba, donde vivió junto a su esposa, Inés Gago.

En 1930, al morir su esposa, Eugenio Prado sufrió una severa depresión que le impidió escribir. Murió en 1948, en su Córdoba natal a los pocos meses de terminar la recopilación de sus cuentos con el título de Una tarde dorada.

Sus obras son las siguientes:

1912

·        El arte de los bufones (Novela)
·         Los héroes en riesgo (Cuento)
·         Algunos decretos perdidos (Ensayo)
·         El oro de la princesa (Cuento infantil)
·         Cuatro cuadros sobre la vida (Cuento)

1913

·        Isabel de la vida lujosa (Cuento infantil)
·        Los vikingos (Cuento)
·        ¿Qué es la ficción y la imaginación? (Ensayo)
·         Los papeles del enamorado (Cuento)
·        Sopa de cordero (Cuento infantil)
·        La llanura (Cuento)
·        Tú y yo no siempre fuimos dos (Cuento)

1914

·        Verano de caballeros (Cuento)
·        El precio de la esencia (Ensayo)
·        El pirata (Cuento)
·        Cuadrado, el valiente (Cuento infantil)
·        Demonios y Ángeles en Ovejuna (Ensayo)
·        Tortugas de caramelo (Cuento infantil)
·        Labores del hogar (Cuento)
·        Mitos y leyendas en extinción (Ensayo)
·        Una vez loco, loco siempre (Cuento)

1915

·        Puertas y viajes (Ensayo)
·         Lo que ya fue… (Cuento)
·        Sigfrido y el dragón (Cuento infantil)
·        La huella  de la mujer gigante (Novela)
·        Estudio enfocado al humor (Ensayo)

1916

·        Canción en las sombras (Novela)
·        Terrazas del exterior (Cuento)
·        El enemigo a abatir (Cuento)
·        Cabezas (Cuento)
·        La historia secreta de un viajero (Ensayo)

1918

·        Hirviendo la sangre (Cuento)
·        La familia inmortal (Novela)
·        Una ciudad que nunca estuvo (Cuento)
·        Autopsia de una onomatopeya (Ensayo)


1923

·        El verdadero juego (Cuento)
·        La mirada del mono (Cuento)
·        Las luengas peregrinaciones (Ensayo)
·        El superviviente (Cuento)

1927

·        Don Fernando (Cuento)
·        Literatura de lo oscuro (Ensayo)
·        El rugido (Novela)
·        Los muchachos y algo más (Cuento)

1929

·        El autor de esta vida (Novela)
·        Lluvia pesada para días bobos (Cuento)
·        El testamento del Rey (Ensayo)

VI

Tal vez su cuento más famoso (y el más breve) sea el titulado La mirada del mono, que dice así:

Soy del mar. Del agua, de mi madre, de mis hermanos y hermanas.

Hay veces que es bonito estar arriba, aunque me resulta pesado, difícil. Es bonito tocar el cielo y dejar que la bola brillante luzca sobre mí hasta sentir la brisa que juega en mi pelo.

A veces es bonito tumbarme y mirar a los nadadores del cielo, del viento, de las nubes. Es bonito subir aquí.
Me pregunto cómo será nadar en el cielo y si el cielo les canta a esos nadadores como el mar nos canta a nosotros.

Les veo nadar en el cielo con sus hermanos y hermanas, a veces, como cuando floto hasta besar el mar y sacar peces con mi boca.
Deben tener buenos ojos para ver dónde el mar esconde a los peces. Creo que hay veces que el mar se los enseña y puede que escupa peces hacia ellos, porque no es tan fácil atrapar peces… ¡van tan rápidos! Pero mi madre me dijo que no. Ellos ven a través del cielo, del agua. Me pregunto si los peces les ven a través del agua, del cielo.

Una vez mantuve un pez fuera del agua, sólo para que viera el viento antes de que me lo tragara. Pobres pece, siempre, al ver el cielo, se ponen tiesos y mueren, flotan, un ojo blanco mirando al mar, el otro al cielo.  Tal vez el pez sueñe con nadar por el cielo… tal vez…

Un trueno resuena. Hombres. El nadador del cielo cae en picado, un ojo mira al cielo, otro a la tierra.

-¡Ese pájaro tenía un buen tiro!
-Tal vez sea buena idea asarlo.
-Casi se pueden oler las plumas quemadas.

Hombres. Llevan armas de truenos. Ríen como caballos. Gritan como elefantes furiosos. Están lejos de la ciudad, quien les alimenta, les viste y cura sus heridas. Para ellos hace tiempo que el exterior de la ciudad debió desaparecer, pero aquí están. 

-¡Mira ahí!
-Fijaos en esto. ¿Qué me decís si dejamos de hacer tiro al blanco con las aves y empezamos con ese mono de mar?
-¡Sin piedad!

Chillo y salto al agua, a mi madre, a mis hermanos y hermanas.

-¿Sabéis lo que podemos sacar por su piel?
-¡Sí pudieras darle a algo con ese arma, ya lo tendríamos!
-¡Callad ya! Está claro que voy a tener que cazar yo a ese mono.

Uno de ellos no tarda en zambullirse en el agua, con un cuchillo en la boca, bucea y me busca. No son muy distintos los hombres de los peces. Esta vez me toca a mí conducir a los peces que no son buena comida, mientras mis hermanos me ayudan.

-Amigo… ¡No me gusta esto!
-¿Qué olor es ese?

Mis hermanos y yo, juntos, estamos arriba una vez más, aunque nos resulte pesado, difícil. Aquí era bonito tocar el cielo, dejar que la bola brillante luzca sobre nosotros.

-¡Maldición!
-¿Has visto su tamaño? ¿Cuántos son?

Somos del mar y ellos no. Ellos necesitan armas de trueno y nosotros nos bastamos con nuestras bocas para tragar. Ellos tienen una ira primitiva que les traiciona y sale con un grito de rabia. Rugen y espumean, y nosotros reprimimos nuestras fuerzas mientras nuestra madre mira cómo mis hermanos y yo acabamos el juego.


Se ponen tiesos y mueren, flotan, con los ojos cerrados que no miran ni al mar, ni al cielo ni a la tierra. 

VII

La gracia está en que Eugenio Prado no existe. Lo creé yo para una exposición donde quise  demostrar que  al final la literatura se basa en las obras y no tanto en los autores.

Usé fotos de Enrico Caruso, alegando que ese era Eugenio Prado, nombre que tomé prestado y transmuté de Hugo Pratt. Hugo Eugenio Pratt. Pratt, Prad, Prado.  

-Si has podido hacer algo así es porque aun crees en alguien: en ti. Dan lo mismo los demás. Quien te quiere y te conozca de verdad, verá lo bueno que tienes. Sí, sé bien que no te das a conocer mucho, pues estás en horas bajas, pero solo pasas una pésima racha. La grandeza está en que si has podido inventar un autor ficticio en un momento tan difícil para ti, puedes inventarte una solución más ingeniosa que convertirte en una mancha en el suelo. Vive y demuestra de qué material estás hecho.

Miro al horizonte y cuando busco a la mujer para preguntarle como sabe eso, ya no está. La busco por todos lados, incluso abajo ¿Se habrá tirado y me habrá quitado mi momento de gloria? No, sí cuando dicen que soy gilipollas…


Hace más frío ahora. Me abrocho más mi abrigo y me decido al fin a tomar las escaleras. Me acuerdo de la anécdota de Peter Sellers. Cuando su primera mujer iba a abandonarlo, él se subió al balcón de su casa y amenazó con saltar. Ella solo le respondió te veo abajo y se marchó del piso. Finalmente, Peter Sellers no saltó y años después hizo la Pantera rosa, Doctor Strangelove o Bienvenido, Míster Chance. Es un modo de verlo, sí. 

domingo, 2 de noviembre de 2014

Un recuerdo


Me ronda un recuerdo borroso. Es como un par de fotogramas donde las caras están confusas. Sé que estuve en esa escena, no es ajena a mí y me preocupa el que no pueda recordar esto como me pasa con todo lo importante. De pronto, me asalta esta escena vista desde detrás de una mampara.

Soy capaz de recordar el primer jardín que tuve y el olor de las rosas en una infancia donde el techo era de parras, conviviendo a cuatro pasos con una calle donde uno podía tomar esos magníficos autobuses rojos. Subiendo por aquella calle estaban las grises y frías calles que llevan a un colegio de monjas donde mi madre me dejaba a aprender a pintar, escribir y leer. ¿No lo sabéis? La a era una reina y su esposo era la u, cuyos hijos eran el príncipe e, la llorona princesa i y la simpática princesa o.

Soy capaz de recordar a un niño delgado con una gorra con la visera subida y una sonrisa pícara que preguntó si quería salir a jugar con él y el sabor de los refrescos sin burbujas y los bocadillos bien hechos y de tardes donde rara vez dejaba de brillar el sol mientras la gente cantaba canciones de Pop español. Madrugaba entonces y me lamentaba de que la tarde estuviera tan lejos de las seis de la mañana. ¿Cómo se llamaban mis compañeros? Daniel, Javier, Raquel, Federico, Alberto, Sandra, Marta, Silvia, Luis, Marina… ¡Cuantas chicas tenía yo en clase!

Soy capaz de recordar el trayecto de una excursión metropolitana, ya fuera a una gran superficie o al cine y las imágenes de aquellas películas que no importaba las veces que viera. En un cajón de mi cuarto tenía el primer álbum que leí de Mafalda y no lo entendí hasta pasados los años. Nadé en una piscina pública de una urbanización. Nunca era tarde o eso me quiero decir. ¿Qué te parece? Viajé a Estados Unidos cuando era un niño y no sé si volvería a repetirlo.

Soy capaz de recordar el nombre de cada chica que me robó un trocito del corazón y oír cada frase que fue casi una pedrada en plena cabeza mientras creo mentalmente una galería de la fama de paredes de luz apagada. No volví a verme nunca en un escenario teatral como en esos momentos y sin embargo le debo tanto a un hombre con chalecos de vestir y cabello color humo y como humo se fue pronto. ¿Quién me lo iba a decir? De no saber hacer bien un simple dictado a empezar a gatear a la hora de crear historias y escenas.

Soy capaz de recordar momentos terribles, graciosos, de pérdidas que dejan cicatriz y el suave cosquilleo de unos labios, de una caricia, de una mano que encaja en otra. Tuve ilusiones que fueron como el hielo en un día de verano y di pasos en la soledad de la multitud. Hay tantas despedidas sordas que me da un poco igual si vuelvo a ver a cada persona que alguna vez recuerdo. ¿Cuál era el detonante? El recuerdo borroso… sí.

Soy capaz de recordar un recuerdo para ese recuerdo, y sé que tal vez mañana mi cerebro deseche la molesta sensación que hoy tuve como sé que recordaré el día que conoceré a mi esposa, a la que va a ser la mejor amiga de mi hija mayor, el número de mi despacho, a qué hora saldrá el avión que me lleve por primera vez a Argentina…

Posiblemente si no tuviera tanto corazón sería muy fácil olvidar todo, el jardín, las letras monárquicas, el muchacho delgado con gorra, los compañeros, Estados Unidos, las chicas con un trocito de mi corazón, el escenario… ¿Y Por qué tanto problema? Si ese recuerdo está borroso, por algo será.


sábado, 18 de octubre de 2014

Un caso de más

Al detective James Weber no le entusiasmaba hacerse cargo de un caso de asesinato como en el que se veía envuelto. Admiraba a otros compañeros que tenían una tremenda pasión cuando se les presentaba una oportunidad como aquella, pero él no era los demás. Él era un hombre rechoncho, de pelo corto y oscuro, ojos color alquitrán, mandíbula cuadrada y rasurada, además de tener de principios sencillos.

Incansable y vehementemente, observaba a los sospechosos de haber asesinado a la señora Agatha Monroe, viuda de Charles L. Monroe, hombre que hizo su fortuna en África. Agatha fue la tercera esposa de Charles y le dejo al morir este, una enorme y bien cuidada fortuna, motivo más que suficiente para que alguien le asestase a la pobre mujer diecisiete puñaladas de las que solo las últimas cinco eran mortales.

Como ya se dijo, James entró en el gran salón donde los cinco sospechosos estaban presentes. Allí estaba el Coronel Albert Anderson, héroe de guerra en oriente y hombre fornido, de grandes bigotes grises,  cabeza exenta de pelo, Constanza Campbell, sobrina de la víctima y de belleza helénica y cabello oscuro, Lord Rupert Richards, joven, bien parecido y esbelto esposo de Constanza, el ama de llaves Margaret Miller, mujer enjuta y poco agraciada, y Stephan Swift, mayordomo de la casa y hombre repeinado y entrado en años. Todos miraban al Detective como quien veía una representación callejera, o así se sintió por un instante el policía.

-¿Y bien?-Preguntó Constanza.- ¿Por qué nos ha reunido aquí?
-Pues… creo que ya sé quién mató a la señora Monroe.
-Será interesante oírlo.-Sonrió el Coronel mientras daba una calada a su cigarro habano.
-Uno de ustedes asesino vilmente a la señora Monroe aquí presente… 

El detective sintió una gran desazón al ver que nadie, desde que encontraron el cuerpo de la víctima, nadie se molestó en moverlo. Agatha Monroe estaba allí, con sus sesenta y seis años, tendida en el suelo y con el gesto de asombro, los ojos fijos en la puerta de la estancia y la boca entreabierta. Sí se molestaron en limpiar la sangre, pero nada más.

-¿Y es…?-El ama de llaves parecía inquieta por la parsimonia del detective.
-Paso a paso. Lo primero es señalar que el asesino esperó en esta estancia a la señora Monroe a partir de las doce de la noche, puesto que no hay en el mercado nada que marque mejor el estilo y la hora como los relojes Eternity.

Los presentes se sintieron extrañados ante las palabras del investigador. James se paró en seco y simplemente carraspeó.

-Lo que quiero decir es que el asesino fue una persona que conocía bien esta casa y las costumbres de la víctima, luego debía ser alguien familiarizado con este entorno y, por tanto, estar informado del viaje que hacía cinco días hizo la señora Monroe, ya que disfrutó de los Cruceros de Holiday group desde 324 libras, tasas de embarque, vuelo y todo incluido gratis, reservables hasta el 30 de noviembre…

Weber se tapó la boca de golpe y sus ojos miraban nerviosamente todo. No entendía lo que le sucedía. Era algo involuntario lo que iba diciendo ¿serían los nervios?

-Mire, detective, si se está quedando con nosotros le aseguro que…-Amenazó Lord Richards.
-No, no, discúlpenme. Debí comer algo en mal estado… ¿Por dónde iba? Sí, ya, ya… El asesino… ¡El asesino no era ajeno a esta casa, luego debía ser alguien que además, odiase profundamente a la señora Monroe! ¡Usted, Coronel, era amigo de su esposo desde hacía más de 30 años de garantía en la compra de las nuevas lavadoras Crystal Washer…! ¡30 años! ¡30 años!... ¡Y ustedes, señora Campbell y Lord Richards, ansiaban su fortuna y un sueño único que se convierte en un gran perfume. Arc’ en’ ciel… ¡No! ¡Solo su fortuna! ¡Y la señora Miller y el señor Swift tampoco están libres de sospecha! No soportaban el trato despótico que recibían de su señora puesto que debían encontrar su propia libertad con el nuevo Overlord B3, equipado al más alto nivel, máxima seguridad y un consumo extraordinariamente bajo con ABS, 6 airbags y control de tracción SWD… Eh… quiero decir, que… En fin… que tras analizar todo esto descubrí que nada refresca más que los Minty extra fresh... ¡Diablos! ¡Que el móvil del asesino era el nuevo HeavySoul  42D con su pantalla de ángulo variable y sus funciones Cosmic+!  Comunicación y entretenimiento lleno de vida- ¡Ah! ¡No lo entiendo! perdónenme pero…

-¡Bueno, basta ya!-Clamó una voz de mujer.

Ante el asombro de los presentes, Agatha Monroe, viuda de Charles L. Monroe, se levantó del suelo donde estaba. Ciertamente pálida, pero en mejor forma de lo que nunca les pareció a los cinco sospechosos, se acercó a aquel agente de la ley.

-Pe… pero… ¿¡Señora Monroe!?
-¡Joven, es usted un desastre! ¡No soporto más cuñas de ningún tipo! ¡Que aburre usted a los muertos y una pierde el hilo de quien me mató!
-No… verá… es que su caso…
-¿Mi caso? Mi caso es que si lo sé no me caso, con tal, para el caso… ¡y ahora, cada cual a sus cosas! ¡Que nadie se queda hoy con mi herencia y  yo no pienso estar más tiempo sin cenar! ¡Ale! ¡Ale! ¡Stephan, vaya a la cocina de una santa vez y hágame aunque sea un sándwich de pepino y un té! ¡Venga!
-Enseguida, señora. Como usted mande, señora.  

Y aquella difunta que no lo estaba ya, caminó detrás de su mayordomo hasta la cocina como aquellos cowboys de los que alguna vez el detective Weber oyó hablar.


Al detective James Weber no le entusiasmaba hacerse cargo de un caso de asesinato como en el que se veía envuelto y, con cosas como aquella, estaba más convencido.  

martes, 23 de septiembre de 2014

El baile

-Pero… Yo no sé bailar.
-No importa. Yo te enseño ¿No quieres?
-No mientas, que tú tampoco sabes.

Y es cierto que no soy un gran bailarín. Bailo igual que vivo: Improviso.

Soy de los que bailan en bodas, como creo que muchos, no obstante creo que bailar es un modo más de estar en armonía con otros. Tampoco digo que baile yo con los amigos, que bobo no soy y loco en mi justa medida.

-Venga, dame esa mano y flexionas así el brazo.
-Por favor, no me pises que no llevo zapatos.
-Descuida.

Siempre quise bailar tangos pero me da a mí que eso conlleva mucho esfuerzo, delicadeza y atención y ya digo que bailo como vivo, sin guía oficial, sin vade mecum. Yo soy más de vals, pero no valses vieneses. Lo mío son los valses de corazón, de ilusión, de principiante, pues como dijo Chaplin, todos en la vida somos principiantes pues no nos da tiempo a otra cosa.

-Yo te guío.
-Estás loco, pero me encanta.
-No me extraña.

Mi madre siempre dijo que mi abuelo era un gran bailarín, de esos que podían bailar un chotis sin salirse de una baldosa, que ya me dirán ustedes que significa eso, pero bueno, siempre suena interesante.

Lo que yo tengo es que nunca cesaba. Cuando bailaba puedo estar horas y horas… y son mis parejas las que se rinden y se desploman con en una silla, agotadas y sonrientes. Pasión lo llaman uno, tozudez e insistencia digo yo.

-Lo malo es que no hay música.
-¿Importa eso? Imagínatela.
-No va a ser igual.

Hubo veces que bailaba solo esperando el autobús, con una pareja fantasma… hasta que percibo como me mira la señora mayor que está cerca de mí y… ceso. Me puede la vergüenza y ceso.
Si más de uno se preocupara más en no juzgar a un tipo raro con cascos que baila en su mundo hasta que llegue el autobús… este mundo no sería este mundo.

-Siento ser tan patosa.
-No lo eres. Tú déjate llevar.
-Lo intento, lo intento.

Como en la cocina de uno, no se baila en ningún sitio. Es cierto que si yo en vez de bailar con mi imaginación, bailase con una chica bella, graciosa, de sonrisa sincera, más de uno pensaría que es tierno, y tal vez no lo sea. Solo somos dos locos contra la polución, la nimiedad y las caras largas. Mejor es en una cocina, pues es algo nuestro, no de esa señora con carrito que va o viene del mercado o ese señor que tiene los tres primeros botones de su camisa desabrochados.

-Ya le voy pillando el truco, no creas.
-Sabía que lo harías. No es nada complicado.
-Aun así, no sé cómo me dejé convencer.

Hay veces que creo no entender nada. Invito a quien sea a preguntar a otra persona ¿bailas? Casi en el noventa y cuatro por ciento de los casos la respuesta es negativa. Es como si le hubieras preguntado ¿Te quieres casar conmigo?  
¡Cuántos chistes se han hecho con esa pregunta sobre el baile! Muchos los conocen todo el mundo y algunos hasta son un poco subidos de tono. Está mal entendido eso de bailar. No es algo sexual, no al menos como yo lo expongo. Es simple y llanamente un gesto de cariño, de complicidad, de sintonía…

-Nunca me imaginé que me propusieras esto. No es muy normal.
-Nada en verdad lo es. La normalidad es solo un mito.
-Aun así, no te vas a librar de fregar los cacharros.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Los niños ya no juegan con espadas de madera

Ayer mismo paseaba por mi antiguo barrio y me acordé de ellas. Eran cuatro hermanas, todas ellas chicas. Verónica, Julia, Clara y Marina.

Salvo Julia, que eran de cabello castaño oscuro y ojos marrones, las chicas tenían el  cabello dorado y los ojos azules, con lo que algunos hacían bromas a las espaldas de Julia de que su padre era otro. Bromas que no se entonaban con malicia, todo hay que decirlo. Lo que pasaba con esa gente es que desconocían la existencia de los alelos, con lo que no sabían que la genética tenía estas pequeñas situaciones.  

De carácter si eran estas cuatro niñas muy dispares. Verónica, la mayor, era ciertamente reservada pero de una ternura inusual, Julia era muy seca y tajante con la gente, Clara era la alegría personificada, con un simple hola levantaba el ánimo a cualquiera y Marina… Marina era tímida, pero hasta que se aclimataba a un entorno, entonces hablaba por los codos.

La madre era una mujer que se notaba que en su juventud fue una verdadera belleza. No tenía más oficio que dedicarse a la educación de sus hijas. Me agradaba oírla hablar y ver cómo, cuándo se reía, su cabellera de color rubio cobrizo, se mecía como la cola de un vestido de novia al andar. Era una mujer muy positiva.   

Puede uno pensar que para el padre de estas niñas, un hombre que yo vi un par de veces a lo sumo y que me recordaba ciertamente a Charles Chaplin en Monsieur Verdoux, tener cuatro niñas y ningún niño era una faena, puesto que, según se oye por ahí, un padre debe ser el guardián de sus hijas. Para nada esto casaba con aquel hombre. Era una persona sosegada y ciertamente diplomática, a la que creo que yo no le caía en gracia, pero no hablo de mí, sino de Verónica, Julia, Clara y Marina.   

Si uno pasaba en primavera o en verano por delante de aquella casa, cuando las ventanas estaban abiertas de par en par,  podía oír un violín.  Sí, un violín. Verónica practicaba mucho con ese instrumento y sus padres siempre desearon que fuera una gran violinista. Algunas veces lo que se oía era el violín acompañado por un piano, que luego supe que tocaba magistralmente el padre, y otras veces el violín dormía y había un armonioso equilibrio formado por el piano y las voces de las cuatro niñas cantando alguna canción. Increíble.

Estas cuatro niñas rara vez se relacionaban con los niños que jugaban al futbol y gritaba coche al llegar alguno de los vecinos del trabajo o de donde fuera.  Tampoco se relacionaban con las chismosas niñas que maquinaban alguna travesura que dejase en evidencia otros. No. No se relacionaban con nadie de ese estilo. Alguna vez, en las noches de verano, se veía a Verónica pasear en compañía de su hermana Julia.

-Ya están las dos señoritas que se creen mejores que los demás dando sus paseos.-Criticaba con malicia Cristina.
-Siempre van juntas, nunca se relacionan con nosotras.-apuntaba Beatriz.

Pero a ellas estas y otras cosas no les importaban. Y no hicieron ningún tipo de comentario cuando, varios años después, Cristina echó tripa, supongo que de comer muchos bollos, y sus padres la llevaron con sus abuelos a Valencia. No volvimos a ver a Cristina.

 Por su parte, Clara alguna tarde se iba con un caza mariposas al descampado que estaba a pocos metros de las vías del tren, pero nada más… ¡Ah, sí! ¡Espera, que sí! ¡Que recuerdo ahora que Marina si jugaba con una amiguita que tenía! Solo una amiguita, no con otra más.

No les hacía falta nadie más, puesto que algunas veces, en su patio delantero, jugaban las tres mayores con espadas de madera a ser terribles bucaneras. Era divertido verlas jugar así, pues si como cuarteto de voz eran increíbles, como actrices eran aún mejores.
Entonces era cuando Verónica ya no era reservada, ni Julia seca, ni Marina tímida… todas eran esa alegría que tenía Clara. Eran felices como eran.

Lo gracioso en todo aquello era que seguían siendo un misterio para mí y para todos.
Me di cuenta que esos padres tenían una bendición y que no sabía yo hasta qué punto podía ser así. Que niñas tan sanas y auténticas vivían felices y muchos de los que sí estábamos por la labor de unirnos a las masas de gente, éramos tal menos afortunado que esas cuatro muchachas, tres rubias y de ojos azules y una no.  

Los años pasaron muy deprisa, demasiado, y me enteré que Verónica estaba en Londres, de segundo violín de una orquesta, que Julia trabaja en una empresa como relaciones públicas, que Clara había montado su propia tienda de complemento y que Marina… Marina aún tenía que decidir qué hacer, que era la más jovencita.

Los años pasaron y nunca olvidé que en algún lugar, mientras los niños fueran más cínicos y más maliciosos, había otros que aun jugaban con espadas de madera y cantaban al son de un piano… y que esa fórmula, que no tengo ni idea de cómo aplicar den mi vida cotidiana,  funcionaba hasta en las páginas de un libro, y oiré ese violín y esas risas cada vez que pase por esa casa que hoy está a oscuras y en silencio.